La reverencia por la vida es un valor que debería estar inscrito en nuestro rostro y en nuestro ser. El que vive tendría que invitar al misterio de la vida. El que vive posee un instinto de supervivencia que lo tendría que mover siempre al cuidado, respeto y lucha por su vida y la de los demás.
La cultura de la muerte que impera en nuestros días rompe con todo sentido común. Una madre lleva en su persona el amor a su hijo. Isaías lo confirma cuando pregunta: “¿Puede una mujer dejar de querer al hijo de sus entrañas?”. Si eso ocurriera como caso de excepción, Dios jamás olvidaría a ese bebé. (Isaías 49,15)
La voz de los niños a los que no se les permite nacer, en apariencia muda, es una voz muy fuerte, que retumba tratando de hacerse escuchar por una civilización sin corazón. El origen de este crimen es muy antiguo, pero cada vez son más las almas de los pequeños que se suman al inmenso coro de niños inocentes que lo sufren, testigos de una era de egoísmo e ignorancia.
Las víctimas del aborto pueden ser colocadas a la par de los niños que murieron en tiempos de Jesús, cuando Herodes los mandó matar para que no hubiera riesgo de que un Mesías le quitara su reinado. Estos niños murieron en lugar de Jesús. Fueron almas puras que nunca hicieron ningún mal, y que con su único acto de entregar su vida, dieron gloria a Dios.
El filósofo y escritor francés Charles Peguy escribió sobre el misterio de los Santos Inocentes. Para él Dios tuvo siete razones para amar a los niños inocentes. Las resumo de la siguiente forma: 1. Los amaba. 2. Le gustaban. 3. Le agradaban. 4. Los niños no tenían en la comisura de sus labios el rictus de ingratitud y amargura. 5. Por equivalencia: Los niños pagaron por Jesús. 6. Eran contemporáneos de Jesús y 7. Se parecían a Jesús. Para Dios los inocentes eran los mejores testigos de su Hijo, los niños-Jesús que no se harían grandes nunca.
Muchas veces hemos escuchado que se dice: “Lo que no te mata te hace más fuerte”. A eso se le pudiera agregar: Y lo que sí te mata te hace mil veces más fuerte, pero en otro nivel que no conocemos. Creo que estos niños han adquirido una fuerza extraordinaria que les permite velar por nuestro mundo pidiendo por la reconciliación y la paz, en especial para sus madres. Jesús dijo: “No teman a los que matan el cuerpo”… Los bebés ciertamente perdieron la vida, pero las almas de sus madres y de los que las apoyaron también entraron en otro tipo de muerte. Probablemente esas personas ya estaban extraviadas por tanto temor, dolor, inseguridad, cobardía, comodidad, engaño, falta de formación o de amor. No debemos juzgar. Pero sí tenemos que orar y actuar en la familia, leyes, centros de educación, instituciones e Iglesia. Peguy afirmó: “Cristiano es el que tiende la mano”. Brindemos nuestra mano en compasión.
Siempre queda la esperanza. Marta Robin, mujer excepcional que ofreció su vida a Dios en la enfermedad, habló de los niños privados de la vida por aborto como verdaderos salvadores de sus madres. Para ella, de algo tan triste puede brotar un bien ligado al más alto perdón.
¿Serán necesarias tantas víctimas? ¿Cómo salir de tanta confusión en relación a la verdad de la vida que tendría que ser evidente? En 1952, el médico Albert Schweitzer fue reconocido con el Premio Nobel de la Paz por su idea de reverencia por la vida. ¿Por qué hoy es tan difícil admitir esta noción fundamental?
Vale la pena escuchar las voces de los bebés que no llegaron a nacer. Seguramente nos están pidiendo más oración, acción, compasión y esperanza. Vamos tendiendo nuestras manos.
Martha Moreno
Voces en el tiempo
Felicidades Martha, tu articulo guarda verdades maravillosas de perdón y esperanza.