“Decir: Encuentro una persona es lo mismo que decir: Descubro el Ganges, Arabia, el Himalaya, el Amazonas. Deambulo por sus secretos y por sus vastas extensiones y regreso de allí cargado de tesoros; de ese modo me transformo y me instruyo… El contacto con un ser humano imprime en nosotros una señal” Jünger, Ernst. Radiaciones
En este 2018 me he propuesto extraer del pensamiento que les acabo de compartir toda la riqueza posible. La voz del escritor alemán Jünger me sigue persiguiendo y hablando sobre un humanismo nuevo que se sorprende con los dones que puede ofrecer cada ser humano, por más débil o sencillo que sea, particularmente cuando se encuentra con otro que está dispuesto a conocerlo y quererlo.
Me encantaría llenarme de esas señales que se imprimen en cada encuentro: esas señales que dejan nuestros amigos, familiares, conocidos, miembros de una comunidad o personas con las que nos topamos en la calle. Quisiera ver a cada ser humano con nuevos ojos. Unos ojos que sepan mirar de manera compasiva, con cariño sincero y verdadero interés. Ese fragmento inicial que habla de ríos, montañas y mundos lejanos serán mi lema e inspiración para medir qué tanto estoy poniendo en práctica mi propósito de valorar a cada persona que esté formando parte de mi vida. Intentaré descubrir sus tesoros, presentárselos con entusiasmo e invitarlos a ponerlos al servicio de Dios y de los demás.
Acabo de terminar un libro increíble que me ha enseñado lo importante que son las amistades que Dios nos acerca. Se llama “Todo es Amor” y es de un poeta holandés de nombre Pieter Van Der Meer de Walcheren. Vivió de 1880 a 1970. Por mucho tiempo buscó el significado de la vida sintiendo que tenía que existir algo más allá de los absurdos que lo rodeaban. Y ese sentido lo encontró en la espiritualidad católica que le presentó el escritor Leon Bloy, quien más adelante se convertiría en su gran amigo. En su libro Van Der Meer nos presenta tres encuentros que marcaron su vida ayudándolo a crecer. Esas tres personas le dejaron una señal profunda pero también sacudieron el mundo de su tiempo al compartir sus dones y enamorarse de la verdad. Este autor nos invita a adentrarnos en los encuentros que Dios nos da como regalos en nuestra vida:
“Todo encuentro con otro ser humano tiene sentido, da origen a consecuencias perceptibles, aunque casi siempre inescrutables, y que algo debe significar, por lo tanto, en el plan de la creación de Dios –tanto si el encuentro es fugaz como un simple cruce de miradas o el mero intercambio de un nombre hasta entonces desconocido, como si se trata del punto inicial de una convivencia que perdura hasta la separación postrera, inminente ya el encuentro eterno”.
“Dios juega con los hombres, deja que se encuentren unos con otros, ordena sus encuentros en el libre destino de todas las vidas, y su ternura, su solicitud, su atención llena de amor están siempre presentes por doquier. Dios regula el misterio de los encuentros. Dios da y nosotros no tenemos que hacer otra cosa sino aceptar completamente lo que nos da”.
Si Dios nos presenta a todas las personas que tienen que estar en nuestra vida para hacerla más bella y darle profundidad, es importante que aprendamos a hacer a un lado todo lo que estorba en ese objetivo, como son la búsqueda de defectos, los egoísmos, intereses y falsedades. Por eso es tan importante aprender a mirar el fondo de los corazones con recta intención para no juzgar y encontrar la bondad. El otro nunca sabrá todo su valor si nosotros no se lo presentamos. Nosotros no alcanzaremos todo nuestro potencial de bien si no nos abrimos a la riqueza que nos ofrece la persona que está a nuestro lado. Es un intercambio bondadoso que no se queda en nosotros. Si al encontrarnos con alguien sólo vemos su lado oscuro nunca avanzaremos. La clave está en el amor y en despertar nuestra capacidad de asombro.
Debemos reconocer que cada amigo o persona a nuestro lado es un tesoro que hay que conocer y descubrir con paciencia. Eso también nos lo dice Jünger con otras palabras: “Los seres humanos son textos jeroglíficos, pero muchos encuentran su Champollion. Se hacen legibles, se vuelven interesantes, cuando se afina la clave con amore”. Champollion fue el historiador francés, padre de la Egiptología, que descifró la piedra Rosetta.
Ojalá podamos ser el “Champollion” de las personas que vienen a nuestro encuentro. Ojalá afinemos la clave del amor y aprendamos a agradecer todos los encuentros que genera Dios para nosotros. Recordemos que “El contacto con un ser humano imprime en nosotros una señal”.
Martha Moreno
Voces en el tiempo
AMDG
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