Las montañas y mis hijos: A mis hijos, que les encanta el montañismo, los imagino en este
cuadro de Caspar David Friedrich: contemplando el paisaje desde la cumbre de la montaña, desde
las nubes. Llegar hasta arriba es toda una odisea que implica mucha disciplina. El asombro y la
admiración surgen de manera natural y abren un portal para el encuentro con Dios. En la cumbre
están en la tierra, sobre suelo, pero cerquita del cielo. San Antonio Abad, cuando subía a su
montaña, entraba en el mundo de la contemplación y trataba con Dios; al bajar descubría a su
prójimo y se dedicaba a servirlo. Jesús, siendo Dios, bajó para subirnos con Él a su Padre.
El Caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich, me hace pensar en mi
novela favorita de adolescente: Viaje al centro de la tierra de Julio Verne. Imaginar Islandia, subir a
la cumbre del volcán Sneffels con el profesor Lidenbrock, ir hacia lo desconocido en una aventura
de tierra, rocas, fuego y agua. Mirar desde arriba buscando llegar al centro (el centro de la tierra,
el centro del universo, el centro de mi corazón) debe ser fascinante.
Me gustó mucho esta explicación que leí sobre esta pintura del romanticismo alemán del
siglo XIX: “El Caminante sobre el mar de nubes dirige la mirada del espectador hacia la dimensión
metafísica del hombre. A través de sus obras, Friedrich se aleja del clasicismo e intenta dar una
respuesta subjetiva, simbólica y emocional al mundo natural. Crea paisajes íntimos. Las rocas,
entre la montaña en la que está el viajero y el fondo, simbolizan la fe del ser humano en Dios. Las
montañas del fondo representan la vida eterna futura en el paraíso”.
La experiencia más impresionante que he tenido al estar frente a una montaña fue cuando
tenía 16 años, en el parque nacional de Yosemite, en California. No puedo olvidar ese momento de
asombro y belleza al ver por primera vez El Capitán, formación monolítica de granito. Yo lo vi
desde abajo, pero puedo imaginar lo que sienten los escaladores al llegar a su cumbre. El fotógrafo
Ansel Adams escribió sobre la belleza de Yosemite y de la belleza, en general, de las montañas y de
la naturaleza:
"Creo que el mundo es incomprensiblemente hermoso, una perspectiva infinita de magia y
maravilla. No importa lo sofisticado que seas, no se puede negar que una gran montaña de granito
habla en silencio hasta el centro mismo de tu ser. Para mí, el mundo entero está muy vivo, todas
las pequeñas cosas crecen, incluso las rocas. No puedo mirar un trozo de hierba y tierra, por

ejemplo, sin sentir lo esencial de la vida – las cosas que suceden – dentro de ellas. Lo mismo ocurre
con una montaña, o un pedacito del océano, o un magnífico trozo de madera vieja”.
La vida del geólogo y alpinista francés Pierre Termier (1859 – 1930) me invita a estudiar
sobre las montañas, las piedras y la poesía de la naturaleza. Pierre Termier fue un experto en rocas
cristalinas que supo amar su suelo y trabajar siempre por el cielo. Como ingeniero e instructor de
la Escuela de Minas de París, dirigió el Servicio del Mapa Geológico de Francia. Realizó un
considerable estudio de la composición geológica de los Alpes, que presentó en el Congreso
Internacional de Geología celebrado en Viena en 1903 y que le valió ser considerado como entre
los creadores de la tectónica actualizada. Algunos de sus libros son: El gozo de comprender (1926)
y La vocación del sabio (1927). Era poeta y cristiano comprometido. Fue uno de los mejores
amigos del escritor Leon Bloy. Termier decía que esa amistad era el honor de su vida. Fue muy
devoto de la Virgen de la Salette. La aparición fue en su tierra, en una montaña de los Alpes
Franceses. La montaña donde la Virgen lloró fue siempre su inspiración y nunca dejó de hablar del
mensaje de conversión de la Virgen María. Me gustó mucho la forma cómo Termier vio su mundo,
las montañas y la historia desde arriba: “Por mi parte, necesito considerar la historia de la Tierra
desde un poco más arriba, la historia que la geología despliega ante mí, encontrando de manera
natural y casi necesaria la noción de un Dios, que no es sólo Creador, sino quien es una
Providencia que gobierna el mundo”.
La filósofa y poeta Raissa Maritain perteneció al grupo de amigos de Pierre Termier y
escribió sobre él y sobre su amistad con Leon Bloy en su libro Las grandes amistades:
“Después de unos meses de que nosotros lo conocimos, un nuevo amigo llegó a Bloy en la
persona de un gran científico, el geólogo Pierre Termier, una de esas mentes a la vez creativas y
poderosamente sintéticas que contribuyó a la renovación de nuestro conocimiento del rostro de la
tierra… Resultó que el futuro de esa amistad fue magnífico. Bloy encontró en Termier a un amigo
incomparable cuyo apoyo fraternal, tanto material como moral, fue una constante. Pierre Termier,
uno de los más renombrados científicos de este tiempo, miembro del Instituto de Francia y
cubierto de honores, también era un gran y humilde cristiano. Para nosotros, que nunca habíamos
conocido un científico de este estilo, su mera existencia es una apología para la fe. La poesía vive
en su corazón en compañía de la ciencia. Él también ha escrito muchos libros sobre ciencia, sobre
científicos, sobre la belleza de la tierra, cuya superficie y profundidades conocía muy bien”.
Las montañas, entre el cielo y el suelo, desafían el espacio y el tiempo por su solidez
eterna. El ser humano levanta su mirada y admira las montañas. Las montañas fueron importantes
para San Antonio Abad, Caspar David Friedrich, Julio Verne, Ansel Adams y Termier. Hoy son
importantes para mis hijos. Jesús iba a la montaña a orar. ¿Por qué no absorber el eco de esa
oración, el eco de las montañas? ¿Hay alguna montaña que tenga un significado especial para ti?

VOCES EN EL TIEMPO
MARTHA MORENO