La Virgen niña en oración es una pintura de Zurbarán que me introduce en nuevos mundos. Encuentro varios elementos cautivadores: la seriedad de María, sus ojos que miran hacia arriba, sus pequeñas manos juntas, la sensación que transmite de pertenencia a otra realidad, una tierna inocencia y profunda paz, en medio de la más elevada comunicación. Esta representación de la oración de la Virgen me invita a compartir tres de mis oraciones favoritas, que son modelos de súplica de perdón, abandono y alabanza a Dios.

Inicio con una oración penitencial de San Efrén de Siria, quien vivió en el siglo IV d.C. Lo apodaban: el Arpa del Espíritu Santo por tener el don de componer preciosos himnos y alabanzas a Dios y a la Virgen. Su manera sencilla de orar es muy especial porque, en un acto de reconocimiento a Dios como dueño y Señor, a quien acude con absoluta confianza, le pide: a) liberación de las principales tentaciones a las que el hombre se ve expuesto, b) cuatro virtudes claves para la unión con Cristo, c) poder conocer las propias faltas y pecados, lo cual hoy es muy necesario porque cada vez hay menos formación de la conciencia, y d) ayuda para no juzgar al prójimo. La plegaria termina en una alabanza. Es una forma de presentar a Dios nuestra realidad, pidiéndole que nos perdone, nos transforme y nos abra el corazón para amar. La parte de reconocer a Dios como dueño, que nos ama profundamente, tendríamos que estarla pronunciando con el ejemplo de nuestras vidas. Las personas erróneamente piensan que son dueñas de sí mismas olvidándose de Dios. Eso las lleva al egoísmo, cuya consecuencia es un estado de infelicidad.

ORACIÓN DE SAN EFRÉN: “Señor y dueño de mi vida, aleja de mí el espíritu de pereza y de abatimiento, de dominio, de palabras vanas; concédeme a mí, tu siervo, espíritu de castidad, de humildad, de paciencia y de amor; Señor Rey, concédeme poder ver mis pecados y no juzgar a mi hermano, porque Tú eres bendito por los siglos de los siglos. Amén”

En segundo lugar, les presento la oración de abandono del beato Carlos de Foucauld, converso, sacerdote y ermitaño, que vivió una espiritualidad del desierto basada en la familia de Nazaret. A Carlos se le consideró “hermano universal” por su entrega al pueblo Tuareg en Argelia. Fundó la congregación de hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús. Su forma de rezar es de abandono total en Dios, dándole gracias por todo y ofreciéndole todo.

ORACIÓN DE ABANDONO DE CARLOS DE FOUCAULD: “Padre mío, me abandono a Ti, haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Dios mío. Te entrego mi vida, te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón. Porque te amo, y es para mí una necesidad de amor darme, ponerme en tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre”.

Para finalizar, la oración del beato inglés John Henry Newman, que en busca de la verdad dejó el anglicanismo para entrar en la Iglesia Católica, me devuelve a la imagen de la Virgen Niña rezando. Al orar con estas palabras, estamos invitando a Jesús a llegar a nuestras vidas y a transformarnos en Él. Así me imagino a la Virgen: llamando a su hijo Jesús desde que era niña. Definitivamente brillaba. Ella ya intuía ese amor que salvaría al mundo. María ya irradiaba el perfume de Jesús por estar llena de gracia:

ORACIÓN DE JOHN HENRY NEWMAN: “Amado Señor, ayúdame a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya. Inunda mi alma de espíritu y vida. Penetra y posee todo mi ser hasta tal punto que toda mi vida sólo sea una emanación de la tuya. Brilla a través de mí, y mora en mí de tal manera que todas las almas que entren en contacto conmigo puedan sentir tu presencia en mi alma. Haz que me miren y ya no me vean a mí sino solamente a ti, oh Señor.
Quédate conmigo y entonces comenzaré a brillar como brillas Tú; a brillar para servir de luz a los demás a través de mí. La luz, oh Señor, irradiará toda de Ti; no de mí; serás Tú quien ilumine a los demás a través de mí. Permíteme, pues, alabarte de la manera que más te gusta, brillando para quienes me rodean. Haz que predique sin predicar, no con palabras sino con mi ejemplo, por la fuerza contagiosa, por la influencia de lo que hago, por la evidente plenitud del amor que te tiene mi corazón. Amén”.

Los invito a siempre unir su oración a la oración de la Virgen María.

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO