Durante el mes de Septiembre tenemos varias fechas que nos mueven a tener presente la Pasión de Nuestro Señor y las lágrimas de María Santísima. El día 14 es la Exaltación de la Santa Cruz. Nuestra Señora de los Dolores es recordada el día 15. Y el 19 de Septiembre celebramos a Nuestra Señora de la Salette o la Virgen que llora. Nuestro calendario nos introduce en un mundo de lágrimas y, sin embargo, nos cuesta mucho trabajo entender que no sólo el gozo es parte esencial de nuestra vida sino también el dolor.
¿Qué papel juega el sufrimiento en nuestra vida? ¿Podemos ser felices si no pasamos por el crisol del dolor? Si Jesús, que es Dios, tuvo que sufrir, ¿Por qué cuestionamos tanto el tema del dolor que cumple una función purificadora y sanadora?
En tiempos de paz aparente, indiferencia o distracción, es difícil entrar en nuestro interior para valorar el sentido de una pérdida, de una herida o del sufrimiento. Es por eso que quiero presentarles varias ideas sobre cómo afrontaron el dolor algunas personas de calidad humana muy superior que vivieron en el siglo XX.
Después de la 2ª. Guerra Mundial, en un campo de concentración, se encontraron las siguientes palabras escritas por un prisionero:
“Creo en el sol, aunque hoy sea un día nublado.
Creo en el amor, aunque no haya nadie conmigo.
Creo en Dios, aunque Él esté guardando silencio.”
En una prisión, en medio de una guerra, viendo morir a personas junto a él, en plena humillación y totalmente sin fuerzas, un hombre pudo sobrellevar el dolor y conservar la esperanza gracias a sus creencias, a esa fe que le dio la resistencia necesaria para luchar contra el nihilismo, la desesperación y la muerte.
Benedicto XVI hizo esta reflexión sobre una mujer judía, Etty Hillesum: “Pienso también en la figura de Etty Hillesum, una joven neerlandesa de origen judío que morirá en Auschwitz. Inicialmente lejos de Dios, le descubre mirando profundamente dentro de ella misma y escribe: «Un pozo muy profundo hay dentro de mí. Y Dios está en ese pozo. A veces me sucede alcanzarle, más a menudo piedra y arena le cubren: entonces Dios está sepultado. Es necesario que lo vuelva a desenterrar» (Diario, 97). En su vida dispersa e inquieta, encuentra a Dios precisamente en medio de la gran tragedia del siglo XX. Esta joven frágil e insatisfecha, transfigurada por la fe, se convierte en una mujer llena de amor y de paz interior, capaz de afirmar: «Vivo constantemente en intimidad con Dios”.
Santa Teresa Benedicta de la Cruz, conocida también como Edith Stein, fue envuelta por el misterio de la cruz que la impulsó hasta la entrega suprema en Auschwitz. Ella nos enseñó que el amor a Cristo pasa siempre por el dolor, y que el amor de verdad no se detiene sino que acepta el sufrimiento en comunión con el dolor de la persona amada. Siempre para ella el mensaje del dolor fue una lección de amor, porque el amor hace fecundo al dolor y el dolor hace profundo al amor, como dijo San Juan Pablo II en su canonización en octubre de 1998.
El ejemplo de San Maximiliano Kolbe, que murió también en un campo de concentración ofreciendo su vida a cambio de la de un padre de familia, nos habla de la fuerza curativa del sufrimiento que nos hace semejantes a Jesús. Él tomó todos los dolores de la humanidad para salvarnos y devolvernos a la vida divina. Con estas palabras expresó lo anterior San Juan Pablo II: “Por esto, la muerte de Maximiliano Kolbe se convirtió en un signo de victoria. La victoria conseguida sobre todo el sistema de desprecio y odio hacia el hombre y hacia lo que de divino existe en el hombre; victoria semejante a la conseguida por nuestro Señor Jesucristo en el calvario”.
En el autor Ernst Jünger encuentro frases profundas que nos ayudan a entender el sentido del sufrir: a) “Con frecuencia veo ahora al ser humano como un varón de dolores…”, b) “¿Quién nos queda después de estos espectáculos? No aquellos con quienes compartimos los goces y nos sentamos a las mesas de los banquetes, sino sólo aquellos que sobrellevaron con nosotros el dolor”, c) “No se puede ahorrar el sufrimiento. El bien no puede alcanzarse solo mediante la contemplación: debe ser conquistado a través del dolor y las equivocaciones, de la culpa y el sacrificio”, d) “El dolor nos eleva a otras regiones, a la patria verdadera”.
Espero que con estos ejemplos de personas que supieron dar sentido a su dolor y con los siguientes versos, le demos un nuevo abrazo al misterio de la Cruz y del dolor.
Recibir la cruz como un suspiro
que trasciende al tiempo en torbellino
es romper los muros en un giro
salvador de un mundo sometido.
Abrazar la cruz en un latido
que se siente fuerte en el olvido
de las faltas serias del bandido
que habita muy dentro de mi nido.
Absorber la cruz como mi Cristo
es captar la luz mientras camino
por las sendas suaves del abrigo
de una Madre Santa en quien me inspiro.
¿Qué hacer con la cruz en este siglo
que niega la paz por tanto ruido?
Busco ocultos santos y testigos
en la soledad de un cielo antiguo.
VOCES EN EL TIEMPO. MARTHA MORENO.
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