Estamos por iniciar una cuaresma más en nuestras vidas: un tiempo de preparación, de examen, de encuentro y de movimiento. El soneto No me mueve mi Dios para quererte de Fray Miguel de Guevara (1585?-1646?) me lleva a reflexionar en qué es lo que a mí me mueve o no me mueve para dirigir mi mirada a Dios y conducir mi vida conforme a esos movimientos. Les recuerdo el soneto:

 

No me mueve, mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor, muéveme al verte

clavado en una cruz y escarnecido;

muéveme al ver tu cuerpo tan herido;

muévanme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin tu amor, en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera;

pues, aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Queda muy claro: no es el infierno ni la experiencia de cielo. Es mirar el sufrimiento de Jesús y sentir profunda empatía para llegar al amor infinito. ¿Qué tanto es el amor de Dios que se encarna para dolerse con nosotros? ¿No es eso lo que pasa ahora? Me imagino el dolor de Cristo que abarca el dolor del hombre de todos los tiempos y eso incluye el adelantarse 21 siglos para sentir en carne propia esta pandemia. Jesús acompaña al moribundo solitario, a la enfermera cansada, al científico desesperado, a las familias separadas, al padre sin trabajo, a los migrantes, a los más pobres y vulnerables, a los amigos que no se reúnen, a los jóvenes desanimados, a las embarazadas temerosas, a los fieles retomando su vida sacramental, a tantos fallecidos y sus familias dolidas, a tantos con el corazón partido. Jesús está con nosotros, en un abrazo de misericordia, con una mirada de compasión, invitándonos a un movimiento de amor que nos lleve a descubrir dones no vistos en nuestros hermanos en este tiempo de gracia.

Inicia la Cuaresma y hay que aprovecharla como un regalo muy especial. Que estos cuarenta días dejen huella en nuestras vidas y nos muevan a una nueva conversión que nos acerque a la verdadera alegría. Vamos entrando en ese movimiento de ver a Jesús y dejarnos transformar por Él. Hoy le dedico a Jesús, con amor, este poema:

 

MOVIMIENTOS

 

Muéveme, muéveme pronto,

eres lámpara encendida;

desentume la anestesia

que me tiene detenida.

 

Muéveme, muéveme tanto,

que despierte las conciencias

anunciando tu llamado

y alabando tu sapiencia.

 

Muéveme, muéveme mucho,

con lágrimas de esperanza;

de tu pasión ser un paño

que refresque tu añoranza.

 

Muéveme, mueve la inercia

que detiene mis avances;

préstame a tu linda Madre

que me cuide en este trance.

 

Muéveme, dame la pluma,

la que escribe Aves Marías,

la que te compone versos

y te canta cada día.

 

Muéveme a ser compasiva,

a vivir la Cruz contigo,

a volverme tu consuelo

dando todo en el camino.

 

Muéveme a darte las gracias

con aroma a Eucaristía;

conviérteme en alma orante

siempre humilde en esta vía.

 

 

Voces en el tiempo

Martha Moreno

AMDG