La palabra convergencia me trae algunos de los recuerdos más entrañables de mi papá. Cuando estaba muy interesado en la obra del sacerdote y naturalista francés Pierre Teilhard de Chardin (1881- 1955) y leía El Fenómeno Humano, descubrió la importancia de la idea de convergencia para nuestras vidas.

Justo en ese tiempo, yo le envié por correo electrónico un poema que escribí, titulado precisamente Convergencia. Él se impresionó mucho porque no me había mencionado nada sobre este tema, que por entonces ocupaba gran parte de su interés.

Su respuesta a mi poema fue hermosa. Me dijo bromeando que ya tenía una prueba de que la telepatía existía y que le alegraba profundamente saber que estábamos tan conectados.

De manera sencilla, la convergencia para Teilhard de Chardin significó que toda la creación estaba llamada a encontrarse y a unirse sin perder su diversidad. Teilhard observaba que, en el universo, las cosas tendían a organizarse en niveles cada vez más complejos. Ejem: las partículas forman átomos, los átomos forman moléculas, las moléculas forman células, las células forman organismos y los seres humanos forman sociedades. Para él, esa tendencia a la unión no era casualidad. Era como una fuerza espiritual que impulsaba a toda la creación hacia una meta final. Y es aquí donde aparecía Jesucristo. La meta era Jesucristo, a quien llamaba frecuentemente el Punto Omega. Cristo sería el centro hacia el cual toda la creación estaba siendo atraída. La convergencia viene a ser el movimiento por el cual las personas se acercan unas a otras, los pueblos aprenden a reconocerse como familias, la humanidad desarrolla una conciencia de unidad y todo termina encontrando su plenitud en Cristo. En la vida diaria, la convergencia nos invita a buscar siempre el encuentro en lugar de la separación, a construir comunión y a ver a Jesús actuando siempre en la historia.

En esa convergencia, describiré un segundo momento de encuentro profundo con mi papá, ocurrido justo después de su fallecimiento. De su librero quise tomar un libro para conservarlo como regalo suyo. Casi sin pensarlo, me dirigí al estante de poesía y elegí un volumen que me atrajo porque reconocí en él sus subrayados y encontré una dedicatoria escrita por uno de sus amigos de la carrera de ingeniería civil. Al abrirlo descubrí a mi poeta favorita, Raïssa Maritain. Para mi alegría, sus poemas estaban traducidos al español. Hacía mucho tiempo que buscaba esa traducción del francés, y allí estaba, esperándome en aquel libro. Fue un obsequio muy especial. En ese momento comprendí con claridad que mi papá y yo formábamos parte de esa convergencia. Hoy, dentro del misterio de la Comunión de los Santos, que abraza a la Iglesia triunfante, purgante y militante, seguimos caminando juntos en nuevos encuentros, buscando la unidad y la comunión, siempre orientados hacia Jesús.

Este fue el poema que le dediqué a mi papá:

CONVERGENCIA

Ese suspiro que transforma el agua clara

en fuentes de colores de alta transparencia,

es sabio precursor de infusa convergencia,

alquimia que altera el oasis de mi estrada.

 

Forjador que se eleva con tierras lindantes

y caricias de Dios en diagramas colgantes,

por espacios de paz sorprendiendo pupilas,

repartiendo azucenas, rosas y dalilas.

 

Avenir de pensantes con ansias de patria,

hogar invitante perfumado de seda,

hermandad prodigiosa que encanta la espera

de abundancia de dones cuajados de estrellas.

 

Mi fortaleza es el jardín de mi existencia

que Dios llena de música, arte y maravillas:

un gozo que alza la materia y la rutina

en cantos floridos que admiran Su presencia.

 

Voces en el tiempo

Martha Moreno