Hace poco estuve en el santuario nacional de Santa Francisca Xavier Cabrini en Chicago. En ese lugar, que antes fue el hospital Columbus por ella fundado, murió la Madre Cabrini, el 22 de diciembre de 1917. Se encuentra a pocos pasos de Lincoln Park. Fue lindo el conocer a la hermana Laura, una de sus misioneras del Sagrado Corazón de Jesús. El carisma de la Madre Cabrini se enfocó en el servicio a los pobres, especialmente inmigrantes, enfermos, huérfanos y personas marginadas. Su espiritualidad se centró en una profunda devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Al estar estudiando sobre ella y leyendo sus diarios, me llamó la atención su vida como un continuo examen de conciencia. Ella se acusaba de ser mediocre y le pedía a Dios su ayuda para vencer esa mala inclinación. No puedo imaginar cómo alguien con esas cualidades y entrega a los demás, en un liderazgo ofrecido a Dios, pudo pensar que era mediocre. Pero quizá sí le costó mucho vencerse a sí misma, para entregarse al proyecto de Dios sobre ella, en la ayuda a los más necesitados.

En el libro El hombre mediocre, de José Ingenieros (1877- 1925), se hace una profunda reflexión sobre el significado de entrar en la mediocridad. Estas son algunas de sus ideas: “La mediocridad podrá definirse como una ausencia de características personales que permitan distinguir al individuo en su sociedad. Esta ofrece a todos un mismo fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades. Muchos nacen, pocos viven. Los hombres sin personalidad son innumerables y vegetan moldeados por el medio, como cera fundida en el cuño social. La falta de personalidad hace, a éstos, incapaces de iniciativa y de resistencia”.

Santa Francisca Xavier Cabrini era impulsada por sus ideales, entregaba todos sus talentos y venció todos los obstáculos que se le fueron presentando para ayudar a los más necesitados y llevar a Jesús a los inmigrantes italianos que vivían en Occidente. Definitivamente venció cualquier sombra de mediocridad que pudo haber sentido en algún momento de su vida. Muchos nacen, pocos viven: La Madre Cabrini definitivamente vivió, así como lo hicieron San Carlo Acutis y San Pier Giorgio Frassati, recién canonizados.

El sacerdote católico René Voillaume (1905- 2003), teólogo y fundador de los pequeños Hermanos de Jesús, congregación que surgió a partir del pensamiento de San Carlos de Foucauld, escribió: “Con el tiempo, uno puede tener la tentación de instalarse en su pequeño rincón. Nos es necesario vigilar para permanecer constantemente dispuestos a ser enviados por el Señor a los otros hombres, a aquellos que se encuentran precisamente lejos de nosotros. ¿No debemos ser nosotros también, a imitación del Señor, vagabundos, caminantes, como Él, que no tenía morada permanente sobre la tierra?”. Esa búsqueda de comodidad es la que tenemos que vencer para que Dios pueda obrar milagros en nosotros. Así lo sintió la Madre Cabrini y lo expresó en esta oración: “Que tu Voz suene. Jesús, déjame escuchar el sonido de tu Voz que deleita mi alma. Te seguiré sin cansancio, con todo mi corazón, porque el sonido de tu Voz realiza milagros en mi alma, moviéndola gentilmente hacia Ti, Jesús. Jesús, Jesús, ¡qué amoroso y querido eres!”.

El Papa Benedicto XVI nos dijo: “El mundo nos ofrece comodidad. Pero no fuimos creados para la comodidad, sino para la grandeza”. Y en la misma línea está la invitación del Papa León XIV, que externó en la canonización de Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati: “No malgastes tu vida, haz de ella una obra maestra”.

Como Sta. Francisca Xaviera Cabrini, hay que pedirle a Jesús de forma continua, que nos libere de la tentación de la mediocridad a la que somos conducidos por nuestro ambiente conformista, que quiere likes en lugar de entrega generosa a los demás. Fuimos hechos para la grandeza, somos hijos de Dios y cada uno tiene un llamado particular necesario para este mundo descompuesto. ¿Qué hubiera pasado si la Madre Cabrini se hubiera quedado encerrada en su pueblo y no hubiera atendido su vocación particular de santidad?

Pidamos la intercesión de Santa Francisca Xavier Cabrini para abrir nuestro corazón a esa grandeza que sólo con Jesús podemos lograr. Una grandeza que no es del mundo: es de Dios, y se descubre en ideales, congruencia, entrega y virtud.

Voces en el tiempo. Martha Moreno.