Debo de haber tenido cinco años cuando mi papá nos enseñó a mi hermana y a mí, a leer notas para tocar en el piano dos melodías simplificadas. Una era de Bach: la cantata “Jesús, alegría de los hombres”, y la otra: Dulcinea, del musical “El Hombre de la Mancha”. Con el tiempo descubrí que Dulcinea del Toboso era el gran amor platónico del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, personaje principal de la novela de Miguel de Cervantes. Don Quijote veía a su Dulcinea como la más perfecta de las criaturas, sin defectos, con una belleza sin igual. La realidad, en la historia, era que Dulcinea se llamaba Aldonza Lorenzo y era una campesina común, nada bonita y con fallas fuertes. La idealización de Aldonza por parte de don Quijote le sirvió para tenerla como su principal motivación en sus batallas por el bien y la justicia. He seguido escuchando esa canción de Dulcinea, sobre todo con la gran voz de Plácido Domingo. Dulcinea me hace pensar en la maravilla del amor de Dios hacia nosotros, que siempre nos sigue esperando a pesar de nuestras debilidades.
El mensaje del amor de Dios es lo primero que se enseña en el catecismo (la Buena Nueva que vino a traer Jesús al mundo: Dios es nuestro padre amoroso) y es la verdad que debería estar claramente escrita en nuestros corazones y vivida en nuestros hogares. ¿Por qué se ha caído en la falsa noción de que tenemos que ganarnos el amor y de que valemos, no por lo que somos, sino por lo que hacemos, tenemos o por lo que otros piensan de nosotros? Nuestra vida, que debería ser de entrega amorosa y feliz, se ha convertido en una lucha por ganarnos nuestro lugar, cuando ya tenemos el mejor lugar de todos: somos hijos muy amados de Dios y Él quiere siempre darnos sus gracias. Ese sentido de amor nos da la más perfecta libertad y nos ayuda a no caer en las manipulaciones del mundo.
Dulcinea es vista con ojos de amor. Así nos ve Dios y así nos pide que veamos a nuestro prójimo. Cuando tú ves a alguien con ojos de amor y de aceptación, devuelves la esperanza a esa persona y la ayudas a que saque de sí todo lo bueno que pudo tener escondido por temor. Es tan importante ese sentir el amor de Dios, que la misma Virgen María, en sus mensajes como Nuestra Señora de la Paz, en Medjugorje, invita a pedir en nuestra oración por todas las personas que no han experimentado el amor incondicional de Dios.
¿Y qué sucede cuando te decides a abrir tu corazón a ese amor incondicional de Dios? Me gusta lo que el escritor, sacerdote y psicólogo Henri Nouwen escribió sobre esto: “Dios nos ha dado un corazón que quiere ser amado incondicionalmente. Si aceptamos el amor incondicional de Dios por nosotros, podremos vivir en un mundo en donde la gente siempre nos ponga condiciones. Si aceptamos el amor incondicional de Dios podemos perdonar a aquellos que nos lastiman o decepcionan y podemos evitar dar entrada a la amargura, celos o resentimiento en nuestros corazones. Mucha gente que nos ama también nos hiere porque sus propias necesidades o conflictos sin resolver los previenen de amarnos en la manera en que queremos ser amados. Pero cuando radicalmente aceptamos ese amor incondicional por nosotros, podemos perdonar a los que nos han herido y dejarlos libres con nuestro perdón. Si no reclamamos ese amor divino, desperdiciaremos mucho tiempo y energía en tratar de cambiar a la gente y quererlos adecuar a nuestras necesidades”.
¿Conocería Dulcinea el gran amor y admiración que inspiraba en don Quijote? Ella es mencionada en la novela, pero nunca aparece. Ese sentirse tan querida probablemente le hubiera dado un sentido más elevado a su vida. En nuestro mundo deprimido, violento, fragmentado, confundido, resentido y vacío de espiritualidad, se necesita reavivar la realidad del amor incondicional de Dios por cada uno de sus hijos.
Termino con más ideas sobre el amor incondicional de Dios de Henri Nouwen: “Dios no nos dice: -Te amo si…- No hay cosas que tengamos que hacer o ser en el corazón de Dios. El amor que Dios nos tiene no depende de nada que hagamos o digamos, ni de nuestro aspecto o nuestra inteligencia, ni de nuestro éxito o nuestra popularidad. El amor que Dios nos tiene existía antes de que naciéramos y seguirá existiendo después de que muramos. El amor de Dios es desde la eternidad hasta la eternidad y no está relacionado con hechos o circunstancias relacionadas con el tiempo. ¿Significa esto que a Dios no le importa lo que hagamos o lo que digamos? No, porque el amor de Dios no sería real si no le importáramos… Dios desea establecer una relación con nosotros y quiere que le devolvamos su amor amándolo. Atrevámonos a ingresar en una relación íntima con Dios, sin temor, confiando en que recibiremos amor, y siempre más amor”.
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
Leave A Comment
You must be logged in to post a comment.