Esto me preguntaba un joven que había venido a confesarse antes de su boda, me decía: “Padre, yo sé que la Iglesia considera como pecado que los novios vivan juntos antes de casarse, yo me voy a casar y quiero confesarme: yo vivo con mi novia desde hace varios meses, pero quiero ser muy honesto en mi confesión, por eso quiero decirle que no me arrepiento de vivir con ella, porque la quiero y la decisión de irnos a vivir juntos ha sido más una decisión obligada por las circunstancias que por así haberlo planeado con anticipación; han influido muchos factores, por ejemplo: la cuestión económica ha sido decisiva, puesto que ya los dos vivíamos aparte de nuestras familias por cuestiones laborales y decidimos vivir juntos para ahorrar en renta, luz, agua, gas, teléfono, etc. así que esa decisión de estar juntos se ha debido más a causas ajenas a nuestra voluntad que porque así lo hayamos decidido desde el principio; por eso no me arrepiento de haberlo hecho, y no sé si así me puede confesar”, entonces yo le dije: “Mira, primero agradezco tu honestidad, toda confesión debe estar basada en decir toda la verdad; por otro lado quiero decirte que para recibir todas las gracias que da el sacramento del matrimonio es muy conveniente confesarse y para hacerlo adecuadamente es preciso confesar los pecados, reconocer las decisiones equivocadas, pedir perdón por las faltas, para poder recibir la absolución sacramental y poder comulgar el día de la boda; pero yo iría más allá, es decir, yo creo que tú y tu novia deben pasar de ver la confesión como un mero requisito para poder comulgar en su boda a verla más como la celebración festiva del perdón que Dios les ofrece para poder comenzar con su bendición su vida de esposos juntos, entiendo que no te arrepientas de querer a tu novia, y nadie te pide eso, pero es necesario reconocer cuando uno ha ido contra los mandamientos de Dios, es decir, el criterio para revisar tu conciencia no es lo que a ti te parece bien o no, sino lo que Dios y sus mandamientos dicen que es correcto o no lo es; aunque tal vez no haya habido maldad en su decisión de vivir juntos, lo cierto es que vivir juntos, sin la bendición de Dios, los pone en una ‘situación de pecado’, porque están conviviendo carnalmente sin estar casados, lo cual es un pecado, ya que no han recibido el sacramento del matrimonio y sin embargo están conviviendo como esposos”, entonces él me preguntó: “Y ¿cuáles acciones de las que hemos hecho son propias de los esposos?”, yo le respondí: “Por ejemplo tener relaciones íntimas, ya que éstas están de suyo orientadas a la procreación de los hijos, y el ámbito querido por Dios en el que un hijo debe nacer es dentro de un matrimonio bien constituido y bendecido por Él”, entonces él me dijo: “Padre, creo que ya voy entendiendo, entonces nuestra vida debe revisarse y ajustarse a los mandamientos de Dios”, yo le dije: “Efectivamente, así debe ser”, entonces él me dijo: “Padre, confíeseme por favor, quiero ser perdonado para poder recibir como ‘Dios manda’ el sacramento del matrimonio”, yo le dije: “Con mucho gusto te confieso”.

Amigos, con preocupación constatamos que la descristianización de nuestra sociedad lleva a cada vez más jóvenes a vivir juntos sin casarse; muchos temen al compromiso o simplemente el matrimonio no significa nada para ellos; es decir, no tienen valor ni el matrimonio civil ni el matrimonio religioso, así que prefieren vivir en ‘unión libre’. Son pocos los que se deciden casar por la Iglesia y desgraciadamente algunos de los que se deciden hacerlo lo hacen más por compromiso social o por una tradición familiar que por verdadera convicción, tristemente son pocos los novios que valoran la gracia que recibirán el día de su boda en el sacramento del matrimonio. Por eso la Iglesia y la familia deben esforzarse por transmitir el valor positivo del matrimonio cristiano, fundamento de la familia cristiana, para que haya cada vez más jóvenes conscientes de la importancia del sacramento del matrimonio y deseen recibirlo.

         Que Dios los bendiga. Hasta la próxima semana.          Pbro. Eduardo Michel Flores.