Se acerca el Adviento como un tiempo especial para preparar la venida de Jesús. Recordando una frase que leí hace tiempo que decía: “Dios nos visita con frecuencia pero muchas veces nosotros no estamos”, me propuse escribir sobre la hospitalidad como un valor necesario, en un mundo donde las personas quieren ser atendidas pero ya no quieren o pueden recibir, donde sólo se da la bienvenida al que puede devolver el favor, donde sólo se quiere abrir la casa al estilo del anfitrión sin buscar el bien del invitado. La hospitalidad está en desuso porque las prisas nos consumen, el stress nos envuelve y la desconfianza nos gana.

Pasar de nuestras hostilidades a la hospitalidad parece ser algo difícil pero realmente vale la pena. El escritor Henri Nouwen define a la hospitalidad como la creación de un espacio libre y cordial donde podamos abrirnos a los desconocidos, forasteros o visitantes, e invitarlos a ser nuestros amigos. Cuando uno genera un clima de recibimiento amable y acogedor, permite que la persona que llega se presente tal cual es y pueda ofrecer sus dones. Me gusta mucho la idea de que todo visitante trae regalos, no necesariamente físicos, y la mayor parte de las veces esos dones vienen de Dios.

Si extendemos esta idea de hospitalidad a los que normalmente conviven con nosotros, nos podremos dar cuenta de que si vemos, por ejemplo, a nuestros hijos como huéspedes de nuestro hogar y procuramos para ellos un ambiente de recepción cálida, iremos descubriendo que ellos tienen mucho que aportar a nuestras familias y comunidad. Los hijos son nuestros huéspedes y, en cierta manera, son extraños hasta que los llegamos a conocer, si nos permitimos hacerlo. Ellos tienen su propio estilo y sus propios sueños. Traen un tesoro que nos quieren compartir. Lo mismo se puede aplicar a cada persona que llega a nuestra vida, si la sabemos recibir con atención, cuidado y un verdadero sentido de libertad.

José y la Virgen María buscaron quien los recibiera. Me queda muy claro que traían con ellos el más grande de los tesoros, Dios mismo, que bajaba para gozar con los seres humanos y sufrir con ellos y por ellos. La hospitalidad fue escasa para la familia de Nazaret, a pesar de ser un valor muy importante para el pueblo judío. Más adelante Jesús fue muy bien recibido en la casa de María, Marta y Lázaro en Betania. Él fue un maestro de hospitalidad en muchas ocasiones: al descubrir los tesoros de la samaritana, revelarle su valor a Zaqueo siendo su huésped, lavar los pies a sus apóstoles, y abrirnos el cielo, tomando para sí la cruz que sólo nosotros merecíamos.

En la vida de los santos y conversos podemos encontrar ejemplos enriquecedores de práctica de hospitalidad. San Alonso Rodríguez, español, es uno de ellos. Cuando era pequeño, sus padres hospedaron en su casa al beato Pedro Fabro y a otros jesuitas misioneros. Como respuesta a las atenciones recibidas, los religiosos invitaron a su familia a una casa de campo y en ese lugar Alonso fue preparado para su Primera Comunión por un futuro santo. Pasaron los años y Alonso se hizo comerciante. Murieron su hija, su esposa, su madre y al final, su hijo. Ante tanto dolor decide entrar a la vida religiosa. Como ya tenía 40 años, sólo fue aceptado como hermano lego y portero. Él fue feliz con esa vocación de humildad que le permitió recibir a numerosas personas y ver en ellas a Jesús. Si alguien le preguntaba por qué no era más duro o áspero con ciertos visitantes de mal carácter, le respondía: “Es que a Jesús, que se disfraza de prójimo, nunca lo podemos tratar con aspereza o mala educación”.

El segundo ejemplo de hospitalidad que quiero compartirles es el de la norteamericana Dorothy Day, Sierva de Dios. Ella vivió un proceso muy fuerte de conversión. El filósofo Peter Maurin la invitó a iniciar con él un periódico que llevó consigo todo un movimiento de ayuda para las clases obreras y necesitadas: The Catholic Worker. La esencia de ese proyecto fue la hospitalidad y uno de sus aspectos más destacados fue la creación de casas de acogida. Esos hogares tuvieron mucho éxito porque recibían a los más marginados que no eran aceptados en ningún otro sitio. En esas casas se vivía un espíritu de ayuda mutua y comunidad que despertaron el corazón de muchísimas personas que se ofrecieron para servir. En su escrito Habitación para Cristo nos explica su visión de la hospitalidad: “No sirve decir que hemos nacido dos mil años tarde como para darle hospitalidad a Jesús. Y tampoco los que nazcan al final de los tiempos pueden decir que nacieron muy tarde. Cristo siempre está con nosotros y siempre nos pide que lo invitemos a nuestro corazón. Él habla en la voz de nuestros contemporáneos, con los ojos de los trabajadores, los niños y las personas en necesidad… Él camina con todas las personas que piden albergue. Y recibir a alguien o dar comida al que la pide es recibir al mismo Jesús… No hemos nacido tarde. Debemos ver a Cristo y servir a Cristo en nuestros amigos y en los desconocidos, en cada persona que entra en contacto con nosotros”.

El tercer ejemplo de hospitalidad es el de Jean Vanier, filósofo, teólogo y fundador de los hogares El Arca para discapacitados. Él invitó a su casa a dos personas con parálisis mental. No las invitó por unos días o a una comida. Las invitó para siempre. Su compromiso fue de vida, al estilo de una adopción. Su hospitalidad fue mucho más allá de lo que se espera de una persona generosa.

San Alonso Rodríguez, Dorothy Day y Jean Vanier nos pueden enseñar mucho sobre la hospitalidad. Pero lo mejor es que ellos nos pueden mostrar que los más premiados con los dones que recibieron de todas las personas que atendieron fueron ellos. Ellos generaron espacios libres y amigables para que sus invitados dieran lo mejor de sí mismos y estuvieran felices. Tenemos mucho que aprender sobre la hospitalidad y estamos en un tiempo muy especial para hacerlo.

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO