La idea de cómo un libro puede mover totalmente la vida de una persona me ha perseguido últimamente. Un buen libro puede ayudar en la solución de problemas existenciales, motivar a tomar elecciones de vida, sanar el corazón, llevar al descubrimiento de dones ocultos o dar los elementos para descubrir una misión.
La poeta y filósofa Raissa Maritain vivió un momento de revelación cuando captó la riqueza de Las Eneadas de Plotino y, más adelante, entendió la belleza del ser humano gracias a la lectura de La Mujer Pobre de Leon Bloy.
Santo Tomás de Aquino, en plena Edad Media, valoró el mundo que le presentaba Aristóteles como fuente de sabiduría necesaria para entender los problemas de su tiempo y de los que vendrían. Ya en el siglo XX, el monje trapense Thomas Merton agradeció la influencia que tuvo en su vida un libro de poesías del escritor y pintor inglés William Blake. Para Merton ese libro fue el elemento clave en su conversión al catolicismo.
Cuando Edith Stein, a quien hoy conocemos como Santa Teresa Benedicta de la Cruz, leyó a Santa Teresa de Ávila, supo que había encontrado la respuesta a una búsqueda de significado que no había producido frutos en años de estudio de la filosofía.
Al pensar en mi propia experiencia con libros de gran valor recuerdo lo especial que fue para mí el haber tomado cursos en la universidad que llevaban como base el programa de Los Grandes Libros de la Universidad de Chicago. Esos libros clásicos han representado una puerta a la integración de los saberes, a la reflexión de los grandes temas de la vida y a la valoración de nuestra esencia humana. Creo que si las personas dedicaran tiempo para adentrarse en estos tesoros del conocimiento tendrían más recursos para manejar conflictos de todo tipo, para dejar de lado ideologías que no han funcionado, y para volver a lo esencial que conduce al hombre a la búsqueda del sentido de unidad, identidad, compasión, lucha contra el vicio y encuentro con la virtud. Al asimilar la experiencia de la humanidad resumida en ciencia universal se llega al asombro que producen la esperanza y el amor.
Dentro de la gran variedad de pensamientos integrados en Los Grandes Libros puedo decir que dejaron huella especial en mí: Los Diálogos de Platón, Pascal y sus Pensamientos, Tomás de Kempis y La Imitación de Cristo, Sto. Tomás Moro y la Utopía, Las Confesiones de San Agustín, Dante y su Divina Comedia, los Ensayos de Montaigne y por supuesto el Antiguo y Nuevo Testamento de los que nunca termino de aprender. Es curioso que hoy en día puede decirse que hay muchas personas que leen pero el problema es que ya no someten sus lecturas a un discernimiento que aspire a la verdad y rechace falacias o basura, que acerque formas de mejora personal haciendo a un lado manipulaciones o reduccionismos y que acuda siempre a las fuentes originales. Es importante que nuestras lecturas nos ayuden a pensar de manera lógica y coherente. Sigue siendo para muchos muy atractivo el best seller que no exige esfuerzo en la lectura, todo lo que implique moda superficial o los temas de cultura light.
Hoy extiendo la invitación a regresar a los clásicos como libros de valor universal muy necesarios en esta era digital pobre en sentido de vida y espiritualidad. El escritor Jorge Luis Borges encontró los mejores libros de su vida en la biblioteca de sus padres. Ojalá que todos los que tenemos la fortuna de ser padres ya contemos o elaboremos un proyecto de biblioteca en nuestros hogares, acerquemos buenos libros a nuestros hijos y demos ejemplo en la elección de buenas lecturas. No olvidemos cómo un libro puede ser clave en la dirección de nuestras vidas.
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
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