A mediados del siglo pasado, el sacerdote francés Michel Quoist se doctoró en la Sorbona de Paris, presentando la tesis titulada: La Ciudad y el Hombre, que recibió varios premios. Para él fue muy importante el estudio del entorno del hombre, en particular la vivienda, por sus efectos sobre los comportamientos de las personas. Además de ser sacerdote y teólogo, era también sociólogo y se convirtió en escritor. Las realidades cotidianas le llamaban mucho la atención y eso lo llevó a nuevas formas de oración relacionadas con las experiencias del día a día. En tiempos del Concilio Vaticano II, sus ideas teológicas, presentadas con sencillez, fueron muy bien recibidas e inspiraron a millones a renovar su cristianismo, buscando que la oración se hiciera parte de sus vidas y la vida, elemento esencial de su oración.

En el año 1954 se publicó su libro: Oraciones para rezar por la calle que alcanzó la categoría de best seller. A diferencia de los libros de piedad tradicionales, esa obra se enfocaba en la humanidad doliente necesitada de volver a Dios en diferentes situaciones de vida. Utilizaba un lenguaje juvenil y hacía referencia a lo que experimentaba la gente común en su trabajo, tentaciones, etapas de vida y objetos con los que entraba en contacto. Algunos temas de esas conversaciones entre el hombre y Dios fueron: el teléfono, el metro y las masas (anonimato), el bar, los esclavos, las pizarras verdes en las escuelas, la vivienda, etc. En ese tiempo era novedoso el presentarle a Dios cosas tan simples y aparentemente superfluas, pero que formaban parte integral de la vida de las ciudades, en donde el stress empezaba a ser algo normal y las prisas algo necesario. Ese “envolver” de oración la vida brindó la oportunidad de conservar la esperanza y fomentar nuevos encuentros con Dios.

De esas oraciones, la que fue muy importante para mí en mi juventud fue la de “Amar: la oración del adolescente”, ya que me permitió confiar plenamente en Dios, poniendo en sus manos la elección de la mejor persona para ser mi futuro esposo, formar una familia y darle gloria. Les comparto algunas líneas:

“…Estoy solo y quisiera ser dos, hablo y no hay nadie que escuche, vivo y vivo, y nadie saca jugo a mi vida. ¿Para qué ser tan rico si no enriquezco a nadie? ¿Y de dónde viene este amor? ¿A dónde va?

Quisiera amar, Señor, necesito amar. He aquí, Señor, en esta noche, todo mi amor estéril.”

La respuesta de Dios fue la siguiente:

“Escucha, pequeño. Párate un momento y haz silenciosamente un largo viaje hasta lo más profundo de tu corazón. Avanza a lo largo de tu amor recién hecho, como a contracorriente del río hasta encontrar su fuente. Y, al principio y al fondo del infinito misterio de tu amor inquieto, me encontrarás a Mí. Pues Yo me llamo Amor y soy Amor, ya desde siempre, y el Amor está en ti.

Soy yo quien te hizo para amar, para amar eternamente: y tu amor pasará a “otra-tú mismo”. Es a ella a quien buscas, ella está en tu camino, en tu camino desde siempre sobre el camino de mi amor.

Ahora es preciso esperar su llegada: ella se acerca, tú te acercas y se reconocen… Resérvate para ella, amigo mío, como ella se reserva para ti. Yo los guardaré el uno para el otro. Y, mientras, como tú tienes hambre de amor, he ido poniendo en tu camino a todos tus hermanos para que vayas amando. Créeme, el amor necesita un largo entrenamiento y no hay diversas clases de amor, sino una sola: Amar es olvidarse de sí mismo para ir hacia los demás”.

Esta preciosa oración que yo, como mujer, hice mía en mi adolescencia, la quiero compartir hoy con mis hijos, sobrinos, hijos de amigos y con cada persona que se encuentre en la espera de esa persona especial para amar conforme al proyecto de Dios.

Las realidades del siglo XXI no son las mismas del siglo XX. Nuestras ciudades son más transitadas y complejas. El estilo de vivienda ha cambiado y ahora los espacios son minimalistas y verticales. Los objetos que nos rodean se han convertido en gadgets, drones, videojuegos… El mundo se ha vuelto virtual, técnico y digital. Los encuentros se dan en las redes y la búsqueda del amor se da incluso por internet. El sufrimiento sigue, los vicios no terminan, pero el mensaje de Jesús sigue siendo nuevo. El Papa Francisco ya nos ha hablado de ser cristianos de este tiempo llevando a Jesús a nuestra actualidad.

Aunque todo sea diferente, el hombre sigue con dudas, temores, angustias, prisas, resentimientos, pero también con alegrías, gozos, encuentros, instantes de eternidad y ansias de oración. Es por eso que podemos aprender mucho del estilo orante de Michel Quoist que nos invita a llevar la vida a la oración y la oración a la vida.

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO