En cierta ocasión una joven me preguntó: “Padre, ¿Qué dice la Iglesia acerca de las uniones civiles por un tiempo determinado?”, yo le contesté: “Desde la enseñanza de la Iglesia Católica, iniciativas como los llamados “matrimonios temporales” o “uniones civiles por tiempo determinado” plantean dificultades graves de orden antropológico, moral y social, porque tocan el núcleo mismo de lo que es el matrimonio y el amor humano”.

  1. ¿Qué entiende la Iglesia por matrimonio?

La Iglesia no define el matrimonio solo como un contrato jurídico, sino como una alianza:

“La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida…”

(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1601)

Desde la Sagrada Escritura y la tradición constante, el matrimonio posee tres notas esenciales:

  • Unidad (un solo hombre y una sola mujer),
  • Indisolubilidad (para toda la vida),
  • Apertura a la vida.

Estas notas no son añadidos culturales, sino que pertenecen a la verdad del amor conyugal, querido así por Dios desde la creación (cf. Gn 2,24; Mt 19,4-6).

  1. El problema de los “matrimonios temporales”

Un “matrimonio por tiempo determinado” contradice directamente la indisolubilidad, que no es una carga externa, sino la condición que hace posible el don total.

Si una unión nace con fecha de caducidad:

  • el “para siempre” queda sustituido por un “mientras funcione”,
  • el don de sí deja de ser total,
  • el compromiso se vuelve reversible y condicionado.

Desde la perspectiva cristiana, no puede haber un verdadero matrimonio si se excluye desde el inicio su carácter permanente. El Catecismo es claro:

“El consentimiento debe ser un acto humano… por el cual los esposos se entregan y se reciben mutuamente” (CIC 1625).

Entregarse “por un tiempo” no es entregarse del todo.

  1. ¿Es solo una solución jurídica?

Aunque sus promotores afirmen que no buscan banalizar el amor, la Iglesia advierte que la ley también educa: cuando el Estado legitima uniones temporales, transmite la idea de que:

  • el amor estable es irreal,
  • el compromiso definitivo es innecesario,
  • la fidelidad es opcional.

San Juan Pablo II advertía que cuando se debilita el matrimonio, se debilita el tejido mismo de la sociedad, y los primeros afectados suelen ser los hijos, que necesitan estabilidad y seguridad afectiva (cf. Familiaris consortio, 6).

  1. Enseñanza tradicional de la Iglesia

La Iglesia ha sido constante en este punto:

  • El matrimonio es una vocación, no un experimento.
  • Es camino de santificación, no solo de convivencia.
  • Su fuerza no está en la ausencia de crisis, sino en la gracia del sacramento, que sostiene a los esposos incluso en la dificultad.

El Papa Francisco, aun subrayando la necesidad de acompañar con misericordia situaciones frágiles, insiste en que no se debe rebajar el ideal del matrimonio cristiano, sino ayudar a redescubrir su belleza y su verdad (cf. Amoris laetitia, 307).

  1. Mirada pastoral

La Iglesia comprende las fragilidades actuales, el miedo al compromiso, las heridas afectivas y los problemas legales de quienes viven en unión libre. Pero su respuesta no es rebajar el significado del matrimonio, sino:

  • acompañar,
  • formar,
  • sanar,
  • y proponer con claridad la verdad del amor humano.

En síntesis, para la Iglesia Católica:

  • un “matrimonio temporal” no es matrimonio,
  • contradice la naturaleza del amor conyugal,
  • y termina debilitando a las personas, a la familia y a la sociedad.

La respuesta cristiana no es un amor con fecha de vencimiento, sino un amor que, sostenido por la gracia, se atreve a decir “para siempre”, incluso en un mundo marcado por la incertidumbre.

Hasta la semana que viene, si Dios quiere.

Pbro. Eduardo Michel Flores.