El escritor Julien Green, novelista norteamericano, cuyas historias buscaron entender el universo del alma humana, así como sus conflictos entre lo terrenal y espiritual, dijo en una ocasión que la televisión mataba la vida interior de las personas. Él murió a los 97 años en el año de 1998, por lo que no llegó a ver los alcances de la tecnología en este siglo XXI, donde el mundo virtual de redes e imágenes se ha adueñado de la conciencia del ser humano y, puede decirse, que ya no mata la vida interior porque ni siquiera la deja nacer o florecer.

¿De dónde surge esa vida interior que nos da la posibilidad de captar la esencia de nuestra verdadera identidad? ¿Cuál es esa identidad que nos permite sentirnos amados incondicionalmente y aprender nosotros a amar? Según el mismo Julien Green, la pérdida más común de nuestra época es la del sentido del misterio: “Toda la educación moderna tiende a armarnos contra la espiritualidad”. Y ¡de qué nos sirve ganar todo el mundo si perdemos nuestra alma!, como bien nos dijo Jesús. Desgraciadamente, muchos ya no conocen el valor del alma humana y, por esa razón, no la cuidan y la dejan morir.

John Dear, sacerdote y activista por la paz, mientras participaba en marchas y protestas contra el armamentismo, fue encarcelado varias veces. Desde la prisión escribía cartas. Cuando recibió el libro Tú eres mi Amado, de Henri Nouwen, decidió reclamarle al autor el hecho de que, conociendo las injusticias del mundo, pasara gran parte de su tiempo dando pláticas en universidades sobre el amor de Dios: “Inmediatamente escribí a Henri una carta en la que criticaba su libro. Estaba de acuerdo en que todos somos amados por Dios, pero en un mundo de injusticia se nos exige trabajar por la justicia y en su libro olvidaba ese paso crucial” (Prólogo de Camino hacia la Paz). La respuesta de Henri Nouwen lo conmovió verdaderamente porque en ella sintió un profundo sentido de compasión y no de reclamo e ira, que eran los sentimientos que a él lo estaban moviendo. Henri ya había vivido con los pobres de Latinoamérica y estaba convencido de que su misión era recordarle a las personas, en particular a los de Estados Unidos que vivían desesperados por la cultura consumista y relativista, la simple verdad de que Dios los amaba de manera incondicional. Sólo a partir de ese amor podían recuperar sus vidas y dedicarlas a hacer el bien. Más adelante, Nouwen siguió escribiendo sobre ese amor. Un ejemplo que llegó a los corazones de muchísimas personas fue su libro: El Regreso del Hijo Pródigo.

El clima secularizado que vivimos impide a muchos el aceptar el amor incondicional de Dios que da fuerza e impulsa para nuevos crecimientos y descubrimientos en la virtud. Aunque nadie nos quisiera o estuviéramos llenos de defectos, si captáramos ese amor y lo hiciéramos parte de nuestra vida, podríamos salir de nuestra soledad, dialogar con ese amor infinito y descubrir nuestra misión. Nuestras vidas no se quedarían estancadas y no necesitarían las distracciones continuas que ofrece el mundo como forma de manipulación.

El Padre John Dear sigue actualmente con su misión de promover un mundo de paz y ha reconocido que practicar la “no violencia” significa reclamar nuestra identidad fundamental como hijos muy amados de Dios, el Dios de la paz. Una vez que se abraza ese amor se puede entrar en el mundo de la guerra como un artífice de paz capaz de amar a cada ser humano sin juzgar, incluso a los enemigos. Al descubrir quién somos y lo mucho que valemos entraremos, por la oración, en contacto con Dios y, de esa forma, entenderemos la verdadera felicidad, como ya lo dijo San Agustín: “Me hiciste, Señor, para Ti, y mi corazón estará inquieto hasta no descansar en Ti”.

Esto nos dice el monje trapense Thomas Merton sobre el amor de Dios como fundamento de nuestra identidad: “El amor divino es la base de nuestra vida. Sobre él está fincado lo último de nuestra identidad, nuestra integridad, nuestra esperanza. Es la Buena Nueva que nos libera. Esto no es lo que la sociedad nos dice sobre la identidad. La cantidad de dinero que hacemos, la calidad de la colonia donde vivimos, el monto de propiedades que tenemos, los clubes a los que pertenecemos, la moda que vestimos, la distinción de nuestros conocidos, todos son los patrones que nos da la sociedad para calibrar nuestra vida y la de los demás. La oración nos ayuda a clarificar quién soy frente a mí mismo, más allá del papel que desempeño, más allá de todo aquello que únicamente me describe, en una dimensión de mismidad más profunda” (Nuevas Semillas de Contemplación).

Termino con una frase sobre San Antonio Abad que nos hace pensar en lo mucho que Dios suspira por cada alma humana que se abre en libertad a un encuentro con Él: “La profunda convicción de que el alma es de una naturaleza aristocrática, de una nobleza originaria y congénita se encuentra implícita en una visión que muestra un pequeño monasterio, donde se ha retirado un santo, asediado por legiones de demonios y defendido por ejércitos de ángeles, mientras que, al lado, una ciudad gigantesca, donde se ajetrean millones de personas, pasa totalmente inadvertida” (Jünger, Anotaciones del Día y la Noche).

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO