Leon Bloy es para mí, uno de esos escritores que siguen dejando huella en mi alma cada vez que vuelvo a entrar en sus escritos y reflexiono sobre el efecto de Dios en su vida y en sus ofrecimientos. De temperamento feroz y temido por algunos de sus contemporáneos por la crueldad en sus críticas, también puede decirse que era sumamente dulce y noble ante todo aquel que se encontrara buscando a Jesús, en un catolicismo sin máscaras ni pretensiones. Cuando lo empecé a conocer me impresionó mucho que grandes autores, como Ernst Jünger y Borges, lo hubieran admirado tanto. Y luego descubrí que Jünger se convirtió al catolicismo casi al final de su vida (a los 102 años y murió de 103) y Borges murió pronunciando el Padre Nuestro, a pesar de una vida de ateísmo. Yo llegué a pensar que había un secreto en este pobre escritor, literalmente pobre, porque siempre tuvo que pedir ayuda a sus amigos para publicar sus obras o dar medicinas a su familia. Él se ofreció como víctima a Jesús en el sufrimiento y en la pobreza.
Fue una grata sorpresa el encontrar, en las páginas de uno de sus diarios que, su ahijado, el filósofo Jacques Maritain, presentó su secreto. Se los comparto:
“Los libros de Leon Bloy ejercen sobre ciertas almas una influencia que el arte o el genio no bastan para explicar. Para dirigir los corazones hacia Dios, es necesario algo más que la más encendida elocuencia. ¿Cuál es, pues, el secreto de Leon Bloy? Es ocioso buscarlo, cuando él mismo me lo ha confiado: -He aquí mi secreto para escribir los libros que te gustan: Es amar con toda mi alma, hasta el punto de dar mi vida, a almas como la tuya, conocidas o desconocidas, destinadas a leerme un día… El secreto de Leon Bloy es un amor extraordinario a las almas, un amor que sólo habrían podido comprender los tiernos hombres de la Edad Media, que eran dulces como él, y que amaban las lágrimas tanto como él puede amarlas”.
¿Cuál es el significado de ese amor? Para mí fue su oración adelantada por todos aquellos que lo leerían y ese ofrecimiento en el dolor para que más personas se acercaran a Jesús. Por esta razón se me hace muy importante invitar, en este tiempo, a la lectura de Bloy. Su oración no abarcaba solamente a los lectores de su tiempo. Todo lo que se escribe para gloria de Dios, buscando un encuentro personal con Jesús que deriva en la verdadera felicidad, trasciende el espacio y el tiempo, volviéndose eterno. Me parece que el que hoy lo lee, también entra en su secreto y en su oración que pide salvación.
El Papa Francisco citó en varias ocasiones a Bloy. Yo, al ser su lectora frecuente, me siento parte de su clientela desconocida y ya soy deudora agradecida porque, en cierta forma, rezó por mí. Una de sus obras más destacadas fue: La Mujer Pobre. Esa novela generó tal interés en dos confundidos jóvenes estudiantes de la Sorbona, que decidieron conocer a su autor para ser instruidos por él. Ellos fueron Jacques y Raissa Maritain, grandes filósofos conversos, que ayudaron a regresar a la fe a muchos artistas e intelectuales de su tiempo. Leon Bloy fue su padrino de bautismo que se celebró el 11 de junio de 1906, en el templo de San Juan Evangelista en Montmatre. Les comparto un pequeño fragmento de La Mujer Pobre:
“Cada ser hecho a semejanza de Dios posee una clientela desconocida de la que es, al mismo tiempo, deudor y acreedor. Cuando sufre, paga por la alegría de muchos, pero cuando goza en su carne culpable, es absolutamente imprescindible que otros padezcan por él. Cleotilde tiene hoy cuarenta y ocho años, y aparenta no menos de un siglo. Pero es más hermosa que antes, y se parece a una columna de plegarias, la última columna de un templo devastado por los cataclismos. Cuando encuentra a un niño, se arrodilla ante él y, tomando la manita pura, traza con ella, sobre su propia frente, el signo de la Cruz. – Todo lo que ocurre es adorable – suele decir – Soy completamente feliz. No es mañana cuando entramos al paraíso, ni pasado mañana, ni dentro de diez años; cuando una es pobre y está crucificada, entra hoy mismo en él. Sólo existe una tristeza – le dijo Cleotilde, la última vez -, es la de no ser santos”.
¿Quiéres entrar en la oración de Leon Bloy? Ya te compartí su secreto.
Voces en el tiempo. Martha Moreno.
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