Encuentro en la siguiente reflexión del escritor inglés C.S. Lewis (de su libro: Mero Cristianismo), una manera clara y profunda de explicarnos cómo actúa Dios en nuestras vidas para ayudarnos a crecer. Muchas veces sentimos golpes que nos lastiman, pero conforme pasa el tiempo, llegamos a descubrir que ese sufrimiento era necesario para dar cumplimiento al proyecto de Dios en nosotros. Me encantan este tipo de ejemplos gráficos:
“Imagínate como una casa viviente. Dios viene a reconstruir tu casa. Al principio, quizá, puedes entender lo que está haciendo. Está arreglando tuberías e impermeabilizando el techo. Tú sabes que esos trabajos eran necesarios por lo que no estás sorprendido. Pero, de repente, empieza a dar golpes a la casa en formas que duelen y todo parece no tener sentido. ¿Qué es eso que trata de hacer? La explicación es que está construyendo una casa diferente a la que tú pensabas – quitando un ala de la casa, agregando pisos extras, creando torres, preparando jardines. Tú creías que ibas a ser siempre una pequeña y decente casita, pero Él está preparando un palacio. Él quiere llegar a vivir en él”.
Si nos ponemos a pensar en lo que está ocurriendo en nuestras vidas, podemos encontrar situaciones inesperadas que interrumpen nuestros proyectos, pérdidas, dolencias o tristezas que sacuden nuestra tranquilidad. Podemos tomar dos caminos: enojarnos o frustrarnos porque las cosas no salen como quisiéramos, o buscar la Voluntad de Dios en los que nos ocurre, hacer lo que podamos para cambiarlo, y si eso no es posible, aceptarlo con paz. Al optar por la segunda opción estamos permitiendo que Dios prepare su palacio en nosotros.
Acabo de leer, en el libro La Montaña de los Siete Círculos del monje trapense Thomas Merton, un ejemplo de cómo la aceptación de lo que no depende de nosotros, puede conducirnos a la paz, incluso cuando lo que sucede pareciera que se contrapone a lo que nosotros pensábamos que Dios quería de nosotros. Thomas Merton por fin estaba a punto de entrar como novicio al monasterio trapense de Getsemaní en Kentucky. Fue mucho tiempo el que pasó entre el descubrimiento de su vocación, el proceso de discernimiento y la final aceptación de su entrada en el monasterio. La larga espera implicó mucho sacrificio para Merton. Eran tiempos de guerra. Les comparto lo que le ocurrió a Thomas Merton y cómo decidió enfrentarlo:
“El Padre Filoteo sólo hizo una pregunta: – ¿Estará usted seguro de que quiere ser trapense?
– Padre – respondí -, quiero darlo todo a Dios.
Subí las escaleras como alguien que ha resucitado de entre los muertos. Nunca había experimentado la paz tranquila e imperturbable y la certeza que ahora llenaban mi corazón. Apenas hube tenido contestación de Getsemaní, diciéndome que sería bien recibido allí por Navidades, cuando llegó otra carta por correo. El sobre era conocido y temible. Llevaba el sello de la Caja de Reclutamiento… Por un momento me pareció que la Providencia se había hecho deliberadamente cruel. ¿Iba a ser esto una repetición del asunto del año pasado, en que se me quitó de las manos la vocación cuando estaba prácticamente en el umbral del noviciado? ¿Iba a comenzar todo de nuevo?
Arrodillado en la capilla, con aquel papel arrugado en mi bolsillo, hubo mucha opresión antes de que pudiese pronunciar las palabras “hágase tu voluntad” … Escribí a la Caja de Reclutamiento de nuevo, les dije que ingresaba en un monasterio y les pedía la hora para averiguar cuándo y en qué condiciones sería admitido… Estaba en las manos de Dios. Nada podía yo hacer sino abandonarme a su misericordia. Pero, seguramente por este tiempo, habría podido comprender que Él está mucho más ansioso de cuidar de nosotros y es más capaz de hacerlo que nosotros mismos. Sólo cuando rechazamos Su ayuda, resistimos su Voluntad, tenemos conflicto, perturbaciones, desorden, desgracias, ruina… Si después de todo esto era rechazado por el monasterio y me reclutaban, estaría muy claro que era la Voluntad de Dios. Había hecho todo lo que estaba en mi poder, lo demás estaba en sus manos. Y, con toda la intensidad tremenda y creciente de mi deseo de estar en el claustro, el pensamiento de que pudiera encontrarme, en cambio, en un campamento militar ya no me perturbaba en lo más mínimo.
Era libre. Había recobrado mi libertad. Pertenecía a Dios, no a mí mismo; y pertenecerle es ser libre, libre de todas las ansiedades, preocupaciones y dolores que pertenecen a esta tierra y al amor de las cosas que hay en ella. ¿Qué diferencia había entre un lugar y otro, entre una vestidura y otra, si la vida de uno pertenecía a Dios, si uno se entregaba completamente en Sus manos? Lo único que importaba era el hecho del sacrificio, la consagración esencial de uno mismo, de la propia voluntad. Lo demás era accidental únicamente.
Esto no me privaba de rezar cada vez más intensamente a Cristo, a la Virgen Inmaculada y a toda mi letanía particular, San Bernardo, San Gregorio, San José, San Juan de la Cruz, San Benedicto, San Francisco de Asís, la Florecita y a todos los demás para que me hicieran entrar a tuertas o a derechas en aquel monasterio. No obstante, sabía que, si Dios quería que yo fuese al ejército, eso sería lo mejor y más feliz. Porque hay felicidad sólo donde hay coordinación con la verdad, la Realidad, el Acto que sustenta y dirige todas las cosas a sus perfecciones esenciales y accidentales: eso es la Voluntad de Dios. No hay más que una felicidad: agradarle”.
Thomas Merton se sintió plenamente libre cuando aceptó lo que Dios estaba permitiendo en su vida. Eso lo llevó a una gran paz y a descubrir que lo más importante era agradar a Dios. Merton fue liberado de la guerra y entró en el monasterio. Seguramente todos sus santos amigos lo ayudaron. Pero esos instantes de prueba lo moldearon y lo llevaron a aprender sobre el abandono y la confianza en Dios.
Espero que estos dos ejemplos de C.S. Lewis y Merton nos ayuden a poderle decir “sí” a Dios cuando considere que es necesario remodelar nuestras vidas.
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
Leave A Comment
You must be logged in to post a comment.