Ver a la Virgen María como reina es muy esperanzador. En lo pequeño, yo la llamo Reina de mi familia, porque a ella estamos consagrados y ella dirige nuestro camino. En lo grande, ella es Reina del Universo, de ese Reino que su hijo vino a presentarnos y por el que siempre pedimos que llegue a nosotros en el Padre Nuestro.
En el año 1954, el papa Pío XII instituyó la fiesta de santa María Reina, que se celebraba entonces el 31 de mayo, como conclusión del mes mariano. Paulo VI, en 1969, cuando promulgó el nuevo calendario romano, movió la fiesta al 22 de agosto, justo en la octava de la Asunción, para que pudiéramos relacionar la realeza de María con su participación especial en la obra de la redención y en el misterio de la asunción. La Constitución dogmática del Concilio Vaticano II dice: “María fue asunta a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemeje de forma más plena a su Hijo”.
Me gustaron mucho estas palabras que nos dejó el Santo Cura de Ars (San Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes, en su obra Importunad al Buen Dios) sobre María como Reina del Cielo y de la Tierra: “Las tres personas de la Santísima Trinidad han situado a la Santa Virgen en ese trono de gloria: la han proclamado Reina del Cielo y de la tierra, haciéndola depositaria de todos los tesoros celestiales. No, nunca comprenderemos suficientemente la grandeza de María, ni el poder que le ha dado Jesucristo, su divino Hijo; nunca conoceremos bien el deseo que tiene de hacernos felices. Nos ama como a hijos suyos; se alegra del poder que Dios le ha dado a fin de sernos más útil. Sí, María es nuestra mediadora; ella presenta a su divino Hijo todas nuestras oraciones, nuestras lágrimas y lamentos”.
Marta Robin, laica francesa estigmatizada y a la que el Papa Francisco declaró venerable, compartió también su sentir por el misterio de la realeza de la Virgen María:
“Por su justicia y su amor, ella es la Reina de todos los Santos.
Por su inmaculada pureza, ella es la Reina elegida por Dios mismo, la amada Reina de los Ángeles, que reina desde las alturas del cielo sobre todas las almas y mundos.
Por su título de Madre de Dios, es la Reina de los Doctores.
Por su fuerza de espíritu, es la Reina de los mártires.
Inundada desde el primer momento por la claridad radiante y vivificante del Verbo, consciente por su fe ardiente, su alma virgen, amorosa y pura entra en una mirada infinitamente más profunda y divina que la de los querubines y serafines en el insondable misterio de Cristo, del cual ella será la Madre Virgen e inmaculada.
Ella es el alma más amorosa y amada del Padre después de Jesús y, por tanto, la más bellamente colmada por los favores divinos”.
En este día tan especial de nuestra Reina y Madre Santa María, me encantó descubrir cómo se expresó de ella el filósofo español Miguel de Unamuno, en relación con su vuelta a la fe. La Virgen María ve marchar a sus hijos pródigos y les da instrucciones para su regreso. Ella se queda en espera con sus brazos abiertos siempre para recibir a sus hijos con un abrazo. Su mayor ilusión es presentarlos a Dios Padre. María nos devuelve al Reino de su Hijo Jesús y se nos muestra como la reina más dulce y amorosa:
“He llegado hasta el ateísmo intelectual, hasta imaginar un mundo sin Dios, pero ahora veo que siempre conservé una oculta fe en la Virgen María. En momentos de apuro se me escapaba del pecho esta exclamación: -Madre de Misericordia, favoréceme-. Llegué a imaginar un poemita de un hijo pródigo que abandona la religión materna. Al dejar su hogar del espíritu sale hasta el umbral la Virgen y allí le despide llorosa, dándole instrucciones para el camino. De cuando en cuando, vuelve el pródigo su vista y allá, en el fondo del largo y polvoriento camino, que por un lado se pierde en el horizonte, ve a la Virgen, de pie en el umbral, viendo marchar al hijo. Y cuando al cabo vuelve cansado y deshecho, encuéntrala que le está esperando en el umbral del viejo hogar y le abre los brazos, para entrar en él y presentarle al Padre. María es de los misterios, el más dulce.”
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
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