En cierta ocasión una señora joven después de confesarse me dijo: “Padre, quisiera que fuera a confesar a mi papá que está en casa y ya no sale a la calle”, yo le respondí: “Con mucho gusto voy, déjeme su domicilio y en qué horarios puedo ir”, me dejó sus datos y antes de que se retirara le dije:: “Disculpe la pregunta, su papá sí se quiere confesar, ¿verdad?”, ella un poco contrariada me dijo: “Eso qué importa, lo importante es que yo, que soy su hija, quiero que lo confiesen”, entonces respetuosamente insistí: “Pero ¿él ha pedido la confesión?”, ella me respondió: “Bueno, explícitamente no, pero yo creo que la necesita y le haría mucho bien”, entonces le dije: “Mire, es muy conveniente que la persona que va a recibir un sacramento lo pida ella misma, si no la gracia de este sacramento no será eficaz, pues es necesario que quien va a recibir un sacramento quiera recibirlo, porque la gracia supone la naturaleza, es decir, la gracia requiere de la libertad y la voluntad de quien la recibe”, en aquel momento me dijo: “Entonces ¿no puede ir a confesar a mi papá aunque él no quiera?, ¿no cree que le haría mucho bien?”, yo le respondí: “Mire, sin duda que los sacramentos hacen mucho bien, pero la gracia no actúa mágicamente, requiere que quien vaya a recibir un sacramento esté consciente de lo que va a recibir y quiera recibirlo para que la gracia pueda operar en él, de otra forma se vería a los sacramentos como actos de magia cuyo efecto depende de las “palabras mágicas” que se pronuncien y no es así. Lo mismo sucede con los sacramentales, que no confieren la gracia pero sí preparan para recibirla. A este respecto recordé a una esposa que me pedía que le bendijera agua para echársela a su esposo porque era muy iracundo, me platicaba que se la echaba por la espalda cuando él no se daba cuenta y se le echaba en su comida cuando él se descuidaba, y luego me reclamaba porque su esposo no cambiaba, decía que tal vez el agua bendita no servía, yo le decía: “Es que el agua bendita es un sacramental que requiere de la colaboración de quien la recibe, no es algo mágico, si quiere que su marido cambie él tiene que quererlo, si no no cambiará ni con toda el agua bendita del mundo, aunque la haya bendecido el sacerdote más santo del mundo.

 

Amigos qué importante es que sepamos que los sacramentos, que confieren la gracia, y los sacramentales (como el agua bendita, las bendiciones, la ceniza, etc.) que no confieren la gracia pero preparan para recibirla, requieren de la libertad y voluntad de quien los recibe para que puedan obrar eficazmente, de otra forma sería rebajarlos a simples “actos de magia”, es decir, actos en los que lo que cuenta no es el individuo y su libertad, sino las palabras que se pronuncian. Si queremos que un familiar reciba un sacramento, como la confesión o un sacramental, como una bendición, lo mejor será motivarlo o concientizarlo del valor que tienen para que libre y voluntariamente ellos los pidan.

Que Dios los bendiga.

Padre Eduardo Michel Flores