En el poema Sembrando, del español Blanco Belmonte, hay una estrofa que siempre me ha llamado mucho la atención. Dice así:
“Hoy es el egoísmo torpe maestro
a quien rendimos culto de varios modos:
si rezamos, pedimos sólo el pan nuestro.
¡Nunca al cielo pedimos pan para todos!”
¿Cómo rezamos? ¿Rezamos sólo por nosotros y nuestras intenciones, o extendemos nuestra oración? ¿De qué manera nos estamos uniendo a la oración de la Iglesia y a la oración del mundo?
El día 19 de septiembre celebramos a la Virgen María como Nuestra Señora de La Salette. La Virgen se les apareció a dos niños, Melania y Maximino, en el año de 1846. Su mensaje era claro: lloraba por sus sacerdotes y pedía guardar el domingo como día del Señor. Esas lágrimas de la Virgen siguen presentes cuando pensamos en la Virgen María como Nuestra Madre Dolorosa: sigue triste por una humanidad que rechaza a su Hijo y no valora el gran amor de Dios.
En un diario del escritor católico holandés Pieter Van der Meer (1880-1970), titulado Magnificat, encontré una reflexión que hizo sobre el misterio de Nuestra Señora de La Salette y de su petición de extender nuestra oración: “Todos los que han vivido o sentido, mediante la compasión, las horrorosas torturas, los forcejeos titánicos y las crueldades, no se asombran ya ante las palabra amargas, vehementes, duras y amenazadoras que, entre sollozos, pronunció Nuestra Madre María en la Montaña. Las medias tintas en los propósitos de renovación y restauración no tienen ningún valor. Medios absolutos: la penitencia, el sacrificio, la santidad. Tales son las exigencias. La Virgen pide oración. La oración ha de ser anchurosa, como el mundo: orar con todos los demás cristianos por todos los demás. Dios tiene necesidad de la materia sin forma de nuestra oración. Dios le infunde la fuerza viva. La Madre de Dios de La Salette nos pide que oremos sin interrupción, como hace ella misma”.
En el libro Caminar con Jesús, sobre el Via Crucis, del sacerdote y psicólogo Henri Nouwen, me impresionó mucho la manera en la que el autor fue identificándose con diferentes grupos de personas que estaban experimentando penas semejantes a las que vivió Jesús en su pasión. Nouwen verdaderamente estaba orando por cada refugiado, por cada condenado de manera injusta, por los niños que tropezaron al no tener a nadie que se hiciera cargo de ellos, por las mujeres que perdieron a sus hijos en las guerras, en los vicios o por alguna enfermedad, por los desaparecidos, por los agonizantes, por los que fueron o siguen siendo sometidos por los poderes de la violencia y de la muerte… Su oración sí que era ancha, como describió Van der Meer la petición de la Virgen de La Salette. Henri Nouwen, cuando llegaba a experimentar alguna pena, temor o depresión en su vida, optaba por tomar para sí en su oración todas las penas, temores y depresiones de las personas que continuamente vivían esos estados de dolor.
Les comparto un fragmento de una oración que le dirigió el monje trapense Thomas Merton (1915- 1968) a la Virgen María. Es un ejemplo claro de ese extender nuestra oración. Él le pide a la Virgen que realice, en todos los que no conocen o quieren a Cristo, el mismo milagro que realizó Ella en él:
“Madre de Dios, ¿Con qué frecuencia en los últimos siglos has bajado hablándonos en nuestras montañas, grutas y colinas, diciéndonos lo que había de sucedernos y no lo hemos escuchado? ¿Cuánto tiempo continuaremos siendo sordos a tu voz y precipitaremos nuestras cabezas en los abismos del infierno que nos odia?
Como tú has obrado conmigo, obra también con todos los millones de hermanos míos que viven en la misma desgracia que conocí entonces: guíalos a pesar suyo, guíalos con tu formidable influencia, ¡Oh, Santa Reina de las almas y refugio de los pecadores! Condúcelos a tu Cristo del mismo modo que me condujiste a mí… Muéstranos a tu Cristo, Señora, después de este destierro nuestro, sí: pero muéstranoslo ahora, muéstranoslo aquí, mientras somos todavía peregrinos”.
Busquemos salir del egoísmo en nuestra oración y tratemos de extenderla lo más posible. La mejor ayuda para hacerlo bien será siempre la de la Virgen María, maestra de oración perfecta.
VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO
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