Me gusta encontrar la música del día: elegir una melodía que me acompañe desde la mañana hasta la tarde como una aliada en mi búsqueda de serenidad. La música es un bello refugio para el que sabe gozar de su compañía y consejo.
Las siguientes palabras del Diario Íntimo del filósofo Miguel de Unamuno conducen a reflexionar sobre el sentido de la música en nuestras vidas:
“Entre los dones que debemos a la bondad de Dios es uno de los mayores el de la música. No hay música mala… La música es según se la recibe. En un alma pura toda música produce sentimientos de pureza.
La música ahonda nuestros sentimientos, los nuestros; hace que seamos más nosotros mismos… Es la música como un sacramento natural, una revelación natural del canto con que la naturaleza narra la gloria de Dios.”
Debido a mi gusto por la música he sentido la necesidad de conocer la vida de los grandes músicos y compositores que nos han precedido. Me gusta también seguir a los que han encontrado la música de Dios. Hoy les quiero presentar a un músico extraordinario que, gracias al mundo del sonido, pudo adentrarse en el amor infinito de Dios.
Hermann Cohen (1820-1871) perteneció a una familia judía acomodada de Hamburgo. Por sus dotes artísticos desde muy pequeño se inició en el estudio de la música. Su maestro fue Liszt. Me imagino lo talentoso que debió ser para haber sido admitido como alumno de uno de los más grandes de su época. Pasó el tiempo y fue pianista, profesor de piano y compositor. Se rodeó de grandes personalidades de la aristocracia europea, viajó muchísimo y alcanzó el éxito. Pero con ese éxito también vinieron invitaciones que lo llevaron a excesos y al vicio del juego.
Todo esto ocurrió hasta el día en que escuchó otro tipo de música. En cierta ocasión llegó a visitarlo un príncipe de Moscú que era su amigo, y le pidió un favor muy especial: que lo sustituyera en una función religiosa del coro del templo de Santa Valeria. Él aceptó un poco renuente, y lo que pasó al momento de cumplir con la petición le cambió la vida. La emoción que experimentó en el instante de la bendición con el Santísimo le resultó impactante. Nunca había sido tan feliz. A partir de ese momento siguió asistiendo a ese lugar a escuchar un nuevo estilo de música que le movía el alma.
Se empezó a preparar hasta que fue bautizado. La música siguió siendo muy importante en su vida, pero desde que se hizo cristiano supo que tenía que entregarse totalmente a Jesús. Se hizo sacerdote y más adelante entró al Carmelo. Él fue uno de los fundadores de la Adoración Nocturna para varones que iniciaron sus vigilias en el templo de Nuestra Señora de las Victorias en Paris. Cambió su nombre por el de Agustín María del Santísimo Sacramento. Fue muy devoto de la Virgen María y un gran apóstol de la Eucaristía.
Escuchemos al Padre Hermann hablar de su peregrinar:
“He recorrido el mundo. He visto el mundo. He amado al mundo. Y he venido a descubrir en el mundo una sola cosa: que en él no hay nada que conduzca a la felicidad. Una felicidad que yo he buscado: en el bullicio del baile y de las fiestas, en la posesión de la riqueza, en la emoción del juego, en las satisfacciones que produce una ambición desmesurada, en la gloria del artista, en la intimidad de los hombres famosos, en todos los placeres de los sentidos y del espíritu, en la fidelidad de un amigo, en el sueño de todos los días y de todos los corazones.
¡Oh Dios! ¿La he encontrado acaso? Y ustedes hermanos, ¿la han encontrado? ¿Han sido felices? ¿De verdad que no les falta nada? Porque a mí me parece escuchar como el grito unánime de una humanidad doliente. Habrá que preguntarse entonces: ¡Felicidad! ¿Pero quién eres tú? ¿Pero dónde te encuentras? La buscan todos los hombres y nadie acaba de encontrarla. ¿No ocurrirá que sólo Dios es capaz de hacer feliz al hombre? Dios ha descendido de los cielos y ha llegado hasta nosotros en la persona de Jesús, su Hijo. De manera que el Nombre de Jesús ha obrado en la tierra una verdadera revolución: la revolución por la que se llega a la felicidad.”
Antes de su conversión Hermann Cohen se había distanciado de su maestro Liszt. Eso le provocó mucho dolor. Fue una verdadera gracia para él que años más adelante reanudaron su amistad mediante cartas. En una ocasión se reunieron en Roma: no nada más Hermann se había convertido. También Liszt era ahora terciario franciscano.
Me parece que el descubrimiento de Hermann Cohen superó grandes composiciones y conciertos. La música que escuchó y compuso a partir de su conversión fue tan original que sacudió su interior y el de muchos a su alrededor. Logró adentrarse en la sinfonía universal de Dios que lo consagró para siempre.
¿Estamos escuchando la música de Dios? Asombrémonos con la música que nos regala cada día…
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
Me fascinó Martha, realmente te agradezco tu sensibilidad y tu talento que compartes con nosotros y en 2NTV. Gracias