Una vez una joven me preguntó: “¿Por qué una mujer no puede ser sacerdote u obispo? Si la Iglesia enseña que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad”, yo le respondí: “En la Iglesia Católica, el motivo fundamental por el que una mujer no puede llegar a ser sacerdote u obispo se basa en la doctrina del Sacramento del Orden, instituido por Cristo, y en la Tradición constante de la Iglesia. Esta enseñanza se explica mejor a la luz de los tres oficios o funciones esenciales que el ministro ordenado recibe y ejerce en virtud de su ordenación sacramental”:
1. Función de enseñar
El sacerdote y el obispo participan de la enseñanza de Cristo como Maestro. Son testigos autorizados de la Revelación y custodios del depósito de la fe. Esta enseñanza no es meramente académica, sino que es ejercida con autoridad sacramental, es decir, en nombre de Cristo mismo y de la Iglesia.
La enseñanza en la Iglesia no es solo una cuestión de competencia intelectual o capacidad pedagógica. Se trata de una participación sacramental en la misión de Cristo, quien en su condición de Cabeza y Esposo de la Iglesia enseñó con autoridad propia. La tradición apostólica, seguida ininterrumpidamente, ha reservado esta función a varones para reflejar la relación nupcial entre Cristo y su Iglesia, en la que el sacerdote actúa in persona Christi.
2. Función de santificar
El ministro ordenado administra los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación, actuando en la persona de Cristo. Esto implica que es Cristo mismo quien, a través del sacerdote, ofrece el sacrificio eucarístico y perdona los pecados.
El sacerdote actúa in persona Christi de manera específica en la consagración eucarística, donde representa a Cristo varón en su papel de Esposo que entrega su vida por la Iglesia. La Iglesia, fiel a la voluntad de Cristo, ha enseñado que no tiene autoridad para modificar este aspecto sacramental, ya que no es una cuestión de derechos humanos o de igualdad, sino de la voluntad de Cristo y de la naturaleza misma del sacramento.
3. Función de gobernar
El sacerdote y el obispo tienen la misión de pastorear al Pueblo de Dios, guiándolo con autoridad espiritual. Esto implica la dirección de la comunidad eclesial, la toma de decisiones en nombre de la Iglesia y la disciplina dentro de su jurisdicción.
El gobierno eclesial no es un mero ejercicio de administración o liderazgo humano, sino una participación en la autoridad pastoral de Cristo. El obispo es el sucesor de los Apóstoles, y Cristo confió este encargo a los Doce, todos varones. La Iglesia siempre ha entendido que la sucesión apostólica debe reflejar esta realidad.
Conclusión
El “triple oficio de enseñar, santificar y regir” está íntimamente unido al Sacramento del Orden y a la naturaleza esponsal de Cristo con su Iglesia. No se trata de una discriminación o de una menor dignidad de la mujer, sino de una fidelidad a la voluntad de Cristo y a la economía sacramental establecida por Él. San Juan Pablo II, en la carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis (1994), afirmó de manera definitiva que la Iglesia no tiene autoridad para conferir la ordenación sacerdotal a mujeres, y que esta enseñanza debe ser mantenida de modo definitivo por todos los fieles.
Hasta la semana que viene, si Dios quiere.
Pbro. Eduardo Michel Flores.
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