El 15 de mayo, para gloria de Dios, será la canonización del beato Carlos de Foucauld. Me ilusiona pensar en ese día por toda la oración que llevó consigo ese momento que se acerca. Todas las congregaciones que surgieron de la vocación de Carlos han preparado por años ese próximo instante de cielo. Leyendo al monje trapense Thomas Merton, que murió en 1968, encontré que él también rezaba por la santidad de Carlos. Los esposos Jacques y Raissa Maritain (filósofos) encontraron en la vida de Carlos un gran ejemplo, al grado que Jacques entró a la orden de los Hermanitos del Sagrado Corazón (que surgió de la espiritualidad del desierto de Carlos de Foucauld), después de que su esposa falleció.
El camino de Carlos de Foucauld fue un camino de conversión. Perdió la fe cuando tenía 13 años. Nació en Estrasburgo, Francia y al poco tiempo quedó huérfano. Lo adoptaron sus abuelos. Se graduó de una escuela militar y luego fue enviado a Argelia como soldado. En este tiempo reinó el desorden en su vida. Se retiró del ejército para dedicarse a la exploración de Marruecos y se convirtió en geógrafo. Quedó impactado por la fe de los musulmanes y su forma de hacer oración. Eso lo llevó a cuestionarse la razón de su alejamiento Dios y una prima lo ayudó, presentándole a un sacerdote, el padre Huvelin, quien lo orientó y prácticamente le devolvió la vida. Carlos tenía 28 años. El 30 de octubre de 1886, lo recibió el Padre Huvelin en el templo de San Agustín en Paris. Le dijo que para poder creer necesitaba un corazón puro. Luego de un rato de conversación lo invitó a confesarse y comulgar. Estas son palabras de Carlos de Foucauld sobre esa vivencia: “Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él. Mi vocación religiosa data de la misma hora de mi fe. ¡Dios es tan grande! Hay tanta diferencia entre Dios y todo aquello que no lo es”.
Les comparto un poema que escribí sobre la conversión de Carlos de Foucauld. La imagen al inicio del artículo es el escudo de la abadía de Nuestra Señora de las Nieves en Francia. Ese fue el monasterio donde Carlos de Foucauld ingresó el 16 de enero de 1890. En el poema menciono la oración “Yo te adoro” y estoy haciendo referencia al “Adoro te devote” de Sto. Tomás de Aquino. Cuando hablo de Carlos como vecino de los diferentes, me refiero a su vida en la comunidad Tuareg en Argelia. Antes de querer convertir a los tuaregs se propuso amar y por eso llevó a Jesús a ese lugar. El Santísimo siempre recibía a todos. Hoy les pido oración para que la misión que inició Dios en Carlos de Foucauld continúe acercando almas a Cristo.
JESÚS, DADME IDEAS, DADME PALABRAS
Para mi amigo: Carlos de Foucauld
Si cruzo mi vida con la de mi amigo,
anhelo encontrar oración escondida.
¿Qué existe detrás de un converso testigo?
¿Quién pudo arrancar al Amor su subida?
Acudiste un día a un templo parisino:
San Agustín, el patrono, sonreía.
Desde el cielo te observaba, peregrino,
percibiendo cómo tu alma en Dios ardía.
¡Qué importante el pecador arrepentido!
¡Cuánto gozo por el uno que se acerca!
La labor del pobre Carlos de vecino
impactó a los diferentes en la escena.
Si por uno que ya vuelve el mundo tiembla,
imaginen la labor del sacerdote
que lo escucha y lo sostiene mientras siembra
una cruz que se deleita en nuevos brotes.
Siendo simple te suplico que me enseñes
esa entrega en abandono tan sublime,
a los hombres que se abran y ya encuentren
al buen Padre que les pide que se arrimen.
Los más bellos espectáculos del cosmos
se suscitan cuando un hijo llega a casa,
mientras reza una familia el “Yo te adoro”, y
cuando un alma de confiesa y vive en gracia.
Seguiste la senda del Corazón Sagrado
de Jesús al que admiraste desde antaño,
viajero en la noche, trabajador raro,
fiel trasmisor del martirio cotidiano.
Fue en San Agustín donde encontraste el rumbo:
se abría el instante de tu vuelta a Cristo,
vida en Nazaret, tu sueño más profundo,
que sabe dar luz al hogar por Dios visto.
Voces en el tiempo
Martha Moreno
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