Cuando Beethoven conoció la Oda a la Alegría del poeta Schiller sintió el deber e invitación de llevarla a su territorio: la música. Cada vez que Beethoven componía sabía que su misión era mucho más elevada que la sola idea de entretener. Él buscaba mejorar el mundo, darle armonía y contribuir a la paz. El valor de la alegría, que presentaba Schiller como componente clave de la libertad, llevó a Beethoven a regalarle al mundo su Sinfonía número 9 en Re menor, cuyo último movimiento es reconocido como el Himno a la Alegría. Hay un fragmento del poema que, en particular, a mí me encanta y dice:

¡Abrácense millones de criaturas!

¡Que un beso una al mundo entero!

Hermanos, sobre la bóveda estrellada

debe habitar un Padre amoroso.

¿Se postran, millones de criaturas?

¿No presientes, oh mundo, a tu Creador?

Búscalo más arriba de la bóveda celeste

¡Sobre las estrellas ha de habitar!

 

Una razón profunda para la alegría, en ambientes donde muchas veces reina el desánimo, tendría que ser la convicción de que somos muy queridos por nuestro Padre Dios. De ahí viene nuestra dignidad como personas que nos debería mover a abrazar a nuestros hermanos, a nuestro prójimo. Cada vez que nos olvidamos de nuestra nobleza originaria, de que somos muy valiosos por ser hijos de Dios, empezamos a buscar otras justificaciones para tolerar lo que vivimos y nos perdemos en creer que valemos por nuestras cosas, por lo que otros dicen de nosotros o por lo que hacemos. Como muchas veces lo terreno no nos resulta suficiente o nos va mal, entonces le damos entrada al resentimiento, al temor y al enojo. Nuestra alegría, que debería ser nuestra compañera aún en momentos de dificultad, se pierde y nos perdemos a nosotros mismos.

Esa alegría que Beethoven vio como un valor muy alto, y que le costó mucho trabajo por su enfermedad que lo hacía sentirse exiliado, nos hace descubrir todo ese genio que trascendió las barreras del tiempo. La alegría no simplemente le aconteció al compositor o nos acontece a nosotros, aunque muchas veces sí nos sorprende. Debemos elegirla y seguirla eligiendo cada día.

Hay muchas voces que nos han invitado a la alegría como es la de San Josemaría Escrivá cuando promovía “hogares luminosos y alegres”. También el sacerdote José Luis Martín Descalzo dio muchísimas razones para la alegría como las siguientes:

  1. a) “Una mañana nos encontraremos asentados en la alegría total, cruzada la gran puerta llena de luz y de macetas floridas. Ni la belleza, ni siquiera el más exultante amor ofrecen otra cosa que descansillos para seguir luchando por la dicha completa”.
  2. b) “Esta es la clave de la alegría: descubrir que tenemos alma, explorar las dimensiones del espíritu, atreverse a creer que no es que la vida sea aburrida, sino que los que somos aburridos somos nosotros, que nos pasamos la vida como millonarios que llorasen porque han perdido diez céntimos, olvidando el tesoro que tienen en la bodega de su condición humana”.

Y quien mejor que la Virgen María, Causa de Nuestra Alegría, para contagiarnos de gozo al pronunciar el Magnificat:

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

Pensando en la música de Beethoven, en el poema de Schiller, en un mundo armónico de paz y libertad, en el valor inmenso de la persona humana, en esa bondad de nuestro Padre Dios, en el Magnificat de la Virgen María, y en todas las formas sencillas con las que nos sorprende la alegría, busquemos elegir esa alegría siempre y compartirla. No la guardemos para ocasiones especiales. La alegría es para hoy, aquí y ahora.

Termino con una frase del escritor Chesterton: “La alegría es el secreto mejor guardado del Cristianismo”. Que esa alegría deje de estar oculta y se convierta en la mejor invitación para todos los que no conocen o han dejado de creer en Jesús.

 

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO