Entre las muchas historias vinculadas a la Virgen de Lourdes, hay una que toca profundamente mi corazón: la de Elisabeth y Félix Leseur. Ella, una mística francesa, mujer de fe y esposa fiel. Él, un intelectual brillante, firme defensor del ateísmo y figura destacada del movimiento anticlerical en Francia. Dos almas unidas en matrimonio, pero aparentemente separadas por un abismo espiritual.

Elisabeth, ya gravemente enferma, deseaba peregrinar a Lourdes para agradecer a la Virgen la curación de su sobrino Mauricio. Su esposo, Félix, escéptico ante las apariciones, decidió acompañarla únicamente para cuidarla. No compartía su fe, ni comprendía su devoción. Durante la peregrinación, Félix quedó profundamente impresionado al ver a un sacerdote cuadripléjico retirarse de la Gruta de Masabielle. El sacerdote no había recibido la curación física que esperaba y, sin embargo, su rostro irradiaba una paz y una alegría transformadoras. Aquella escena desconcertó a Félix: ¿cómo podía alguien que no había sido sanado mostrarse tan pleno y feliz?

Mientras tanto, Elisabeth no dejaba de orar por la conversión de su esposo. Ofrecía su enfermedad y su sufrimiento por él, convencida de que la gracia de Dios actuaría en su corazón.

Tras la muerte de Elisabeth, Félix encontró el diario espiritual de su esposa. Al leerlo, descubrió la profundidad de su fe, el amor con que había ofrecido sus dolores y las oraciones constantes por su conversión. Aquellas páginas fueron el inicio de su regreso a la Iglesia.

Fiel a la promesa que le había hecho, Félix volvió a Lourdes. Allí, conmovido por la fe sencilla y la intensa oración de los peregrinos, se arrodilló. Para su sorpresa, se encontró rezando. Con humildad, pidió a la Virgen que lo iluminara, que le concediera el don de la fe y le mostrara que debía hacer con su vida. En ese momento comprendió, finalmente, aquellas palabras que tantas veces había escuchado de labios de Elisabeth: “El sufrimiento genera vida”.

Tiempo después Félix fue ordenado sacerdote. Durante la Cuaresma de 1924, Monseñor Fulton Sheen, quien pronto será beatificado, asistió a un retiro espiritual en Bélgica dirigido por el Padre Félix. La historia de su conversión lo conmovió profundamente y, desde entonces, decidió narrar en muchas ocasiones ese testimonio de amor que salva, destacando el poder de la oración y el amor redentor.

Félix, antes de viajar con Elisabeth, ya había estado en Lourdes treinta años atrás. Entonces, su mirada crítica sólo alcanzó a ver lo superficial: el bullicio, el comercio, aquello que para él confirmaba sus prejuicios sobre la religión. No supo, o no pudo, percibir el misterio de gracia que allí se ofrecía. Pero la gracia es paciente. Y en el tercer intento, la Virgen María, bajo la advocación de Lourdes, finalmente logró tocar su corazón. A veces la llamada divina insiste en silencio… hasta que el alma está lista para escuchar.

Yo he tenido la gracia de visitar Lourdes dos veces. La primera vez, el sacerdote que me confesó me enseñó que en cada visita a un santuario mariano hay que aprovechar la oportunidad de confesarnos y comulgar, ya que son muchas las gracias que se reciben. Todo el ambiente de paz me habló de las virtudes de la Virgen María y de Santa Bernardita. Al regresar, sentí que recibí la misión de buscar la simplicidad y de comprometerme a rezar por quienes se han alejado de Dios. Quizá algún día sea invitada a volver y pueda sentir, como Félix, que la tercera es la vencida, y esté finalmente lista para escuchar.

Voces en el tiempo

Martha Moreno