En esta tierra tecnificada y materialista, donde todo pareciera indicar que ya no hay lugar para la vida del espíritu, es reconfortante y esperanzador el descubrir ejemplos maravillosos de héroes de otros tiempos que encontraron a Dios en las más extrañas de las circunstancias.
Desde hace algunos años me topé con la vida de Ernest Psichari, escritor y soldado. Antes de compartir su voz quería entrar en su pensamiento a través de alguna de sus novelas. Por fin pude leer El Viaje del Centurión, su obra póstuma. Es una novela en la que narra su propia historia mientras se encontraba sirviendo como teniente para el ejército francés en África. Murió poco tiempo después, en 1914, en el campo de batalla, durante la retirada de Charleroi.
¿Quién fue Ernest Psichari para su propia generación y para las que vendrían después de él? ¿Por qué deberíamos de conocerlo y entender tanto su mente como su corazón en un mundo que no cree, que no espera y que no aprecia la verdad?
Ernest fue nieto del filósofo e historiador Renan, un hombre que hizo a un lado su cristianismo para representar el movimiento de racionalismo extremo y ateo del siglo XIX. En gran parte su ideología fue responsable de una nueva visión anticlerical del mundo. Debido a la influencia de Renan muchas personas dejaron la fe pensando que la religión era sólo un conjunto de leyendas sin contenido de verdad.
Ernest fue educado en un ambiente positivista en el que el intelecto era el valor supremo. Estudió filosofía en la Sorbona y ahí conoció al que sería su mejor amigo: Jacques Maritain, precursor del humanismo cristiano, pero que en ese tiempo compartía sus ideas ateas.
No cabe duda que las aguas vuelven a su cauce y que los caminos de Dios no son nuestros caminos. En el Viaje del Centurión, Psichari explica cómo fue el despertar en la fe de un soldado llamado Maxence, y cómo la fe en las órdenes militares lo llevó hacia una devoción hacia la disciplina que le permitió aceptar la mayor de las disciplinas: la fidelidad a Dios. Es impresionante cómo se refleja en la novela la necesidad que tenía Ernest de una vida espiritual. Lo podemos apreciar en el siguiente fragmento: “Su padre -Coronel del Ejército francés, hombre culto, de ideas más que volterianas, traductor de Horacio, anciano excelente y honrado, hombre, en fin, de buenas maneras- se había equivocado. Maxence tenía un alma. Había nacido para creer, para amar, para esperar. Tenía un alma formada a la imagen de Dios, capaz de discernir lo verdadero de lo falso, el bien del mal… Sin embargo, este hombre recto seguía una ruta oblicua, una ruta ambigua, y nada había que se lo advirtiese, fuera de aquel precipitado latir del corazón, de aquella inquietud”.
Es en este mismo libro donde también cuenta Psichari un acontecimiento que lo marcó de por vida. Su amigo Jacques (Pierre-Marie en la novela) le envió una imagen de la Virgen de la Salette (Virgen que llora) con sólo unas sencillas líneas escritas: “Maxence, hemos estado orando por ti en la montaña santa. Pareciera que ella llora por ti. Ella es la Virgen hermosa que te quiere, ¿no la quieres escuchar?”
El desierto, la soledad, el silencio, el ser capturado, el tener que llevar un estricto orden, el tener que cuidar la vida de sus soldados, el observar la oración de los musulmanes, el darse cuenta de su vacío, el saberse verdaderamente querido por su amigo, el descubrir que tenía un alma que tendía a lo grande, el toparse con la Verdad, la Bondad, la Unidad, la Belleza, la Virgen María… Toda esta gama de experiencias lo llevó a dejarse abrazar por Dios. Durante su peregrinar en África, Ernest Psichari añoró las raíces cristianas de sus antepasados e incluso volvió a amar a su país. Ya no veía en Francia a un país descorazonado, triste y seco. Conociendo a Jesús volvía a descubrir una Francia amorosa, bella y noble. Este joven Psichari representó para muchos esa posibilidad de volver al espíritu y a la esperanza.
Es en el encuentro de Jesús con el centurión donde Psichari se descubre amado por Dios en su vocación de soldado. Su libro inicia con la frase del centurión: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: -Vete- y va; y a otro: -Ven- y viene; y a mi siervo: -Haz esto- y lo hace”. Mateo 8, 8-9
¿Nuestra era egocéntrica que ya no quiere la ley de Dios tiene esperanza? Yo creo absolutamente que sí. Se ha caído tan fuertemente en el nihilismo que sólo cabe la posibilidad de volver, y eso es lo que yo le pido a Dios. Psichari nos presta su voz como ejemplo. Que se den momentos de desierto y de auto-conocimiento que permitan a las familias, a nuestros ancianos, jóvenes y niños, regresar a cultivar el alma como santuario de Dios.
Martha Moreno
VOCES EN EL TIEMPO
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