Cuando el Papa Francisco se dirigió a los representantes del Congreso en su visita a Estados Unidos de Septiembre del año 2015, hizo referencia a cuatro personajes muy valiosos que forjaron la conciencia de su país. Habló de Abraham Lincoln, Martin Luther King Jr, Dorothy Day y Thomas Merton.

Los libros del monje trapense Thomas Merton (1915-1968) han invitado a muchas personas a la contemplación, a la búsqueda de paz, reconciliación, justicia y silencio en medio del mundo. En particular a mí me gustó mucho su autobiografía: La Montaña de los Siete Círculos. En ella narra su origen (entre Francia, Inglaterra y Estados Unidos), sus estudios en las universidades de Cambridge y Columbia, sus excesos, su proceso de conversión a la Iglesia Católica, y su entrada a la abadía trapense de Nuestra Señora de Getsemaní en Kentucky. Me llamó mucho la atención que reconociera como un factor muy fuerte en su entrada al catolicismo la influencia del poeta y pintor inglés, William Blake, que no era católico pero sí un hombre muy espiritual.

Merton abordó diferentes temas en sus escritos, en especial cuestiones relacionadas con su visión como monje de los problemas del siglo XX. Me encanta que siempre se sintió un hijo predilecto de la Virgen María y que hablara mucho de ella con gran sentido de admiración. Su amor a la Virgen es de lo que más me ha gustado de Merton y que quisiera compartir mediante pequeños fragmentos:

“Cuando aquella noche, Señora, abandoné la isla que en otro tiempo fue tu Inglaterra, tu amor me acompañaba, aunque no pudiera saberlo ni ser consciente de ello. Eran tu amor y tu intercesión por mí ante Dios los que preparaban los mares delante del barco, dejando expedito mi camino hacia otro país.

No estaba seguro de adónde iba, ni podía saber lo que haría cuando llegara a Nueva York. Pero tú veías más lejos y con más claridad que yo y abrías los mares delante de mi barco, cuyo rumbo me conducía, a través de las aguas, hacia un lugar con el que jamás había soñado y que ya entonces estabas preparándome tú para que fuera mi salvación, mi refugio y mi hogar. Y mientras yo pensaba que no había ni Dios ni amor ni misericordia, Tú no dejabas de guiarme al centro mismo de su amor y su misericordia, llevándome, sin ser yo consciente de ello en absoluto, al hogar que me ocultaría en el secreto de Su Rostro… Como tú has obrado conmigo, obra también con todos los millones de hermanos míos que viven en la misma desgracia que conocí entonces: guíalos a pesar suyo, guíalos con tu formidable influencia, ¡Oh Santa Reina de las Almas y Refugio de los Pecadores!, condúcelos a tu Cristo, del modo que me condujiste a mí.”. La Montaña de los Siete Círculos. P. 132

“Me tomo tiempo para orar y contemplo una postal con la Anunciación de Fra Angelico… Permanecí en silencio durante unos minutos y no me moví ni miré el reloj, y me pregunté si tal vez no comprendería del todo la obra que Nuestra Señora está preparando… Su amor es demasiado importante comparado con cualquier emoción que yo pueda sentir. Su amor configura mundos, da forma a la historia, crea un Apocalipsis en mí y a mi alrededor: da nacimiento a la Ciudad de Dios… Contemplo el pórtico sereno donde el ángel de Fra Angelico le habla. Fra Angelico supo cómo pintarla… Madre, hazme tan sincero como este cuadro. Que todo mi descenso al fondo de mi alma sea sincero, sincero. No me permitas tener un solo pensamiento que no me haga arrodillarme ante ti en este cuadro… Creo en ti. Estoy en silencio…” El Signo de Jonás. P. 291.

“Esta semana toda llena de unción del Espíritu Santo, descubrí algo más del gozo que reside en no ser nada y en depender absolutamente de Nuestra Señora. Ésta es la llave que abre las puertas del acceso más sencillo y fácil a la vida interior: no tener grandeza, ni santidad, ni distinción que podamos considerar obra nuestra, sino confiar por entero en su amor y protección, sabiendo que ella obtendrá para nosotros, en el momento oportuno, la gracia para hacer el bien que Dios espera de nosotros. A partir de ese momento, toda la vida espiritual se reduce a mirar a Nuestra Señora con confianza, recibiendo fielmente todo lo que nos llega por su mediación, sin aferrarnos a ello, sin guardarlo como cosa propia y sin reflexionar sobre nosotros mismos”. El Signo de Jonás. P. 230.

“El último invierno, Señora, te pedí la paz, y hay santos en algún lugar pidiéndote lo mismo en este invierno. Por eso uno mis oraciones a las suyas. Quisiera decir que me entrego a ti, que me consagro a ti; pero ya lo he dicho anteriormente. Ahora lo digo más en serio que nunca, sólo que no se me ocurre una palabra más contundente. He escrito demasiado, Señora, y las palabras no se me dan tan bien como deberían dársele a un escritor. Cuando te hablo, ni siquiera puedo articular las palabras que debería decirte. En cualquier caso, sí puedo decir que te amo, no con discursos y gestos espectaculares, sino siendo un pobre y sencillo trapense, oculto, más o menos estúpido, que no destaca en nada. No importa. No tardará en llegar mi turno, y me dejarán en un rincón, como a cualquier otro”. Diálogos con el Silencio. P. 149.

Para terminar hago mía también esta oración de Thomas Merton a María, Señora y Reina del Cielo:

“Introdúceme, te ruego, en la soledad, el silencio y la unidad, y haz que todos mis pasos sean inmaculados ante Dios. Que sepa aceptar gozoso cualquier oscuridad, porque le encuentre siempre a Él en su misericordia. Enséñame a guardar silencio en este mundo, salvo que Dios quiera lo contrario y de la forma en que él lo quiera. O enséñame, al menos, a desaparecer en lo que escribo…” Diálogos con el Silencio. P. 135.

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO