Cuando leí hace algunos años el libro La Montaña de los Siete Círculos, del monje trapense Thomas Merton, me sorprendió encontrar, como nombre de uno de los capítulos de esa autobiografía, el siguiente título: Nuestra Señora de los Museos. Me gustó mucho esa manera de describir a la Virgen María, recordando obras de arte maravillosas que he descubierto en museos. Nuestra madre María no nada más vive en los templos, en nuestras comunidades, hogares y corazones. También está en lugares como en los museos, en donde nos habla sin hablar y nos invita con su belleza, esa belleza que supieron plasmar con majestuosidad los diferentes artistas.
Leí varias veces las páginas del capítulo del libro y nunca encontré la explicación directa a ese nombre dado a la Virgen María. La lectura era sobre el tiempo en el que Thomas Merton vuelve a Francia después de que muere su madre de cáncer. Merton menciona que sus padres estuvieron en el mundo, pero no fueron de él: No por santidad, sino por haber sido artistas. De ahí pude encontrar una razón de cómo la belleza del arte, que le transmitieron sus papás, fue conduciendo a Merton a la vida de fe. Él escribió que su conversión se debió también a las oraciones que distintas personas ofrecieron por él.
Nuestra Señora de los Museos: El arte nos acerca a la vida espiritual. Si los templos están cada vez más vacíos en muchas regiones del mundo y las personas no quieren entrar a ellos, hay otros sitios donde el misterio llama y la belleza atrae. Espacios vivos que siguen evangelizando. Santuarios que despiertan nuestra naturaleza espiritual que sigue buscando elevarse para salir de su egoísmo y estancamiento. Creo que la Virgen María lo sabe muy bien y no desaprovecha todos los caminos para atraer almas y unirlas a su hijo Jesús.
Otra historia que me presentó a la Virgen como Nuestra Señora de los Museos la encontré en el libro La Belleza de Anselm Grün: “De Dostoyevski se cuenta que viajaba una vez al año a Dresden para pasar un rato frente al cuadro de la Madonna Sixtina. A la pregunta de por qué hacía tal cosa respondía: -Una vez al año, al menos, tengo que poder mirar a un ser humano para no desesperar de mí mismo y de los demás -. Mirar a la Madonna, que pintó Rafael como mujer bella, era para el poeta algo casi medicinal. Dejarse invadir por la belleza de María constituía para él una intensa necesidad. Porque concentrarse en la Bella Señora le hacía posible aceptarse a sí mismo y no desesperar ante lo quebradizo de su propio ser. Y lo bello en María le daba también confianza en los seres humanos”.
¿Qué obras de arte de la Virgen María recuerdo en este momento que me llegaron al corazón y me llevaron a la oración? Les comparto cinco: La Virgen de la Aldea de Chagall, La Inmaculada Niña de Zurbarán, la Inmaculada Concepción de Murillo, la Flor Mística de Gustave Moreau y la Asunción de El Greco. Estas son pinturas en museos. Por supuesto que, en los diferentes templos, encontramos a María representada con todo el amor y en toda su belleza, y aún así, son sólo intentos de captarla en una realidad que es mucho más grande de la que podemos percibir. La imagen más perfecta para mí sería la de Nuestra Señora de Guadalupe por su origen.
¿Qué imagen o icono de la Virgen María ha movido tu corazón? Un icono es como una ventana a la eternidad y tienes que prepararte para entrar en el mundo de la contemplación. Te propongo buscar a María Santísima en algún museo o en algún lugar donde no te hubieras imaginado el poder encontrarla.
Termino con dos ideas del escritor alemán Ernst Jünger que nos mueven a reflexionar sobre importancia de aprender a descubrir en lo visible, que puede ser un cuadro u obra de arte, la maravilla del mundo invisible que nos rodea e invita cada día a un encuentro:
“¿Hemos agotado los secretos de las cosas visibles? Ahí puede haber un punto de partida. En las cosas visibles están todas las indicaciones relativas al plan invisible”.
“En el museo… Los objetos tienen que irradiar tanto por su profundidad como por su unidad. Esto, por otra parte, confirma que a su agrupación contribuyó no sólo la sabiduría, sino también el amor”.
Martha Moreno
Voces en el tiempo
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