¿Por qué se nos hace tan fácil captar los defectos o errores de los que están más cerca de nosotros y cuando se trata de ver sus logros o bondades nos volvemos ciegos? ¿Se puede re-educar la mirada de tal manera que podamos ver a las personas de formas nuevas que nos permitan descubrir todo lo bueno que hay en ellas y que muchas veces permanece desconocido para ellas mismas y para los demás?
Hace algunos años hubo una serie llamada “Los 4400” que trató sobre personas que desaparecieron y luego volvieron a la tierra portando cada una un poder o don especial. No se me olvida que el que más me gustó fue el de una mujer que, al estar frente a alguien, podía ver en su interior cuál era su talento especial, aquella misión para la cual había sido creada. Así, por ejemplo, estando con una niña sintió que tenía que colocarle en sus manos un violín, y al hacerlo la niña empezó a tocarlo con suma destreza como si hubiera estado practicado por años. Lo interesante es que siempre encontraba cosas buenas, únicas, todo era positivo: las maneras particulares de cada ser humano de mejorar su ambiente con alguna habilidad o virtud. Quiero pensar que esta mujer había educado su mirada para que sus ojos hicieran a un lado las apariencias, se interesaran realmente en su prójimo, mostraran una actitud de total empatía, y reflejaran amor y aceptación. Esas miradas la llevaban a encuentros profundos que le permitían explorar y descubrir maravillas.
En la “Historia de un alma”, Santa Teresita de Lisieux nos cuenta una anécdota sobre cómo aprendió a ver a sus compañeras en el Carmelo a la manera de Dios y no según los hombres. En una ocasión le encomendaron realizar una tarea junto a otra hermana. Como ella sintió que su amiga necesitaba sentirse bien decidió hacer más despacio su trabajo para que las palabras de elogio no se las dijeran a ella. Al final Teresita terminó siendo reprendida por su lentitud. Su obra había sido de virtud pero nadie podía darse cuenta. Se le juzgó por las apariencias de forma errónea al no saberse la intención. La Florecita descubrió que las cosas también podían pasar al revés: que otros pensaran que sus imperfecciones eran realmente virtudes cuando no lo eran. Por lo tanto, ¡qué importante era nunca juzgar porque era muy fácil equivocarse! Esa manera de pensar le ayudó a Teresita a ver con muchísimo más amor a cada persona que se le acercaba. Y al no hacer juicios se daba la oportunidad de conocer mejor a las personas encontrando a Jesús en ellas.
Ese transformar nuestro pensamiento diciéndonos que quizá el defecto que estamos viendo en otros pudiera ser un error es una herramienta muy valiosa para empezar a ver más el interior y no sólo el exterior. Y aunque el defecto fuera real nosotros no sabemos si más adelante esa persona logrará mejorar y quizá nosotros pudiéramos hacer cosas peores en el futuro. En eso se basaba San Agustín para no juzgar: pensaba que si él estuviera en las circunstancias de la persona que estaba viendo hacer algo malo probablemente él hubiera caído más bajo. Al no desviarnos en lo negativo que estorba encontramos la posibilidad de sorprendernos con las cualidades que muchas veces no vemos.
Dejar de ver lo negativo, poner nuestra mirada y corazón en los dones de nuestro prójimo para dárselos a conocer: Todo un trabajo que requiere tiempo, amor, paciencia, entrega, pureza de intención, humildad… ¡Qué gran proyecto para hacerlo en familia y en comunidad! Nos dice el Santo Cura de Ars: “¿En qué consiste, pues, el amor que debemos tener a nuestro prójimo? Este amor consiste en tres cosas: 1. En querer el bien para todo el mundo. 2. En hacérselo todas las veces que podamos. 3. En soportar, excusar y esconder sus defectos. Ésta es la verdadera caridad debida al prójimo”.
Termino con algunas frases para reflexionar:
“Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón” Primer Libro de Samuel 16,7
“¿Existe un ministerio más hermoso que el que ayuda a otros a darse cuenta del amor, la verdad y la belleza que ellos nos revelan?” Henri Nouwen
“La idea de que cada ser humano es un universo. A menudo ocurre que tras haber estado conviviendo años y años con las personas que más cerca nos quedan se nos revelan en ellas honduras que desconocíamos. Para percatarnos de esto es preciso, de todos modos, que también nosotros cambiemos: entonces descubrimos acaso tesoros…” Ernst Jünger
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