Como desde hace tiempo me he propuesto ser un refugio para que las personas con las que convivo se sientan seguras, invitadas y queridas, hoy he querido dedicar este escrito en primer lugar a María, como Nuestra Señora del Arca, y también, al fundador de los hogares El Arca para discapacitados en el mundo, Jean Vanier, quien hace unos días, a los 90 años, entregó su alma a Dios. Me hubiera encantado conocerlo, escucharlo o simplemente estar frente a él.
En las letanías del rosario invocamos a María como Arca de la Alianza. El Arca de la Alianza contenía el tesoro de las tablas de la ley con los mandamientos dados por Dios a Moisés y el maná. Era considerado sagrado por ser signo visible de la presencia de Dios. La Virgen María acogió en su ser a la Palabra de Dios hecha carne, Jesucristo. Al dar el fiat, se volvió templo y sagrario para la Encarnación del Verbo, y por eso se convirtió en arca. Recibió a Dios en la persona de Cristo y nos recibió a nosotros, por invitación de su mismo hijo Jesús, en una misión de servicio y hospitalidad.
La Virgen María, como Nuestra Señora del Arca y nuestro refugio, ha estado siempre en el corazón de los hogares El Arca y en el corazón de Jean Vanier. En esta oración se refleja ese amor:
“Oh María, te pedimos que bendigas nuestra casa, haz que permanezca en tu Corazón Inmaculado. Permite que El Arca sea un verdadero hogar, un refugio para los pobres, los pequeños, para que ellos aquí encuentren la fuente de toda vida: un refugio para que los que estén profundamente cansados encuentren tu infinito consuelo.
Oh María, danos corazones que sean atentos, humildes y gentiles, para que podamos dar la bienvenida, con ternura y compasión, a los más débiles que sean enviados a nosotros. Danos corazones llenos de compasión para que podamos amar, servir, resolver conflictos, y ver en nuestros sufrimientos y en nuestros hermanos heridos la humilde presencia de Jesús”.
Jean Vanier decía que amar era revelar la belleza oculta de los corazones de todas las personas, confiar en ellas y llevarlas a una confianza más grande. Amar, para él, era una manera de mirar, de tocar, de escuchar a todas las personas, pasar tiempo con ellas, especialmente con las más débiles o inseguras, y revelarles su importancia. Al entrar en comunión con ellas, a su vez, ellas le revelaban su propia belleza. La vida, por lo tanto, significaba fluir de uno a otro en entrega generosa de dones.
El Arca, como proyecto de Dios, inició en el año 1964, cuando Jean Vanier invitó a dos personas con deficiencia mental a vivir con él en una casa vieja que adquirió en el pueblo francés de Trosly-Breuil. Eligió el nombre “Arca” porque ese hogar buscaría ser un signo de acogida y de alianza entre Dios y el hombre. Poco a poco se fueron acercando sus amigos para ayudarle y dar la bienvenida a más personas con discapacidad. Lo que empezó como algo pequeño fue creciendo y convirtiéndose en un oasis de paz para el mundo. Tanto las personas enfermas como sus asistentes participaban y siguen participando de una vida en común donde la celebración y la reconciliación son elementos esenciales. San Juan Pablo II se refirió al Arca de Jean Vanier como un signo concreto de la civilización del amor y como un ejemplo de que sí es posible realizar las bienaventuranzas en la vida diaria incluso en situaciones complejas y difíciles.
La vida anterior de Vanier fue un camino que lo preparó para ese encuentro con los más débiles y rechazados. Recibió de Dios el don de una familia unida con valores cristianos. Su padre, Georges, fue diplomático y gobernador de Canadá. Siempre confió en su hijo, incluso cuando le dio permiso, en tiempos de guerra, de entrar en la Marina a los trece años. Sus padres fueron un verdadero modelo de matrimonio y de virtud. Dedicaban una hora diaria a la oración, juntos, en silencio. Su abuela materna, Therese, tuvo el mismo director espiritual que Santa Teresita del Niño Jesús. Jean escribió que el Arca era cuidada por Santa Teresita, quien dijo que El Carmelo era su “Arca bendita”: su casa para caminar en el amor.
Después de ocho años de vida militar, Jean Vanier entró en el mundo del pensamiento realizando estudios de filosofía y un doctorado en ética aristotélica. Antes de iniciar su misión en El Arca se dedicó a la enseñanza. Puede decirse que todas sus ideas sobre lo humano las aterrizó en una misión profundamente humana dedicada a Dios. En una de sus cartas escribió: “Detrás de mi vida, detrás de todo lo que hice y de lo que no he hecho, de todo lo que está escondido y todo lo visible de la creación, detrás de todo eso, las aves, las flores, la luna y la tierra está ese Dios tan humilde, tan bello, tan escondido que algunos piensan que no existe. No alcanzan a sentir su presencia en la vida, en la evolución de la humanidad, en los débiles y en la debilidad. Al detenerse, en el silencio, podemos detectar Su presencia, pues Dios habla en el silencio. Su palabra es tan bella, tan llena de luz, que se necesita estar en el silencio para escucharla”.
En los hogares El Arca y de Fe y Luz (también fundados por Vanier) sigue reinando Nuestra Señora del Arca. A Jean Vanier le gustó mucho ser peregrino porque sentía que, al visitar un santuario de María, se reforzaban los vínculos entre las comunidades y personas, se sanaban divisiones y se creaban nuevas relaciones. Hoy su peregrinar ha terminado. Ya está en la Casa de Dios Padre desde donde seguirá cuidando e invitando a sus amigos, y a todos los seres humanos, a cambiar el mundo, con amor, de corazón en corazón.
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
14 de Mayo de 2019
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