La frase de San Juan Pablo II que inspiró a tantas personas cuando asumió el pontificado: “No tengáis miedo”, sigue siendo un llamado que debemos atender. Seguimos formando parte de un mundo asustado y atormentado por múltiples causas, como son: la violencia, la inseguridad, las guerras, las enfermedades, los malos gobiernos, las ideologías reduccionistas, las catástrofes naturales, la sensación de vacío y la muerte. Vivimos en un estado de angustia continua que muchas veces nos impide apreciar nuestro presente y poner lo mejor de nosotros para mejorar nuestra sociedad. Los temores nos impiden servir con alegría. Y eso lo vemos hasta en situaciones que no deberían generar ansiedad, pero que lo hacen, como son tantos casos de diferentes miedos: a envejecer, a tener hijos, a confiar en un amigo, a ayudar a alguien que te puede hacer daño, a corregir de manera fraterna, a hablar con la verdad, a dar ejemplo de vida cristiana, a decir “no” a lo que todos hacen…

Las exigencias de la modernidad llevan al hombre a la búsqueda de éxito a niveles puramente económicos, sociales o físicos. Ante esas presiones falsas y superficiales, mejor decide distraerse y hacer a un lado sus necesidades intelectuales y espirituales. Al no reflexionar y dejar de ver a Dios, se enreda fácilmente en el mundo de la manipulación. Como no se sabe defender y no confía en su identidad como hijo muy amado de Dios, entra en la ola de seres humanos que adoptan todos los miedos y todas las modas, pero que se niegan a abrazar el don tan preciado de la libertad.

Un intelectual inglés del siglo XIX que supo comprometerse con la verdad y que nos puede dar consejos sobre cómo vencer nuestros miedos y preocupaciones es el beato John Henry Newman. Yo admiro mucho a este sacerdote y teólogo que vivió varias conversiones: desde no creyente a cristiano, de cristiano laico a religioso consagrado, y de anglicano a católico, que terminó su vida como cardenal para honrar a toda la Iglesia, como lo dijo el Papa León XIII. Su lema como cardenal fue: “El Corazón habla al corazón”. Siendo un buscador incansable de la Verdad, supo reconocer que en el Corazón de Jesús se encontraba la esencia del hombre que estaba invitado a un encuentro profundo con Dios. Es en esa relación con Dios donde se hace a un lado el miedo y se entra en la maravilla del amor. Después de que Juan Pablo II dijo: -No tengan miedo-, continuó con un llamado urgente: -Abran las puertas a Jesucristo-. Cristo es el único que nos puede dar la paz y las fuerzas para amar y romper con la esclavitud del miedo.

En el discurso que pronunció John Henry Newman en Roma, cuando se le notificó que era elevado a la dignidad de cardenal, dejó sabias enseñanzas sobre la actuación de Dios, que nos dan esperanza frente a todos los miedos que nos persiguen:

“El Cristianismo ha estado demasiadas veces en lo que parecía peligro fatal, para que ahora nos vaya a atemorizar una nueva prueba… Son imprevisibles, en cambio, las vías por las que la Providencia rescata y salva a sus elegidos. A veces, nuestro enemigo se convierte en amigo; a veces se ve despojado de la capacidad de mal que le hacía temible; a veces se destruye a sí mismo; o, sin desearlo produce efectos beneficiosos, para desaparecer a continuación sin dejar rastro. Generalmente la Iglesia no hace otra cosa que perseverar, con paz y confianza, en el cumplimiento de sus tareas, permanecer serena y esperar de Dios la salvación”.

En uno de sus sermones también hizo hincapié en la luz que debemos seguir para enfrentar los acontecimientos de la vida: “Estamos en un mundo de misterios, con una gran luz delante de nosotros, suficiente para marchar y superar todas las dificultades. Quitad esa luz y nuestra situación será lamentable, pésima: no sabremos dónde estamos, cómo mantenernos, qué será de nosotros y de las cosas que amamos, qué hemos de creer ni por qué existimos. Pero gracias a esa luz lo tenemos todo y nos sobra”.

¿Qué podemos, entonces, aprender de este santo sacerdote para superar los miedos que nos quitan la paz? Me parece que la clave está en escuchar: “El Corazón habla al corazón”. Escuchemos a Jesús que en su Corazón nos da su luz y su descanso. Abramos nuestras puertas al Sagrado Corazón de Jesús. Perseveremos, con paz y confianza, en oración y entrega, en el proyecto de Dios sobre nosotros y la humanidad. Y esperemos siempre de Dios la salvación, recordando que sus caminos no son nuestros caminos, siempre serán mejores.

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO