En una ocasión uno de mis hijos me hizo una pregunta que me gustó mucho: – Mamá, ¿con qué persona importante de este tiempo te gustaría tener una conversación profunda y seria? – Yo le respondí: – En este momento me encantaría tener una plática contigo, ¡eres importantísimo! Quiero hacerlo en apertura total y buscando siempre la verdad -.

A raíz de esa pregunta me puse a pensar no en personas de mi tiempo, sino en esas voces de las que les hablo continuamente: personas que ya no viven pero que nos siguen enseñando. ¿Con quién quisiera poder platicar ahora o qué instantes de sus vidas me hubiera gustado presenciar?

Voy a compartirles una lista de algunos de esos momentos en los que me hubiera encantado participar en la conversación o, por lo menos, contemplar desde una ventana o un rincón:

1. San Agustín narra en sus Confesiones de un coloquio que tuvo con su mamá, Santa Mónica, en Ostia Tiberina. Ya Agustín había abrazado la fe y había respondido a todas las oraciones que su mamá había ofrecido por él. Me encantaría haber sido testigo de esos instantes que Agustín dedicó a Dios y que compartió con su madre:“Conversábamos, pues, los dos solos, y la conversación fue dulcísima. Olvidando lo pasado para sólo pensar en lo verdadero, discurríamos juntos, a la luz siempre presente que eres Tú, sobre cómo puede ser la vida futura y eterna de los santos, esa que ni el ojo vio ni el oído oyó”.  El lugar debe haber estado lindo porque se encontraban ambos asomándose a una ventana que daba al huerto interior de la casa en la que se encontraban. Ahí fue cuando Mónica le dijo a su hijo que ya nada la detenía en la tierra porque había cumplido su misión.
2. Pienso en San Francisco de Asís y su idea de la perfecta alegría. Esa la sintió cuando llegó a un monasterio donde estaban algunos de sus compañeros y no lo dejaron entrar porque no lo reconocieron. Lo vieron sucio y muy lastimado. Me gustaría haberlo encontrado en el camino y haberlo podido ayudar, no para quitarle esa alegría de haber experimentado la humillación, sino para yo aprender de él a perdonar, a amar en humildad y a ser feliz a pesar de las adversidades.
3. Admiro mucho a Santa Hildegarda de Bingen por haber sido una mujer que supo dar todos sus dones al mundo de su época. Mucho pudiera enseñarnos sobre el verdadero feminismo. Fue doctora, poeta, abadesa y compositora. Me hubiera encantado escuchar su voz y estar presente cuando interpretaban su música; me encantaría haberla visto en acción y en contemplación.
4. Herman Cohen fue un judío que se convirtió al catolicismo y luego fue fraile agustino. Era excelente pianista. Me impresiona mucho que tuvo como maestros a Chopin y a Liszt. Yo hubiera sido feliz acompañándolo a esas clases con dos de mis compositores favoritos como maestros. Y aún así Herman dejó el camino profesional de la música para dedicarse a su vocación que le dio plenitud.
5. En la vida de Santa Teresita y de toda la familia Martin podemos descubrir numerosos instantes de cielo. Haber estado cinco minutos en su casa en los Buissonnets o en el Carmelo de Lisieux debe haber sido lindo, pero yo quisiera irme más atrás y acompañar a los papás de Santa Teresita en alguna de sus visitas al templo de Nuestra Señora de las Victorias en Paris. Teresita también estuvo ahí dando gracias por su salud. En ese templo hay una capilla dedicada a los santos papás de Teresita. Ellos fomentaron mucho la devoción a la Virgen en esa advocación.
6. Estar frente a un artista cuando está en pleno proceso creativo debe ser una experiencia muy enriquecedora. No se diga si es un artista reconocido o alguien que admiramos mucho. Lo que he leído sobre Fra Angelico (beato Juan de Fiesole) me invita a viajar en el tiempo y entrar a su taller, observar cómo siempre rezaba antes de tocar un pincel y lloraba antes de pintar un Crucifijo. Si al ver sus obras, como la Anunciación, sientes que te llegan al alma, no me imagino haber conocido a su pintor que supo reflejar tanta belleza y bondad.
7. Como soy admiradora y lectora de los libros del francés Leon Bloy, hubiera gozado llegando a su casa y tocando a su puerta. Muchas personas llegaron a tocarle la puerta después de haber leído algún libro suyo. Él abría su casa para todo el que quisiera preguntarle sobre su escritura, sobre Dios, sobre el dolor, sobre Nuestra Señora de la Salette, sobre sus ahijados (escritores, poetas, artistas, filósofos, etc.). Nadie salía igual de su casa. Me imagino en su sala sencilla escuchando tocar el piano a su ahijado Ricardo Viñes (el mejor intérprete que tuvo Debussy) para después pasar a platicar con sus otros ahijados: el pintor Rouault, el filósofo Jacques Maritain y su esposa Raissa(poeta), el escritor holandés Pieter Van der Meer. Hubiera también disfrutado mucho acompañando a Jeanne, esposa de Leon Bloy, cuando preparaba esas cenas con gran hospitalidad a pesar de su pobreza.
8. Volviendo a Raissa Maritain, en su Diario platica con gran naturalidad una ocasión en la que fueron a cenar ella y su esposo con el poeta T.S. Eliot. ¡Cómo me hubiera encantado estar con ellos en la mesa! A T. S. Eliot le hubiera hecho muchas preguntas sobre su poesía que me intriga y fascina. A Raissa le hubiera pedido consejo para mi vida de oración. A Jacques Maritain le hubiera solicitado ayuda para nuestro mundo de hoy. También hubiera querido participar en los Círculos Tomistas que fundaron Raissa y Jacques partiendo de las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino.
9. Carlos de Foucauld, que pronto será canonizado, estando en Paris, visitó el templo de San Agustín y pidió consejo a un sacerdote, el Padre Huvelin. Carlos tenía muchos años de haber perdido la fe. El Padre Huvelin le dijo que, antes de quitarle sus dudas, primero se confesara y comulgara. Así lo hizo Carlos y de ahí en adelante siguió un camino que lo llevó a la santidad. Quisiera haber visto su cara al salir del templo. Quisiera haber presenciado su sensación de felicidad.
10. Por último, elijo un momento en la vida de Jesús en el que quisiera estar hoy. Quisiera llegar al hogar de Betania y escuchar a Jesús decirle a Marta: “Marta, Marta, tú andas preocupada y te pierdes en mil cosas: una sola es necesaria…”

VOCES EN EL TIEMPO. MARTHA MORENO