En este mes de noviembre, en el que recordamos a los santos y a los difuntos, es fácil toparnos con las preguntas sobre el sentido y misión de nuestra vida. Los santos nos abren la posibilidad real de llegar a nuestro máximo potencial como seres humanos y los difuntos nos enseñan que nuestro tiempo es limitado y que hay que ponernos a trabajar en lo que verdaderamente cuenta: el amor, cambiando nuestra mirada que constantemente se dirige hacia abajo (la tierra) por una mirada hacia las alturas.

Me ha gustado mucho la misión evangelizadora de la cultura del Instituto Word on Fire (Palabra en llamas) que dirige el Obispo Auxiliar de Los Ángeles, Robert Barron. Él recuerda cómo el teólogo Hans Urs  Von Balthasar hablaba de cambiar nuestro giro de vida de un egodrama en el que normalmente vivimos, a un teodrama al que estamos invitados y que constituye la realidad de nuestra existencia como parte de una humanidad que ha sido salvada. La misión cristocéntrica de Word on Fire  propone tres puntos principales: 1. Encuentra tu centro. 2. Reconoce que eres pecador. 3. Tu vida no es sobre ti.

Como plan de vida, cuya finalidad es la santidad, me parecen tres ideas muy importantes porque al encontrar el centro, que es Dios que me ama de manera incondicional,me puedo sentir segura y decir NO a tantas esclavitudes que me pueden atar a lo terreno como son: el qué dirán, el materialismo, las ideologías, reduccionismos, adicciones, pasiones, egoísmos, prejuicios, activismos, etc. Al reconocer que soy pecadora, puedo pedir perdón y soltar todo lo que me tiene detenida. Con el perdón encuentro espacio para la verdadera libertad, para el amor, la verdad y la virtud. Al darme cuenta de que no todo es sobre mí, entro en el terreno de la humildad y me abro a descubrir la razón de mi existencia particular unida al plan de Dios y me doy la posibilidad de darles cauce a todos mis dones por un camino de felicidad real que consiste en la entrega, tanto en el gozo como en el dolor.

La obra pictórica Las Célebres Órdenes de la Noche del pintor francés Anselm Kiefer nos presenta a un hombre que yace sobre un suelo reseco y resquebrajado bajo el inmenso manto de las estrellas. Se encuentra en el Museo Guggenheim de Bilbao y es impresionante. El suelo reseco puede representar perfectamente el estado de nuestra humanidad actual: un estado de frialdad, temor, dureza, pérdida de valores y vacío. Pero ese mirar hacia arriba nos devuelve la esperanza al descubrir la belleza del cielo y nuestra propia belleza, ya que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. En esa idea de mirar a las alturas, en una postura humilde, expectante y abierta, podemos entender que pertenecemos a Alguien mucho más grande que nos invita a entrar en el festín de su proyecto. Así lo entendió también San Francisco de Asís cuando al voltearse de cabeza sentía que estaba tomado por el cielo más que por la tierra en una especie de gravedad invertida.

Eventos como esta pandemia, que hemos estado padeciendo como humanidad, nos hacen despertar y entender nuestra vulnerabilidad y el poco control que tenemos sobre lo que ocurre a nuestro alrededor. Y volvemos a ese “la vida no es sobre mí o para mí”: es sobre el Amor más grande que envuelve todo y que nos llama a ser parte de ese amor. Estamos en un tiempo de desasimiento, de rendición, de crear espacios y oportunidades para el amor, y de dejarnos tomar por Aquél que tiene mejores planes para nosotros que los que nosotros podemos imaginar. Es tiempo de ser hermanos como lo dice el Papa Francisco en la Encíclica Fraterno Tutti, de encontrar nuestro centro, de pedir perdón y de comprometernos con una misión,aceptando ser enviados de la manera como Jesús se lo dijo a Pedro: “Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero, cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”.

Para terminar les comparto unas palabras de San Rafael Arnáiz (hermano Rafael). Me lo imagino acostado sobre la tierra mirando a las estrellas, como la figura solitaria del cuadro de Anselm Kiefer, en profunda contemplación: “Quisiera que el universo entero, con todos los planetas, los astros todos y los innumerables sistemas siderales, fueran una superficie tersa donde poder escribir el nombre de Dios. Quisiera que mi voz fuera más potente que mil truenos y más fuerte que el ímpetu del mar y más terrible que el fragor de los volcanes para sólo decir: Dios. Quisiera que mi corazón fuera tan grande como el cielo, puro como el de los ángeles, sencillo como la paloma, para en él tener a Dios”.Definitivamente el hermano Rafael vivió siempre con la mirada en las alturas, con Jesús como su centro, en humildad total y con una misión liberada de todo egoísmo, porque su vida no fue sobre él: fue sobre la misión que Dios preparó amorosamente para él.

Voces en el tiempo

Martha Moreno