Hoy, 24 de enero del año 2022, hubiera cumplido noventa años el sacerdote, psicólogo y escritor Henri Nouwen, autor de El Regreso del Hijo Pródigo. De todas sus enseñanzas y formas de llevar el Evangelio a la vida cotidiana y a las relaciones humanas, una de las que más me motiva es la de la importancia de celebrar y de vivir el presente como lo hacen los niños. Para poder entrar en el Reino de los Cielos tenemos que hacerlo con el espíritu de los niños y eso se le ha olvidado al ser humano del siglo XXI.

Cuando Henri Nouwen cumplió 60 años, sus compañeros de El Amanecer, en El Arca, cerca de Toronto, le organizaron una fiesta. Todo se preparó para que Henri, disfrazado de payaso, entrara en un saco y representara su nacimiento como si el saco fuera un huevo y él un pollito que nace como payaso. Era muy buen actor y sabía jugar muy bien. En el lugar había muchos niños y discapacitados. Todos reían al verlo moverse dentro del saco: primero sacar un pie, luego sus manos, su cabeza y ver todo como si lo hiciera por primera vez. Las expresiones de su cara eran de asombro y alegría al ir descubriendo un mundo que se abría para él. Todos los que lo veían estaban encantados al encontrar, en un académico y escritor famoso, un espíritu juguetón y sencillo. Todo fue espontáneo al poder participar en el momento de manera natural. Lo último que descubrió Henri, como bebé payaso, fue a las personas y eso fue lo que más le gustó. A cada uno de los presentes los fue saludando con mucha emoción y gratitud.

El tema de volver a la infancia en un sentido espiritual lo han tocado algunos santos, en especial Santa Teresita de Lisieux. Ella encontró en ese camino la vía corta para llegar a Jesús. La escritora inglesa Caryll Houselander (1901- 1954), que centró su pensamiento en la presencia de Jesús en cada una de las personas, encontró en los niños las cualidades que pueden ayudar a los adultos a encontrar la felicidad que está en Dios. Ella escribió:

“Regresar a la infancia significa que debemos volver a los valores verdaderos, en lugar de aquellos que estén basados en el materialismo, opinión pública y esnobismo; que debemos buscar la simplicidad y la humildad; que debemos volver a ser creadores y poetas, que debemos recuperar la capacidad de experimentar plenamente lo que nos rodea y, sobre todo, debemos regresar al coraje de vivir con un entusiasmo sin límite y con una confianza total en el amor.

Convertirte en niño es conocer con la intuición de un niño, ver con la visión de niño. Admirar todo con el gozo de ver por primera vez y con la generosidad espontánea del corazón pleno que conoce en la alegría del amor primero. Ver el sufrimiento humano, no con la desesperación racional de un adulto, sino con la inmediata e incondicional compasión de un niño, que no admite obstáculos para responder.

El modo de iniciar la sanación de las heridas del mundo es atesorar al Jesús niño en nosotros; ser no el castillo sino el pesebre de Cristo, y mecer su cuna con el ritmo del amor; mecer a todo el mundo con el ritmo de la música de la vida eterna”.

También en el poeta Rainer María Rilke encontramos esa admiración por la forma de ver el mundo de los niños y que se va perdiendo con los años. En su carta a un niño de diez años escribió: “La mayoría no sabe que el mundo es bello y que la más pequeña de las cosas –una menuda flor, una piedra, la corteza de un árbol, una hoja de abedul – irradian brillo. La gente mayor, entre tantos negocios y preocupaciones, atormentada por nada, no puede ver en absoluto estas riquezas que los niños, si son buenos y están atentos, pronto descubren y lo quieren con todo su corazón. Lo mejor sería que todo el mundo se esforzara en continuar siendo en esto como niños, atentos y buenos, cándidos y piadosos en su corazón y que no estropeara el don de alegrarse con una hoja de abedul, con una pluma de pavo real o con un ala de corneja, lo mismo que con una montaña muy alta o un magnífico palacio”.

Conforme pasen los años, iremos acercándonos más al estado de dependencia que teníamos cuando éramos niños. Eso es natural y muy difícil de aceptar. Pero si lo aceptamos, abrazamos y entendemos como parte de nuestro ciclo de vida, comprenderemos que también debemos aprender a volver a ser como niños en nuestra forma de ver la vida, de apreciar el presente, de confiar, de descubrir maravillas, en nuestra forma de amar y de no juzgar. Me encantó la forma en la que Henri Nouwen representó ese volver a nacer y volver a hacerse niño cuando cumplió sesenta años. Eso lo hizo consciente de que era el momento de entrar en esa segunda infancia como invitación de Jesús.

Les comparto un fragmento de un poema que escribió Caryll Houselander titulado: Primeras Comuniones en mi Parroquia. A mí me conmovió mucho ese volver a un día tan especial de nuestra infancia y que no debe separarse nunca de nosotros. ¡Que nunca olvidemos la amistad que teníamos con Jesús cuando llegó por primera vez a nuestras almas!

“En el templo se siente el aroma a flores. Hay velos blancos y los vestuarios son blancos.

¿Por qué hay lágrimas en los ojos de los adultos?

¿Hemos olvidado la fragancia de la primera venida de Cristo

o los corazones sin mancha de nuestros pequeños hijos e hijas?

¿O es que no recordamos que también fuimos niños y teníamos un secreto con Él?”

 

 

VOCES EN EL TIEMPO. MARTHA MORENO