Hay un consejo que dejó escrito el beato Carlos de Foucauld en sus apuntes espirituales del tiempo en el que vivió en Tierra Santa (1897-1900) que, a mi parecer, vale la pena conocer y compartir: “Puesto que la perfección consiste en amar y en imitar a Nuestro Señor, escoger, entre los santos que han escrito, a uno por el que tengamos más simpatía, a uno de aquellos que nos parezca haber amado más y mejor emulado a Jesús, hacerle amigo íntimo nuestro, seguir su dirección, impregnarnos de sus pensamientos, de manera que pensemos poco a poco como él, tengamos su forma de juzgar, de ver, su espíritu”. Hace tiempo yo seguí su recomendación y le pedí a Dios que me concediera un director entre sus santos. Pronto me di cuenta que ya estaba conmigo ese amigo especial: Yo ya acudía a las experiencias, oraciones, testimonios y palabras de Carlos de Foucauld cada vez que necesitaba respuestas. Su conversión, espiritualidad de Nazaret, vida eremítica, ejemplo de hermano universal, sacerdocio, amor a la pobreza y entrega total a los tuaregs en Argelia, me siguen enseñando e invitando cada día.
Carlos, siendo parte de la aristocracia francesa de Estrasburgo, perdió a sus padres a los seis años, quedando bajo la tutela de su abuelo. A los dieciséis años perdió la fe. Posteriormente inició una carrera militar y de viajes por el desierto que lo convirtieron en experto en geografía. En la soledad y el contacto con los árabes descubrió un anhelo de vida espiritual y conversión. Al volver a Paris acudió al templo de San Agustín donde pidió ayuda al Padre Huvelin. Antes de instruirlo, el sacerdote lo invitó a confesarse y comulgar. Al recuperar la gracia sintió un fuerte llamado de Dios: “Tan pronto como creí que había un Dios, me di cuenta de que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para Él”.
En el tiempo fuerte de su conversión, Carlos pudo reflexionar y agradecer a Dios todos los cuidados especiales que recibió en el período que pasó alejado de Jesús. Ese reconocimiento y acción de gracias por las misericordias recibidas se convirtió para él en un deber de amor que le causó gran asombro. Mencionaré algunas:
- Infancia rodeada de gracias al ser hijo de una santa madre, habiendo aprendido de ella a conocer a Dios y a orar.
- La piadosa educación de su padre, madre, abuelo, abuelas.
- Los recuerdos de su infancia: Visitas a las iglesias, ramos de flores al pie del altar, pesebres de Navidad, el mes de María, el altar de su habitación.
- Su primera Comunión que dejó huella en su alma.
- Las continuas invitaciones e insistencias de su abuelo a no dejar el camino de Dios.
- Las oraciones de sus familiares y amigos.
- Conservar el respeto de la religión y la estima del bien aunque hubiera perdido la fe.
- El gusto por el estudio, lecturas serias, cosas bellas y la repugnancia del vicio aunque hiciera el mal.
- Sensación de vacío doloroso y tristeza que nunca antes había experimentado.
- Protección de accidentes y lograr salir de situaciones de peligro sin problema. De haber muerto en esos momentos hubiera ido al infierno.
- Conservar la salud en lugares de enfermedad.
- Quitar ligaduras que le hubieran impedido volver a su familia, a Francia y a la fe.
- Acercarle buenas lecturas, primero de autores paganos y luego de autores cristianos que lo despertaron en la búsqueda de Dios.
- Reconocer cuatro gracias especiales de Dios sin las cuales no hubiera llegado a convertirse: a) Inspirarle el siguiente pensamiento ante una persona muy importante en su vida: “puesto que esta alma es tan inteligente, la religión en que ella cree firmemente no debe ser una locura, como yo pienso”. b) Otro pensamiento: “puesto que la religión no es una locura, ¿puede la verdad, que no existe en ninguna parte de la tierra ni dentro de ningún sistema filosófico, existir en ella? c) Sentir una invitación a estudiar la religión y d) conocer y recibir la ayuda del Padre Huvelin.
Este ejercicio de hacer una lista de las gracias recibidas a los largo de nuestra vida nos puede ayudar a tomar conciencia de esa presencia evidente o en muchas ocasiones escondida de Dios que no nos abandona nunca y nos quiere para Él. Con las siguientes palabras nos mueve Carlos de Foucauld a cantar las misericordias de Dios: “¡Cuántas misericordias Dios mío! Misericordias de ayer, de hoy, de todos los instantes de mi vida, desde antes de mi nacimiento y antes de todos los tiempos. Estoy ahogado, inundado por ellas, me cubren y envuelven por todas partes. Tenemos todos que cantar tus misericordias, nosotros, creados para la gloria eterna, y rescatados por la sangre de Jesús, por tu sangre, mi Señor Jesús, que estás a mi lado en este Tabernáculo”.
Los invito a unirse conmigo en oración por la canonización de Carlos de Foucauld para que su ejemplo de humildad y vida en Jesús sea conocido e imitado por muchas personas. Que esa oración nos conduzca a ser verdaderos agentes de conversión en tiempos de confusión.
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
Leave A Comment
You must be logged in to post a comment.