Ante la violencia como fuerza destructiva que sigue afectando de manera tan fuerte nuestros ambientes, nuestro mundo, y a los medios que están al alcance hasta de los más pequeños, vale la pena escuchar los mensajes de los trabajadores por la paz que han dejado huella y que siguen hablándonos en el tiempo. Los artífices de paz tienen un lugar muy especial en las bienaventuranzas: “Bienaventurados los que procuran la paz porque serán llamados Hijos de Dios”, y nos invitan a sumarnos a esa acción que les ha encomendado Dios para ser sus instrumentos en la renovación de nuestro mundo y del corazón humano.

Recientemente acudí a un evento titulado “Revolución del Corazón” que trató sobre la paz y la compasión en la espiritualidad del sacerdote y escritor holandés Henri Nouwen. Fue para mí algo muy especial el descubrir cómo los santos siguen transformando vidas para dirigirlas a proyectos de unidad, reconciliación, paz y solidaridad. Entre ellos tenemos a la Madre Teresa de Calcuta (Santa Teresa de Calcuta), Santa Teresita de Lisieux, San Francisco de Asís, Dorothy Day y el Beato Oscar Romero.

Las personas que están entregando su vida para crear ambientes pacíficos y sin violencia pasan innumerables pruebas debido a que el mundo quiere seguir armado, promueve la cultura de la muerte y rechaza a los más débiles (entre los que se encuentran los bebés por nacer). Pero ellos saben que su labor es importantísima y por eso buscan cada día nuevos promotores de paz que empiecen por desarmarse a sí mismos de resentimientos, enojos y ansiedades para poder transmitir un mensaje de esperanza a la humanidad.

¿A qué nos invitan los artífices de paz?

  • A mantener nuestra mirada en Jesús porque Él es la fuente de toda paz. La oración es el centro del trabajo por la paz.
  • A una constante conversión del corazón reconociendo que tenemos heridas internas que generan una violencia que muchas veces no admitimos. Tenemos que abrirnos a Dios para que nos sane. Debemos aprender a no cooperar con nuestra propia violencia para ser pacíficos con nosotros y con los demás.
  • A abrirnos a una cultura pública de paz en la que pongamos resistencia a toda forma de violencia, busquemos ser reconciliadores en nuestras propias familias y comunidades, y vivamos la caridad de manera especial con las personas más difíciles que están en nuestras vidas. Ellos pueden ser nuestros mejores maestros y darnos bendiciones especiales.
  • A ser creativos en la contemplación y la acción. Es necesario involucrarnos y no quedarnos al margen. Todos podemos participar incluso los niños, ancianos o enfermos.

Abolir las guerras, transformar las armas en instrumentos de encuentro, amar al enemigo o al que piensa diferente, mirar con nuevos ojos, aprender de los santos, buscar nuevas vías de reconciliación: existen muchísimas formas de trabajar por la paz. Seamos parte de este grupo selecto que está trabajando por un mejor mundo. Pongamos atención a los auténticos promotores de paz:

“’La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría en derredor nuestro precisamos que toda familia viva feliz”. Santa Teresa de Calcuta

“No hay camino para la paz. La paz es el camino… Mi arma mayor es la plegaria muda. La plegaria desde el corazón puede lograr lo que ninguna otra cosa es capaz de alcanzar en el mundo”. Gandhi

“La oración, vivir en la presencia de Dios, es la acción por la paz más radical que podamos imaginar”. Henri Nouwen

“Ser artífice de paz significa no juzgar, no condenar y no hablar mal de los demás. No alegrarse de lo malo que pueda sucederles. Ser artífice de la paz significa tener a todos amorosamente presentes en la oración, pidiendo lo mejor para ellos… Ser artífice de la paz significa acoger a los débiles y necesitados, aunque sólo sea con una sonrisa; apoyarlos, regalarles nuestra gentileza y nuestra ternura y abrirles nuestro corazón. Significa también acoger a aquellos con quienes podríamos tener problemas, a quienes no queremos demasiado, a quienes son diferentes de nosotros, ya sea cultural, psicológica o intelectualmente”. Jean Vanier

 

Martha Moreno

Voces en el Tiempo