Una vez una señora me preguntó: “Padre, ¿Qué vale más, ir a Misa o la Adoración Eucarística?”, yo le respondí: “Sin duda alguna que vale infinitamente más ir a Misa”.
No porque la Adoración Eucarística sea poco importante. Al contrario, la Iglesia la recomienda, la promueve y la considera una fuente inmensa de gracias. Pero la Santa Misa ocupa un lugar único e insustituible en la vida cristiana.
La razón es muy sencilla: en la Adoración contemplamos a Cristo realmente presente en la Eucaristía; en la Misa, además de esa presencia real, se actualiza sacramentalmente el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. No se trata de una simple representación ni de un recuerdo piadoso. Es el mismo sacrificio de Cristo, ofrecido una vez para siempre en el Calvario, que se hace presente sacramentalmente sobre el altar.
La Santa Misa es el acto de adoración más perfecto que puede ofrecerse al Padre celestial. Ninguna criatura humana podría inventar una oración más grande. En la Misa es Jesucristo mismo quien se ofrece al Padre. El sacerdote presta su voz y sus manos, pero quien actúa es Cristo. El que ofrece es Cristo. La víctima ofrecida es Cristo. Y el destinatario de la ofrenda es el Padre eterno.
Por esta razón, los santos y los teólogos han afirmado siempre que el valor de una sola Misa supera infinitamente cualquier otra práctica de piedad.
Dicho de manera sencilla: una sola Misa vale más que un millón de Rosarios; que miles de Horas Santas; que miles de noches de Adoración Nocturna; que miles de viacrucis; que cientos de novenas, peregrinaciones, mandas o procesiones.
No porque estas prácticas carezcan de valor. Todas ellas son buenas, santas y recomendables. Pero ninguna de ellas es el sacrificio de Cristo. Ninguna de ellas actualiza sacramentalmente el misterio de la Cruz. Ninguna de ellas posee la grandeza objetiva de la Eucaristía.
Podríamos compararlo con una fuente y sus canales. El Rosario, la Adoración, las novenas y las demás devociones son canales preciosos por los que corre la gracia. Pero la Misa es la fuente misma de donde brota esa gracia.
Por eso, si alguien dijera: “Sólo tengo tiempo para una Hora Santa o para asistir a Misa, ¿qué debo hacer?”, la respuesta es siempre la misma: “Ve a Misa”.
Si alguien dijera: “Sólo puedo escoger entre una peregrinación y la Santa Misa”, le respondería: “Ve a Misa”.
Si alguien dijera: “Sólo puedo elegir entre rezar el Rosario o participar en la Santa Misa”, le respondería igualmente: “Ve a Misa”.
Ahora bien, esto no significa despreciar la Adoración Eucarística. Al contrario. Quien participa devotamente en la Misa suele descubrir el deseo de prolongar ese encuentro con Cristo mediante la adoración. La Hora Santa prepara para la Misa y ayuda a vivirla mejor; y la Misa, a su vez, impulsa a buscar más momentos de oración ante el Santísimo.
Lo ideal no es elegir entre una y otra, sino vivir ambas. Pero si las circunstancias obligaran a escoger, la Iglesia nos enseña que nada puede sustituir la participación en el Santo Sacrificio de la Misa. Allí encontramos el acto supremo de adoración, acción de gracias, reparación y súplica; allí nos unimos al sacrificio de Cristo; allí recibimos, si estamos debidamente preparados, el don inmenso de la Sagrada Comunión.
Por eso, después de dos mil años, la Iglesia sigue proclamando que no existe en la tierra nada más grande, más santo y más valioso que la Santa Misa.
Hasta la semana que viene, si Dios quiere.
Pbro. Eduardo Michel Flores.
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