¿Tienes algún lugar especial en el que te sientas como en casa, en completa libertad y con una sensación de paz que te permita explorar tu corazón y saber cuál es el siguiente paso que tienes que dar? ¿Conoces tus propios refugios? ¿Has encontrado tu propio santuario?
Nuestro planeta es un hogar maravilloso. Como cada persona es diferente, así también son distintos los lugares que se eligen para vivir instantes de plenitud. Hay quien se siente inclinado por un paisaje de montaña, una biblioteca, la playa, un jardín o una habitación particular. Existen sitios de inherente belleza que invitan a la contemplación, a la admiración y a la oración.
San Juan de la Cruz habló de la importancia de ciertos espacios como fuente de recogimiento interior. Él recomendó visitarlos varias veces para facilitar los encuentros con Dios y sentir su amparo. Santa Teresita de Lisieux sabía perfectamente cuál era su refugio. Se llamaba Nuestra Señora de las Victorias y se encontraba en Paris:
“Al llegar a Paris, nos hizo visitar papá todas las maravillas que encierra; en cuanto a mí, sólo encontré una: Nuestra Señora de las Victorias. Me sería imposible explicar lo que experimenté en su bendito santuario.”
La predilección por ese templo mariano la recibió de sus padres, los también santos Luis y Celia Martin. En 1863, Luis había escrito a su esposa: “He tenido la dicha de comulgar en Nuestra Señora de las Victorias, que es como un paraíso en la tierra. También he encendido una vela por toda la familia”.
El rey Luis XIII mandó construir la basílica como acción de gracias por sus victorias y por el nacimiento de su hijo Luis Dieudonné (Luis XIV). Pasaron los años y, por el ambiente anticlerical que predominaba en Francia, muchas personas dejaron de acudir a los servicios religiosos. El Abad Desgenettes sufría una fuerte crisis de fe ante la ausencia de fieles. En una ocasión la Virgen María se le apareció pidiéndole que consagrara el templo a su Inmaculado Corazón. Al momento de hacerlo empezaron a llegar muchos peregrinos que llenaron completamente el lugar. Desde entonces ese pequeño rincón de María no ha dejado de tener visitantes. Nuestra Señora de las Victorias recibe también el título de Refugio de Pecadores.
Te invito a realizar un ejercicio en el que, cerrando los ojos, imagines tu llegada a esa basílica, ubicada en la Plaza des Petit Pères. Entras, saludas a Jesús, y te pones de rodillas justo debajo de la imagen de la Virgen, en el punto exacto donde sientas que ella te mira. Enciendes un cirio y te dispones a orar. De pronto observas cómo empiezan a llegar visitantes de otros tiempos y se colocan junto a ti. Distingues a Santa Teresita y a sus papás. Reconoces a Santa Isabel de la Trinidad que quiso mucho este santuario. Escuchas a San Juan Bosco, patrono de la juventud, platicar de una de sus visiones en la que pudo apreciar todas las gracias que se recibirían por conducto de la Virgen en ese preciso lugar. El cardenal, hoy beato, John Henry Newman se inclina a dar gracias por su conversión. Escuchas a Mozart tocando el órgano. Continúa la música del compositor Lully. El pintor Georges Desvallières graba en su corazón la imagen de María para llevarla a su arte. Julien Green, el escritor, sonríe recordando cómo su padre recuperó la fe gracias a Nuestra Señora de las Victorias. Volteas al altar y ves acercarse a los santos Alfonso María Claret, Daniel Comboni, Pedro Julián Eymard, Teófano Venard, Antonio Daveluy y Ana María Javouhey. Aparecen los hermanos Ratisbonne y Libermann, judíos de renombre, abrazando el cristianismo. Se hace de noche y ves llegar al músico Hermann Cohen, quien un siglo atrás inició, justo donde estás tú, la adoración nocturna para varones.
En cada muro del santuario descubres frases de acción de gracias. Todo es agradecimiento. Se agradecen conversiones, triunfos, salud, milagros, familias que se reúnen, problemas resueltos, batallas ganadas, reconciliaciones…
Ves en la mirada de María un refugio tierno para toda la humanidad. Amanece y participas de los laudes. El ritmo de la casa de María se apodera de ti y te cubre de bendiciones.
Te preparas para despedirte de la Virgen. Le entregas una carta de agradecimiento y un ramo de lirios y rosas. Ella te pide que conserves su hogar en tu corazón para que acudas a él cada vez que sientas la necesidad de protección.
Vuelves a tu realidad habiendo experimentado un descanso liberador. Te propones conocer más sobre la vida de los huéspedes distinguidos de María. Y, por último, reconoces y agradeces la paz recibida como don especial al haber visitado un espacio santo dedicado a María, Nuestra Señora de las Victorias.
Martha Moreno
Voces en el Tiempo
Martha, este articulo realmente te invita a buscar tener un momento de intimidad con María. Gracias