Dos amigos hacia la vida verdadera

He retomado la lectura del libro Viaje Sabático del sacerdote y psicólogo Henri Nouwen (1932- 1996). Se trata del diario de su último año de vida y justamente en este 2026 se cumplen 30 años de su fallecimiento, ocurrido el 21 de septiembre de 1996.

Su muerte fue repentina a causa de un paro cardiaco, mientras hacía escala en su tierra natal, Holanda. Se dirigía a visitar a su padre y a sus hermanos, antes de continuar hacia San Petersburgo, donde participaría en un documental sobre la pintura El Regreso del Hijo Pródigo de Rembrandt, así como sobre su libro del mismo nombre.

Al iniciar ese diario y su año sabático, Nouwen llevaba ya 10 años como capellán de la comunidad Daybreak en Richmond Hill, Canadá. Sentía la necesidad de descansar y de dedicar tiempo a su escritura, pues tenía varios proyectos en marcha. Sin embargo, ese descanso nunca llegó del todo. A lo largo de ese año viajó intensamente, visitó amigos, celebró sacramentos, impartió conferencias y, algo muy importante para él, dedicó tiempo especial a su padre de 93 años. Henri era consciente de que su padre se encontraba en la etapa final de su vida. Deseaba acompañarlo, ayudarlo a prepararse, resolver asuntos pendientes y discernir juntos el camino de Dios para ellos. Lo que nunca imaginó fue que esa preparación para la entrega de la vida también era, en realidad, para él mismo.

Resulta profundamente conmovedora la manera en la que Henri cultivaba la amistad cercana, detallista y auténtica. Un ejemplo que me marcó especialmente fue su relación de amistad con el cardenal Joseph Bernardin (1928 – 1996), arzobispo de Chicago. Este cardenal solía presentarse ante sus fieles como “su hermano Joseph” y se distinguía por un estilo pastoral cercano y humano, lo que le ganó un gran cariño. Su compromiso con una ética de vida coherente, así como su búsqueda de paz y reconciliación, fueron ampliamente reconocidos.

En Viaje Sabático, Nouwen menciona en varias ocasiones sus visitas a Chicago y sus conversaciones con Bernardin, y relata el doloroso episodio que éste último vivió al ser acusado injustamente de abuso por un exseminarista con una enfermedad terminal. Tras un proceso judicial, se demostró que las acusaciones eran falsas. Tiempo después, el acusador se arrepintió, pidió perdón y el cardenal, lejos de rechazarlo, lo escuchó, lo consoló en su enfermedad y, de ese encuentro, nació una amistad.

Aquella acusación marcó el inicio de un periodo de sufrimiento que el propio Cardenal Bernardin describiría como su “pasión”, la cual duraría tres años. Posteriormente, fue diagnosticado con cáncer de páncreas: logró superarlo inicialmente, pero más tarde hizo metástasis y lo llevó a la muerte en noviembre de 1996, apenas dos meses después de la partida de Henri Nouwen.

Durante su enfermedad, el cardenal inició un ministerio personal de acompañamiento a los enfermos de cáncer. Esta labor dio muchos frutos: le permitió entablar amistad con personas de todas las edades y experimentar cómo su vivencia de Dios y de la esperanza ofrecía consuelo espiritual y emocional a otros.

En su última obra, El don de la paz, que puede leerse como su testamento espiritual, Bernardin afirma que ése fue precisamente el gran regalo que recibió de Dios en medio de su sufrimiento: la paz. Logró soltar temores, preocupaciones, su reputación y sus propias ilusiones, poniéndolo todo en manos de Dios. En ese mismo libro dedica un capítulo a su amistad con Henri Nouwen. Ahí relata cómo, gracias a él, pudo prepararse mejor para vivir y para morir. Nouwen lo visitó y le ofreció la sabiduría y el acompañamiento que sabía ofrecer tan bien. Bernardin le expresa una profunda gratitud. Resulta especialmente significativo que mencione que, a pesar de que Henri había muerto de forma repentina, definitivamente estaba bien preparado por la forma en la que había ayudado a otros a prepararse.

Este es solo un ejemplo de cómo Henri Nouwen vivió la amistad con nobleza, compromiso y entrega. Y como este, hay muchos más. No se trata únicamente de figuras públicas como el cardenal Bernardin, quien destacó por su humildad. La mayoría de sus amistades surgieron con personas sencillas: alumnos, colaboradores, editores, personas con discapacidad, artistas, familias que le pedían celebrar sacramentos o aquellos a quienes encontraba en sus viajes y en las comunidades donde vivió. Y quizá la amistad que más atesoro es aquella que Henri Nouwen supo crear con todos sus lectores: los de su tiempo y los que vendrían después.

Voces en el tiempo. Martha Moreno.