En cierta ocasión un joven me preguntó: “Padre, ¿Puede un sacerdote utilizar bendiciones inventadas por un laico?”, yo le respondí: “El sacerdote no debe usar bendiciones “inventadas” por un laico para actos litúrgicos, sino que debe ceñirse a los textos aprobados por la Iglesia, especialmente los contenidos en el Bendicional y en los libros litúrgicos oficiales.
- Naturaleza de las bendiciones en la Iglesia
Las bendiciones no son simples palabras bien intencionadas. Forman parte de los sacramentales, es decir, acciones sagradas instituidas por la Iglesia que disponen a los fieles a recibir la gracia y santifican diversas circunstancias de la vida.
Por eso, la Iglesia regula su forma y contenido. No se trata de creatividad personal, sino de participación en la oración oficial de la Iglesia.
El Bendicional —promulgado después del Concilio Vaticano II— ofrece precisamente los textos y estructuras para estas bendiciones.
- El principio litúrgico fundamental
En liturgia rige un criterio muy claro: nadie, ni siquiera un sacerdote, puede añadir, quitar o cambiar por iniciativa propia lo que la Iglesia ha establecido.
Este principio ha sido reiterado por documentos del Magisterio, como la instrucción Redemptionis Sacramentum, que insiste en evitar abusos y creatividad arbitraria en las celebraciones.
Por tanto, en un contexto litúrgico:
- No es correcto usar fórmulas inventadas libremente
- No es correcto sustituir textos oficiales por otros no aprobados
- Se deben usar las fórmulas del Bendicional o de los libros litúrgicos
- ¿Hay margen para cierta adaptación?
Sí, pero con matices importantes.
El mismo Bendicional prevé:
- Moniciones libres
- Breves adaptaciones según las circunstancias
- Oraciones espontáneas dentro de ciertos momentos no esenciales
Pero esto no significa inventar bendiciones completas o reemplazar las fórmulas principales.
La clave está en distinguir:
- Núcleo litúrgico (no modificable)
- Elementos pastorales (adaptables con prudencia)
- ¿Y fuera de la liturgia?
Aquí hay un poco más de flexibilidad.
Un sacerdote, en un contexto no estrictamente litúrgico (por ejemplo, una conversación, una visita, una oración espontánea), puede:
- Elevar una oración de bendición con sus propias palabras
- Expresar una súplica pastoral adaptada a la situación
Pero incluso en estos casos, se recomienda mantener el espíritu y lenguaje de la tradición de la Iglesia, evitando fórmulas ambiguas o teológicamente imprecisas.
- El papel de los laicos
Un laico puede:
- Proponer oraciones
- Escribir textos devocionales
- Animar momentos de oración
Pero no tiene autoridad para crear fórmulas litúrgicas oficiales. Estas requieren aprobación eclesial.
Si un texto de origen laical es sólido y útil, podría eventualmente ser discernido y aprobado por la autoridad competente. Pero mientras tanto, no tiene carácter litúrgico.
- Razón de fondo: comunión y fidelidad
Este tema no es meramente disciplinar. Toca algo más profundo: la comunión eclesial.
Cuando el sacerdote usa los textos de la Iglesia:
- No ora en nombre propio, sino en nombre de la Iglesia
- Se mantiene en continuidad con la tradición
- Garantiza la recta fe (lex orandi, lex credendi)
En cambio, la improvisación puede introducir:
- Ambigüedades doctrinales
- Subjetivismo
- Ruptura de la unidad litúrgica
Conclusión
Un sacerdote no debe pronunciar bendiciones inventadas por un laico en actos litúrgicos, sino ceñirse al Bendicional y a los libros oficiales de la Iglesia. Puede haber cierta adaptación pastoral, pero siempre respetando la estructura y el sentido de las fórmulas aprobadas.
Fuera de la liturgia, hay mayor libertad para la oración espontánea, pero incluso ahí conviene actuar con criterio eclesial.
En definitiva, la fidelidad en lo pequeño —también en las fórmulas— es una forma concreta de custodiar el tesoro de la fe y servir al pueblo de Dios con verdad y comunión.
Hasta la semana que viene, si Dios quiere.
Pbro. Eduardo Michel Flores.
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