Yo me llamo Juana y soy extranjera. Extraña y forastera como lo fue Jesús en su propia tierra. Curiosidad generan los profetas pero pocas veces compromiso y certeza. Al inicio, ante la victoria, fueron todos fieles, pero al final se durmieron y no me defendieron del enemigo. Yo ya sabía la duración de mi estadía en ese territorio que Dios ya protegía. Me daban el nombre de “Doncella” aquellos que me reconocían como enviada celestial aceptando mi liderazgo. Éste surgía de unas voces que anunciaban un porvenir de triunfo para mi Francia y para el delfín que tenía que ser coronado en Reims. Yo soy Juana, Santa Juana de Arco. Juana, una campesina. Juana, una niña obediente que supo escuchar y atender una petición. Sólo los puros pueden ver a Dios; seguramente también sólo los puros lo escuchan. ¿Quién escucha hoy el plan de Dios para su vida? ¿Quién escucha hoy el plan de Dios para el mundo? Creo que muy pocos escuchan. Y los que escuchan: ¿Siguen esa voz? ¿Aceptan esa voz? ¿Se inspiran por esa voz?
Existe un misterio en las voces. Mis voces pertenecían a Santa Catalina, a Santa Margarita y al Arcángel San Miguel. Ellos me guiaban y me daban certeza. Y yo nunca paraba de rezar. La oración era mi vida. Hubo un escritor llamado Charles Péguy que, en 1910, supo describir bellamente mi forma de orar en súplica de nuevos santos para ayudar a las almas:
“En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Dios mío, líbranos del mal, líbranos del mal. Si aún no ha habido bastantes santas y bastantes santos, envíanos otros, envíanos tantos cuantos sean precisos; envíanoslos hasta que el enemigo se canse. Nosotros les seguiremos, Dios mío. Nosotros haremos todo lo que quieras;… somos tus ovejas, envíanos tus pastores; somos el rebaño, envíanos los pastores. Nosotros somos buenos cristianos, Tú sabes que somos buenos cristianos. ¿Cómo es, pues, que tantos buenos cristianos no constituyen una buena cristiandad? Tiene que haber algo que no marcha bien. Si Tú nos envías, si al menos quisieras mandarnos una de tus santas. Aún las hay. Sé que las hay. Se las ve. Se sabe. Se las conoce. Pero se ignora qué es lo que ocurre… hay santas, la santidad existe y jamás el reinado de la perdición había imperado así sobre la faz de la tierra. Seguramente, Dios mío, se necesitaría otra cosa, Tú lo sabes todo. Tú sabes lo que nos hace falta. Tal vez necesitamos algo nuevo, algo que aún no se haya visto nunca. Pero, Dios mío, ¿quién se atrevería a decir que aún puede haber algo nuevo después de catorce siglos de cristiandad, después de tantas santas y de tantos santos, después de todos tus mártires, después de la Pasión y Muerte de tu Hijo?”. Peguy, El Misterio de la Caridad de Juana de Arco.
La perdición reinaba en mi siglo. Había que pedir y ofrecerse por las almas. Había que pedir nuevos santos. Y yo me pregunto: “¿Sigue estando perdido el ser humano en la era cibernética donde los hombres y mujeres prefieren la distracción a la felicidad que produce la vida interior en Dios? ¿Siguen faltando santos que recuerden el sacrificio por amor de Jesús?”.
Mi oración continúa entre tiempos, entre libros, entre versos y entre siglos. Sigo repitiendo esas peticiones que puso Peguy en mis labios porque quiero seguir respondiendo a la Voz de Dios que me mueve a seguir atenta a una humanidad que necesita nuevas lecciones de heroísmo y verdadera entrega.
Hace poco pude contemplar un espectáculo de luces frente a la Catedral de Rouen, lugar donde fui sometida al martirio en la hoguera, acusada de herejía por un tribunal que obedeció a intereses borgoñeses e ingleses. En esa preciosa catedral de Normandía, tantas veces pintada por Monet, surgieron imágenes de mujeres francesas: niñas, adolescentes, ancianitas, profesionistas, religiosas, discapacitadas, líderes, artistas… Todas repetían una frase: YO ME LLAMO JUANA… YO ME LLAMO JUANA… YO ME LLAMO JUANA…
Fue conmovedor el apreciar que las mujeres de mi tierra quieren seguir salvando a su querida Francia. Y ojalá quieran seguir salvando al mundo. Es importante que me reconozcan en su identidad y en su misión. Es importante que aprendan a escuchar, a seguir el proyecto de Dios, y a no desanimarse ante los posibles fracasos que muchas veces terminan siendo victorias en lo sobrenatural. Es importante que la humanidad aprenda a escuchar las voces que no se cansan de insistir en el regreso a la Casa del Padre.
Yo me llamo Juana y me sigo sintiendo extranjera aunque sea francesa de alma y corazón. Pertenecí al mundo sin ser del mundo. Fui extranjera para los que me condenaron pero también para los que me siguieron sin entenderme. Tuve conciencia de una misión y pude ver con mirada espiritual los sucesos de mi tiempo. Pude predecir y actuar con valentía. Sólo fui una campesina que acompañé a los soldados en las batallas dándoles fuerza, sentido cristiano y dirección. Terminé mi misión el 17 de Julio de 1429 cuando fue coronado el Delfín Carlos como Rey. Supe que sería tomada prisionera y aun así seguí hasta el calvario. Actué siempre buscando la gloria de Dios. Terminé en un incendio de amor pronunciando entre las llamas: “¡Jesús, Jesús, Jesús!”. En 1920 fui canonizada.
Martha Moreno
Voces en el Tiempo
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