Hace poco llegó un joven y me preguntó: “Padre, ¿puede un cristiano creer en la reencarnación?”, yo le contesté: “¿Por qué me lo preguntas? ¿Tú crees en la reencarnación?”, él me respondió: “Lo que pasa es que el otro día oí a unos amigos que hablaban de la reencarnación y cuando me preguntaron qué pensaba sobre el tema no supe qué responder, porque no sé si es bueno o es malo para un cristiano creer en eso”, yo le dije: “Mira, hay personas que creen en la reencarnación, incluso algunos cristianos tienen esa creencia, confundiéndola a veces con la resurrección. Pero si las comparamos nos daremos cuenta que nada tiene que ver una con la otra, creer en la resurrección excluyen la posibilidad de creer en la reencarnación y viceversa”, entonces él me respondió: “¿Y cuál es la diferencia entre la resurrección y la reencarnación?”, yo le respondí: “La resurrección significa resurgir, volver a la vida. Jesús resucitó porque murió y, al tercer día, volvió a vivir en el mismo cuerpo, aunque ese cuerpo se haya vuelto glorioso, pudiendo ser tocado y también atravesar puertas y paredes sin la necesidad de que se abrieran o las derribara. El cuerpo de Jesús resucitado es un cuerpo como el que recibiremos al final de los tiempos. La reencarnación significa volver a encarnarse, materializarse nuevamente. Es una creencia sin ninguna base bíblica, que no tiene sustento ni en la Tradición, ni en el Magisterio de la Iglesia; por lo tanto, no puede ser aceptada por ningún cristiano. La creencia en la reencarnación afirma que el espíritu del fallecido asumirá un nuevo cuerpo con el fin de alcanzar su purificación, es decir, la reencarnación lo hace alcanzar la perfección, purificándose de las culpas y pecados cometidos en sus vidas anteriores”.
La reencarnación es un absurdo para todo cristiano por varios motivos: Leemos en la Biblia que “del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y que luego suceda el juicio” (Hb 9,27). Eso significa que después de nuestra muerte recibiremos el juicio final de Dios: o seremos salvados o seremos condenados; y si somos condenados, no habrá otra oportunidad (reencarnación) para llegar a la perfección, eso es mentira, es un engaño. Jesús afirmó al buen ladrón que fue crucificado con Él: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43), por lo tanto, queda claro que el mismo día que morimos somos juzgados y recibimos el premio o el castigo merecido. Según la doctrina de la reencarnación, el buen ladrón al morir no estaría totalmente purificado, porque había robado, y necesitaría reencarnarse nuevamente. Sin embargo, Jesús le da la sentencia definitiva: está salvado. El Nuevo Testamento afirma que Jesús murió por nuestros pecados, venció a la muerte y, así, nos alcanzó la vida eterna. Si existiera la reencarnación, ¿para qué necesitaríamos un redentor? Nosotros mismos, por nuestros propios méritos y por la reencarnación, alcanzaríamos la purificación y no necesitaríamos la salvación de Jesús. Pero como la reencarnación no existe, por eso necesitamos la redención. La reencarnación socava la base del cristianismo que significa creer en Jesús Resucitado, nuestro salvador. El evangelio dice que los justos heredarán el Reino de Dios, pero los malos serán arrojados al infierno, donde habrá llanto y rechinar de dientes. Si la reencarnación fuera posible, no habría necesidad del infierno, porque los malos, y hasta incluso los demonios, podrían purificarse de sus malas obras y encontrarían la salvación, esto es simplemente absurdo. Todavía queda otra pregunta: ¿Cómo el hombre puede purificarse de las faltas y pecados cometidos en las reencarnaciones anteriores si no tiene el más mínimo recuerdo de lo que hizo? Si esa purificación fuera alcanzable, bastaría desencarnarse lo más rápidamente posible para no tener tiempo de cometer nuevas faltas: así se alcanzaría la perfección. La reencarnación y la resurrección son creencias contrarias. Un cristiano tiene que creer en Jesucristo como Dios y hombre y seguir su Palabra. Jesús nunca habló de reencarnación, sólo de resurrección. Creamos en Jesús, y esperemos en la resurrección final.
Si Dios lo permite, nos leemos la próxima semana.
Pbro. Eduardo Michel Flores.
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