En la misa que celebró el Papa León XIV en la Isla de Tenerife, hubo una frase de su homilía que llamó especialmente mi atención: “Ningún ser humano es una isla”. Luego continuó con lo siguiente: “La ubicación geográfica de esta diócesis y los desafíos más grandes que la comprometen, atestiguan que hemos nacido para el encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje, sea permaneciendo durante una vida entera en el mismo lugar, sea eligiendo o estando obligados a partir… Este es el secreto del corazón, la llamada íntima al éxodo y al encuentro, pero el Corazón de Jesús nos revela cómo no perdernos en un dinamismo estéril”.

“Ningún ser humano es una isla”: Estas palabras me recordaron un libro del monje trapense Thomas Merton titulado precisamente Ningún hombre es una isla. Al volver a leerlo, despertó mi interés el origen de esa expresión, acuñada por el poeta inglés John Donne, quien vivió entre los siglos XVI y XVII y la incluyó en su obra Meditaciones en tiempos de crisis.

La crisis que inspiró estas reflexiones fue una grave enfermedad que padeció y que, años más tarde, lo conduciría a la muerte. Desde esa experiencia de fragilidad humana, Donne desarrolló una profunda reflexión sobre la interdependencia entre las personas y la necesidad que todos tenemos unos de otros.

Quisiera compartirles la manera en que este gran escritor entendió y expresó la idea de que ningún hombre es una isla:

“Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; cada hombre es un pedazo del continente, una parte del todo; si el mar se lleva un trozo de tierra, Europa se mengua, como si fuese un promontorio, como si fuese la casa solariega de tus amigos o la tuya. La muerte de cualquier hombre me disminuye, pues soy parte de la humanidad. y, por lo tanto, nunca mandes a nadie preguntar por quién doblan las campanas, pues doblan por ti”.

Algunas personas reconocerán el título: ¿Por quién doblan las campanas?, la célebre novela de Hemingway. Lo que quizá no todos sepan es que el escritor estadounidense tomó esa expresión de las Meditaciones en tiempos de crisis de John Donne.

Para Donne, cada ser humano es tan importante, tan amado por Dios y tan esencial dentro del plan divino, que cuando las campanas doblan por la muerte de alguien, también doblan por mí, por ti y por la persona más humilde o aparentemente insignificante. La pérdida de cualquier ser humano nos afecta a todos, porque todos formamos parte de una misma humanidad.

John Donne era sobrino nieto de Santo Tomás Moro. Aunque provenía de una familia católica profundamente arraigada en la fe, el temor por las difíciles circunstancias religiosas y políticas de su tiempo, junto con otros factores personales e intelectuales, lo llevaron a incorporarse a la Iglesia anglicana y a dedicarse plenamente a las letras. Sin embargo, su anhelo de unidad y comunión parece estar presente a lo largo de toda su obra.

De hecho, poco antes de desarrollar su célebre reflexión sobre que ningún hombre es una isla, escribió estas palabras: “La Iglesia es católica, universal, así son todas sus acciones; todo lo que hace es de todos. Cuando bautiza a un niño, esa acción me concierne, pues ese niño se une entonces a esa cabeza que es también mi cabeza y se implanta en ese cuerpo del que soy miembro. Y cuando entierra a un hombre, esa acción me concierne: toda la humanidad es de un mismo autor y está en un mismo volumen”. Al leer las Meditaciones en tiempos de crisis, uno tiene la impresión de encontrarse con un cristiano profundamente consciente de la fragilidad humana y de la interdependencia de todos los miembros del Cuerpo de Cristo.

Más allá de las divisiones religiosas de su época, Donne parece buscar constantemente aquello que une a los seres humanos y a los creyentes. Tal vez esa sea una de las razones por las que su obra continúa siendo apreciada tanto por católicos, como por anglicanos y otros cristianos.

De manera semejante, nuestro Papa León XVI no deja de insistir en la necesidad de la unidad y de la comunión. En un mundo cada vez más fragmentado, su llamado nos recuerda que nadie se salva solo, que nadie debe vive aislado y que, en definitiva, ningún ser humano es una isla.

¿A qué nos invita el papa León XIV al recordar que no somos islas? Nos invita a un encuentro profundo con los demás seres humanos y, por supuesto, al encuentro personal con Dios. Este llamado encuentra su fundamento en la ternura del Sagrado Corazón de Jesús, que nos abraza a todos y espera nuestra respuesta de amor.

Recordemos siempre: Ningún ser humano es una isla.

Voces en el tiempo

Martha Moreno