Hace poco un joven me preguntó: “Padre, ¿Qué son los deepfakes? ¿qué opina la iglesia sobre ellos? Porque oí hablar de ellos y no sé si es algo bueno o malo”, yo le respondí: “Los deepfakes son imágenes, audios o videos falsificados mediante inteligencia artificial para hacer creer que una persona dijo o hizo algo que en realidad nunca ocurrió”.

La palabra viene del inglés:

* deep = aprendizaje profundo (por las redes neuronales usadas por la IA)

* fake = falso.

Por ejemplo, hoy es posible crear:

* un video donde parece que un político pronuncia un discurso inexistente;

* una grabación de voz idéntica a la de una persona real;

* fotografías falsas muy difíciles de distinguir de las verdaderas;

* incluso “resucitar” digitalmente a alguien fallecido.

¿Por qué preocupan tanto los deepfakes?

Porque pueden:

* destruir la reputación de una persona;

* difundir mentiras y manipular elecciones;

* crear fraudes económicos;

* producir pornografía falsa usando el rostro de alguien;

* sembrar desconfianza social: que ya nadie sepa qué es verdadero y qué no.

El gran peligro es que atacan la verdad y la confianza humana.

¿Qué opina la Iglesia sobre los deepfakes?

La Iglesia no condena la inteligencia artificial en sí misma. De hecho, reconoce que puede tener usos buenos en medicina, educación, evangelización y comunicación.

Pero sí advierte que toda tecnología debe estar al servicio de:

* la verdad,

* la dignidad humana,

* el bien común,

* y la justicia.

La Iglesia ha expresado preocupación porque los deepfakes pueden convertirse en instrumentos de manipulación, engaño y explotación de las personas.

Especialmente se considera grave cuando:

* se suplanta la identidad de alguien;

* se engaña deliberadamente;

* se daña la fama del prójimo;

* se difunden contenidos inmorales;

* o se manipula emocionalmente a las personas.

Todo esto contradice el Octavo Mandamiento: “No darás falso testimonio”.

¿Es pecado usar deepfakes?

Depende del uso.

Puede ser pecado grave cuando:

* se utiliza para mentir o engañar;

* se difama a alguien;

* se hace fraude;

* se crea contenido sexual falso;

* se manipula políticamente;

* se daña la reputación o la honra de una persona;

* se suplanta identidad para aprovecharse de otros.

En esos casos puede haber:

* mentira,

* calumnia,

* fraude,

* injusticia,

* escándalo,

* e incluso delitos.

No necesariamente es pecado cuando:

* se usa claramente como ficción o parodia;

* hay consentimiento de la persona;

* no existe engaño;

* el contexto deja evidente que es una simulación artística o educativa.

Por ejemplo:

* recreaciones históricas,

* doblajes humorísticos evidentes,

* efectos especiales de cine,

* o herramientas pedagógicas transparentes.

Aquí el criterio moral fundamental es:

¿Se está respetando la verdad y la dignidad de las personas, o se está manipulando y engañando?

Una reflexión cristiana importante

La fe cristiana siempre ha dado enorme valor a la verdad. Cristo mismo dice:

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

Por eso, una cultura basada en falsificaciones cada vez más perfectas puede erosionar profundamente la confianza humana. Si ya no sabemos qué es real, se debilitan:

* la convivencia,

* la justicia,

* la comunicación,

* e incluso la posibilidad de creer el testimonio de los demás.

Por eso la prudencia cristiana invita a:

* verificar antes de compartir;

* no difundir contenidos dudosos;

* usar la tecnología con responsabilidad moral;

* y defender siempre la verdad y la dignidad de la persona humana.

 

Hasta la semana que viene, si Dios quiere.

Pbro. Eduardo Michel Flores.