“Cuando sepas hallar una sonrisa

En la gota sutil que se rezuma

De las porosas piedras, en la bruma,

En el sol, en el ave y en la brisa…

 

Cuando nada a tus ojos queda inerte,

Ni informe, ni incoloro ni lejano,

Y penetres la vida y el arcano

Del silencio, las sombras y la muerte…”

 

El poema “Cuando sepas hallar una sonrisa” del poeta jalisciense Enrique González Martínez es una viva muestra de lo que puede suceder con una persona que logra despertar al asombro. Desgraciadamente este valor ha ido desapareciendo frente a la cultura de lo trivial, del confort, del automatismo y de la distracción. El asombro es ese fervor en la recepción del mundo que nos hace maravillarnos ante lo grande, ante lo pequeño, ante lo sencillo, ante lo ordinario, ante lo visible y sobre todo, ante lo invisible. Cuando se llega a ese estado de sorpresa se siente la invitación a abrazar lo que se contempla como si se volviera a la infancia.

Es extraño que no siempre los que tienen más desarrollada la capacidad de asombro sean las personas que pueden ver o escuchar. Hellen Keller, ciega y sorda, fue maestra del asombro gracias a su intensa vida interior. De ella es esta reflexión: “Utiliza los ojos como si mañana tuvieras que quedarte ciego… Escucha la música de las voces, el canto del pájaro, las poderosas notas de una orquesta, como si mañana tuvieras que quedarte sordo. Toca cada objeto como si el sentido del tacto fuera a fallarte mañana. Huele el aroma de las flores, saborea cada bocado como si mañana no pudieras oler ni saborear otra vez”.

Continúo con otros versos del mismo poema de González Martínez:

“Cuando tiendas la vista a los diversos

Rumbos del cosmos, y tu esfuerzo propio

Sea como potente microscopio

Que va hallando invisibles universos,

 

Entonces en las flamas de la hoguera

De un amor infinito y sobrehumano,

Como el Santo de Asís dirás hermano

Al árbol, al celaje y a la fiera…”

 

El asombro es un abrir las puertas al amor, y recordemos que Dios es Amor. Al darnos la oportunidad de volver a vibrar con la belleza que nos ofrece la naturaleza, los pequeños mundos como el de los insectos, los grandes espectáculos como los planetas, los mundos ocultos como el fondo del mar, el fondo del alma, el sentido del sufrimiento, la maravilla de nuestro prójimo, la música, las flores, las piedras, los bebés, los bosques, lo inesperado… nos damos permiso de convertir nuestro corazón de piedra en un corazón de carne capaz de amar y alcanzar niveles mayores de felicidad.

¿Somos capaces de ver y escuchar realmente o nos quedamos en las capas superficiales de lo que está aconteciendo frente a nosotros? Al escritor Ernst Jünger le gustaba medir su reacción ante la belleza del mundo: “Encima de mi mesa florece dentro de un jarrón un ramo de corazones de María –también esa planta es uno de mis tests-. Mido la alegría que siento al contemplarla y me parece que nunca ha sido mayor. Ante un ramo florido como ese, ¡qué insuficientes son todos nuestros sistemas!”.

El asombro ante lo bello, ante lo bueno, ante lo verdadero, nos devuelve a nuestro origen, nos empapa de humildad y nos hace ver que siempre podemos seguir descubriendo y aprendiendo. El que conserva intacta su capacidad de asombro y busca acrecentarla día con día, difícilmente caerá en estados de depresión, desencanto o hastío. De ahí la importancia de promover el recurso del asombro en las familias, en los jóvenes, en los enfermos, en los ancianos…

¡Vivamos asombrados!… El asombro desemboca en humanidad, compasión y encuentro con Dios. Las últimas estrofas de “Cuando sepas hallar una sonrisa” nos lo reflejan:

“Sentirás en la inmensa muchedumbre

De seres y de cosas tu ser mismo;

Serás todo pavor con el abismo

Y serás todo orgullo con la cumbre.

 

Sacudirá tu amor el polvo infecto

Que macula el blancor de la azucena,

Bendecirás las márgenes de arena

Y adorarás el vuelo del insecto;

 

Y besarás el garfio del espino

Y el sedeño ropaje de las dalias…

Y quitarás piadoso tus sandalias

Por no herir a las piedras del camino”.

Martha Moreno