Una muestra triste y desgarradora de cómo nuestro mundo está al revés se ha visto en las manifestaciones de alegría, emoción y euforia por parte de las mujeres en Irlanda. Ellas están muy orgullosas de su participación en la historia: al fin son libres de abortar y han podido hacer a un lado las exigencias de los hombres y de la Iglesia. Su mayor triunfo es el sentir que su país ha entrado al siglo XXI y que ya nadie las va a parar en la defensa de sus derechos.
El que la postura pro-abortista haya ganado terreno y tenga la puerta abierta en tantas legislaciones del mundo, incluida la nuestra, es sólo un reflejo de adormecimiento y pérdida de humanidad. Quiero pensar que la mujer ignora el estado de nueva esclavitud que ha adoptado. El ser humano sigue empeñado en alejarse de un Dios que lo ama con locura y lo espera con los brazos abiertos, como en la parábola del hijo pródigo.
El poeta T.S. Eliot (1888-1965), norteamericano pero nacionalizado inglés, reflejó en sus Coros de la Piedra, obra teatral, la cultura de modernidad y muerte que se experimentan en este tiempo. Él habla de cómo el hombre, demasiado ocupado y preocupado por lo terreno, decide dejar los templos y a Jesús. Esa decisión provoca la destrucción de su propia casa y de su propia vida. Toda la información que el ser humano adquiere no lo lleva a ser mejor sino a perderse en su propio egoísmo y depresión. El planteamiento de Eliot lo vemos materializado en nuestra era actual:
“Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
pero la cercanía a la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos del cielo en veinte siglos
nos alejan de Dios y nos acercan al polvo.”
Las madres al negarles la vida a sus hijos se hieren ellas mismas. La pérdida de la reverencia por la vida la vemos descrita en los versos de La Piedra:
“Nuestra vida no es bienvenida, nuestra muerte no se menciona en The Times”.
La destrucción de lo más valioso de la humanidad es motivo de gran desilusión. Se ha perdido en gran parte la vida espiritual, la vida de familia, el instinto maternal de amor al bebé que se lleva en el vientre, la entrega generosa, la búsqueda de la virtud. ¿Y a cambio de qué? ¿Libertad sin responsabilidad? ¿Placer que lleva al vacío existencial? ¿Poder y dinero que producen violencia y hastío? ¿Mundo digital que genera autómatas sin sentido?
La piedra angular, como personaje central que ha sido testigo de todo lo acontecido desde el principio de los tiempos y que conoce la verdad, acompañándose de un niño que representa la inocencia, explica que la lucha entre el bien y el mal no cambia. Lo positivo es que esa piedra (Cristo y su Iglesia) señala que nunca se debe perder la esperanza, porque el hombre siempre está invitado a regresar y construir nuevamente su hogar con la ayuda de Dios. Me recuerda esa misión de San Francisco de Asís descrita por San Buenaventura en su Leyenda Mayor:
“Salió un día Francisco al campo a meditar, y al pasear junto a la iglesia de San Damián, cuya vetusta fábrica amenazaba ruina. Entró en ella -movido por el Espíritu- a hacer oración; y mientras oraba postrado ante la imagen del Crucificado, de pronto se sintió inundado de una gran consolación espiritual. Fijó sus ojos, arrasados en lágrimas, en la cruz del Señor, y he aquí que oyó con sus oídos corporales una voz procedente de la misma cruz que le dijo tres veces: «¡Francisco, vete y repara mi casa, que, como ves, está a punto de arruinarse toda ella!» Quedó estremecido Francisco, pues estaba solo en la iglesia, al percibir voz tan maravillosa, y, sintiendo en su corazón el poder de la palabra divina, fue arrebatado en éxtasis. Vuelto en sí, se dispone a obedecer, y concentra todo su esfuerzo en la decisión de reparar materialmente la iglesia”.
¿Cómo cambiar la desilusión ante los sucesos mundiales por proyectos de reconstrucción? ¿Qué podemos hacer para no desesperarnos? ¿Cómo invitar al mundo a la misión de San Francisco de reparar la casa y el templo en ruinas?
Una idea es iniciar con un examen personal de cómo hemos edificado nosotros: ¿Hemos edificado bien? ¿Tomamos nuestra fuerza de la Piedra Angular? A partir de ahí, reconociendo nuestras propias faltas y pidiendo perdón, podemos trabajar en convertirnos en células de amor y oración que busquen regenerar los ambientes y brindar esperanza. Nosotros solos no podemos nada, pero Dios lo puede todo. Y recordemos la importancia de orar constantemente por los bebés no nacidos y sus madres.
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
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