- ¿Es la eutanasia un “derecho”?
Quienes defienden la eutanasia como un “derecho” apelan a la libertad personal: cada individuo debería poder decidir cuándo y cómo terminar su vida. Sin embargo, tanto el humanismo clásico como la visión cristiana señalan que la dignidad humana no depende de la autonomía, la utilidad o la calidad de vida, sino del valor intrínseco de la persona.
Desde un punto de vista humanista, la sociedad se mide por cómo trata a los más vulnerables. Si se acepta que una vida puede ser “eliminada” cuando pierde ciertas condiciones —salud, independencia, lucidez—, se introduce un criterio peligroso: la vida deja de ser un bien inviolable y pasa a ser un bien condicionado. Esto puede derivar, incluso sin intención, en presiones sociales o familiares sobre los enfermos para que “no sean una carga”.
Además, el llamado “derecho a morir” es, en realidad, una contradicción. Los derechos humanos están orientados a proteger la vida, no a suprimirla. Lo que sí existe —y debe ser defendido— es el derecho a morir con dignidad, pero esto no significa provocar la muerte, sino acompañarla adecuadamente: con cuidados paliativos, alivio del dolor, apoyo psicológico y cercanía humana.
Desde la perspectiva cristiana, la vida es un don recibido, no una propiedad absoluta. El ser humano es custodio de su vida, no su dueño último. Por eso, no puede arrogarse el derecho de ponerle fin directamente. La verdadera libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en elegir el bien, incluso en situaciones difíciles.
- ¿Es la eutanasia un “acto de misericordia”?
Otra justificación frecuente es considerar la eutanasia como un acto de compasión frente al sufrimiento extremo. Sin embargo, aquí es necesario hacer una distinción fundamental: la verdadera misericordia no elimina a la persona que sufre, sino que busca aliviar su sufrimiento sin suprimir su vida.
Desde un enfoque humanista, el sufrimiento interpela a la solidaridad. La respuesta adecuada no es abreviar la vida del que sufre, sino cuidarlo mejor. Hoy existen medios médicos eficaces para controlar el dolor físico en la mayoría de los casos. Cuando alguien pide morir, muchas veces no está pidiendo la muerte en sí, sino que expresa:
- miedo al dolor
- sensación de abandono
- pérdida de sentido
- soledad
La respuesta misericordiosa no es acelerar la muerte, sino acompañar, escuchar, sostener. Una sociedad verdaderamente humana no abandona al que sufre, ni le ofrece la muerte como solución, sino que se compromete con su cuidado.
Desde la fe cristiana, la misericordia tiene un rostro concreto: acompañar como lo hizo Cristo. Él no suprimió el sufrimiento humano eliminando a quienes lo padecían, sino acercándose a ellos, tocándolos, consolándolos. El dolor, aunque misterioso, puede convertirse en un lugar de encuentro, de amor, incluso de redención.
Esto no significa idealizar el sufrimiento ni buscarlo, sino humanizarlo, rodearlo de amor y sentido. La cruz de Cristo no glorifica el dolor, sino el amor que se mantiene fiel en medio del dolor.
Conclusión
Ni como “derecho a morir” ni como “acto de misericordia” puede justificarse la eutanasia desde un humanismo integral ni desde la visión cristiana. La respuesta verdaderamente humana y cristiana al final de la vida no es provocar la muerte, sino cuidar, acompañar y amar hasta el final.
La dignidad no se pierde con la enfermedad ni con la debilidad. Y precisamente en esos momentos es cuando más necesita ser reconocida y protegida.
Un cristiano no puede apoyar la eutanasia, porque es un asesinato.
Hasta la semana que viene, si Dios quiere.
Pbro. Eduardo Michel Flores.
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