Es tiempo de Navidad y nuestro peregrinar durante el adviento llegó a la máxima alegría. Quizá trabajamos bien cultivando las virtudes y la vida sacramental. Quizá se nos fueron las horas entre prisas, ansiedades y superficialidades. Hoy la presencia del Niño Jesús nos envuelve con su luz, bondad y dulzura. Su entrada al mundo fue escondida, en un pesebre, sin gloria a los ojos de los hombres. Sin embargo el mundo dejó de ser el mismo, el universo percibió la alegría y los ángeles cantaron dando gloria a Dios que se hacía hombre: la promesa de salvación se cumplía.

El ejemplo de una vida simple y escondida ha sido imitado por grandes hombres de Dios. Uno de ellos fue un sencillo monje español que pasó su vida sin gloria ni deseos de reconocimiento. Nadie supo de él, con excepción de sus familiares que recibían sus cartas y sus compañeros de vocación. Todo en él era simplicidad, humildad y entrega. Su corta vida, amenazada por la enfermedad, fue una alabanza a Dios en la pequeñez y docilidad. Les estoy hablando del Hermano Rafael, canonizado por el Papa Benedicto XVI, en el año 2009.

Escuchemos su voz y sintamos su viva espiritualidad durante la Navidad del año 1936. Tenía 25 años y se encontraba en la Trapa de San Isidro de Dueñas en Palencia, España:

“Navidad…, fiesta del cielo, fiesta en el alma… fiesta en el hogar.

Navidades en la Trapa, gozo en la liturgia, esperanza en los cantos de la Iglesia, himnos que hablan de amor y suavidad del corazón, recordando en el silencio del templo la humildad de María, la castidad de José… el amor de Dios. Mezcla armoniosa de melodías de ángeles y baladas de pastores…

Navidades en la Trapa, adoración en silencio, un corazón desprendido de la tierra y puesto a los pies de Jesús en el portal.

Días dulces y serenos… Días de amores divinos… Días de calma y de paz. Días en que el alma vuela por los campos de Judea, sueña en glorias infinitas y se abisma contemplando la bondad inmensurable, el amor de Dios al hombre, su Encarnación en María, su desnudez y su frío, que esconden humildemente su majestad que no cabe en los cielos”.

La serenidad del corazón de Rafael nos invita a buscar momentos de tranquilidad y oración. ¿Somos capaces de hacer a un lado todo lo que el mundo nos exige? ¿Sabemos cómo viajar a nuestro interior para encontrar a Jesús que nos invita a salir de nuestros miedos y esclavitudes para entrar en su gozo? ¿Podemos siquiera imaginar lo que significa tener un corazón desprendido? ¿Qué nos pide Dios como fruto de esta Navidad? ¿Nos hemos puesto a los pies de Jesús en el portal?

San Rafael Arnáiz celebraba Navidad en su trapa. ¿Cuál es nuestra trapa? ¿En dónde nos ha puesto Dios para alabarlo y darle gloria? ¿Cómo empezar?

Podemos seguir el consejo del hermano Rafael:

“Hoy en la oración, un frailecillo mirando a su alrededor, no pudo más que cerrar los ojos al ver que en el mundo nada permanece. Todo es vanidad, y olvidando sus propios sentires y sus propios pesares, elevó la vista al cielo y oyó claramente a su alma… ¡Hermano! ¡Hermano! ¡Ama a Cristo! Lo demás, ¿qué más te da?”

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO