Una vez una señora me preguntó: “Padre, ¿Qué dice la Iglesia sobre la costumbre de soltar palomas al final de un funeral?”, yo le respondí: “La Iglesia Católica no tiene un rito litúrgico que contemple esta práctica; por tanto, no forma parte de las exequias cristianas. Si se realiza después de terminada la celebración y fuera del templo, puede considerarse un gesto privado de despedida y no está expresamente prohibido. Sin embargo, hay que evitar transmitir la idea de que el alma del difunto “vuela al cielo” representada por la paloma, lo cual no expresa adecuadamente la doctrina católica sobre la muerte, el juicio y la esperanza de la resurrección”.

Algo semejante ocurre con ciertos homenajes organizados en las funerarias, cuando se lleva una bocina y, al sacar el féretro hacia la misa de cuerpo presente o hacia el cementerio, se ponen canciones de despedida. La Iglesia comprende el dolor de la familia y no condena que, fuera de la liturgia, se escuchen canciones significativas para los seres queridos. No obstante, debe distinguirse claramente entre un acto privado de despedida y una celebración litúrgica. El funeral católico no busca principalmente provocar lágrimas ni exaltar el sentimiento, sino orar por el difunto y proclamar la esperanza cristiana.

Por eso, dentro de la misa exequial no se deben sustituir los cantos litúrgicos por canciones profanas, aunque hayan sido muy apreciadas por el difunto. La liturgia tiene un lenguaje propio, centrado en Cristo muerto y resucitado. Introducir canciones que sólo expresan nostalgia, ausencia o dolor humano puede desviar el sentido de la celebración y convertirla en un homenaje afectivo más que en una oración de la Iglesia.

Lo mismo vale para la capilla de las criptas o columbarios de un templo. Si la familia, después del rito de depósito de las cenizas y ya concluida la celebración, desea recordar al difunto con la interpretar canciones profanas, eso no se considera apropiado, aunque hayan sido las favoritas del difunto, porque el lugar sagrado y la acción litúrgica están ordenados al culto de Dios y a la oración por los fieles difuntos.

También se pregunta a veces por las vallas de personas con flores dentro del templo, formando un pasillo al paso del féretro. Si se hace fuera de la celebración, por ejemplo, antes de iniciar o una vez terminada la misa, puede tolerarse como gesto de respeto. Pero no debe introducirse como un rito añadido dentro de la liturgia, pues la Iglesia ya prevé signos muy elocuentes: el agua bendita, el cirio pascual, el incienso y la recomendación final del difunto.

Finalmente, respecto a banderas, estandartes o distintivos de movimientos políticos, sociales o ideológicos, la Iglesia pide especial cuidado. El altar y su entorno inmediato están reservados al culto divino; por eso no corresponde colocar sobre el altar ni junto a él símbolos políticos, partidistas o ideológicos, aunque el difunto haya pertenecido a esos grupos. El funeral cristiano manifiesta ante todo la dignidad bautismal del difunto y la esperanza en Cristo, no su adscripción política, social o ideológica.

La Iglesia no niega los sentimientos humanos ni el legítimo deseo de despedirse con cariño, pero recuerda que las exequias católicas son ante todo una celebración de la Pascua de Cristo. Todo gesto particular debe ayudar a la oración y a la esperanza cristiana, y nunca sustituir ni oscurecer los ritos que la Iglesia ha recibido para encomendar a sus hijos difuntos a la misericordia de Dios.

Hasta la semana que viene, si Dios quiere.

Eduardo Michel Flores.