Cuando nos proponemos buscar encuentros más significativos con las personas es importante adentrarnos tanto en la empatía como en la compasión. La empatía nos hace damos cuenta de lo que a otra persona le pasa a través de la observación, intuición y verdadero interés por su bien. El que vive la empatía se sale de su propio centro para entrar en el mundo del otro y eso permite crear un puente que abre la puerta a la compasión (sufrir con el que sufre).

Hay una historia muy bonita que presenta los valores de empatía y compasión en acción sanadora y que gira alrededor de un retablo muy famoso: el Retablo de Issenheim. Esta gran obra de arte se expone en la capilla del Museo de Underlinden en la ciudad de Colmar, Francia. Se compone de nueve páneles que se distribuyen en forma de tríptico con tres aperturas. El panel central es la Crucifixión. La parte pintada es obra de Matías Grunewald y la parte esculpida de Nicolás de Haguenau.

El retablo fue elaborado entre 1512 y 1516 por instrucción de la Orden de los Antoninos. Ellos se dedicaban a asistir a los enfermos que padecían una peste llamada Fuego de San Anton. Debido a esa enfermedad las personas se llenaban de llagas, padecían fuertes fiebres y morían en medio de alucinaciones. El santo patrono de los antoninos era San Antonio Abad, eremita que en el siglo IV, con el auxilio de Dios, realizó milagros curando ese mal.

El propósito del retablo era que los enfermos vieran el gran amor de Jesús que comprendía perfectamente su sufrimiento porque sus llagas eran iguales a las que producía el fuego de San Anton. La empatía de Jesús era total obrando milagros de curación o brindando gran consolación en la contemplación. Las personas, al ver a Jesús sufriendo exactamente lo que ellos sufrían, sentían un alivio que los animaba a seguir resistiendo los dolores y molestias. Esa absorción por parte de Cristo del sufrimiento humano transmitía un amor que era sentido y compartido. El retablo invitaba a un encuentro de gran ternura que daba origen a una amistad que continuaba tanto en la recuperación de la salud como en la continuación de la enfermedad o incluso en la muerte.

¿Cómo vivimos los valores de la empatía y la compasión? ¿Sabemos entrar en la realidad del otro sin juzgar, escuchando desde el corazón y asimilando en cierta forma su dolencia para poder brindar un poco de consuelo? ¿Por qué es tan difícil comprender incluso al que tenemos más cerca y acompañarlo en sus penas aunque no podamos resolverlas?

Algo extraño ocurre en nuestra era masificada y tecnificada. Al parecer tenemos muchas más posibilidades de entablar relaciones que antes: estamos mucho más comunicados, surgen amistades desde internet, los encuentros se producen al por mayor… pero las personas raramente se encuentran realmente. Una joven puede ser la persona más popular en redes sociales pero quizá siente que nadie está verdaderamente cerca de ella. Un empleado puede estar tratando todos los días a muchísimos compañeros de trabajo pero sentir que todos habitan planetas diferentes. Podemos estar esforzándonos por ser los mejores amigos pero nos ganan las distracciones y los propios intereses. Todo es tan cambiante: hoy estamos aquí, mañana quizá en otro lado. Los encuentros se producen pero faltan pausas que nos permitan reconocer las heridas o las mismas sonrisas de los que participan en nuestras vidas.

¿Cómo podemos aprender a detenernos para vivir una compasión que se atreva a entrar en la vida del que pasa junto a nosotros buscando un verdadero encuentro?

¿Quién les enseñó a esos antoninos a dar un verdadero auxilio a los enfermos haciéndoles sentir que eran queridos y necesaria su recuperación? ¿Cómo descubrieron el verdadero sentido de la empatía y de la compasión?

Seguramente la clave la encontraron en San Antonio Abad, su fundador, cuya vida fue un fiel reflejo de Cristo. Él aprendió a salirse del mundo por temporadas para llenarse del Único que nos puede enseñar a amar. Antonio se retiró al desierto, al que llamó montaña interior, para entrar en perfecta comunicación con Dios que es amor. Después de mucho tiempo regresó a dar ese amor tan grande que salía de él como producto de ese encuentro.

Es importante ver nuestras propias heridas en el mismo Jesús para saber que su amor por nosotros es infinito. Con la fuerza de la seguridad de ese amor, habiendo tenido un encuentro profundo con Él, podemos ser capaces de detenernos ante el dolor o la realidad del amigo, del hermano, del hijo, del vecino, del prójimo que nos necesita. Perdemos grandes oportunidades al no profundizar en los encuentros de cada día y al dejar nuestra relación con Dios en lo mínimo indispensable. Dios quiere más y nos quiere llenar de sus dones. A veces el que está frente a nosotros solicitando nuestro auxilio es el que está destinado a curar nuestras propias heridas. No dejemos de cultivar la empatía y la compasión en nuestras vidas.

VOCES EN EL TIEMPO

MARTHA MORENO